Prólogos
“Sum pius
Aeneas.”
Viene hacia él Aquiles, tremendo,
la espada en la mano. Ya le ha descuadernado el escudo. Lo acabará. No. Poseidón (¿o fue Homero?) decide la suerte de
Eneas, hija de su beatería, y su cuento romano. Lo cubre con una niebla. Lo
aparta de la cólera nueva del Pelida. Le dice.[1]
Dime, Musa, dice Virgilio, las
“causas” de que aborreciese Juno a Eneas, el pecado de aquel “varón insigne en
la piedad”[2].
Eneas ha naufragado, muy
atrabajado, en una playa africana. Venus se queja a Júpiter, defendía a su
hijo: “¿Así honras la piedad?”[3]
“Sum pius Aeneas.”[4] Soy
Eneas el pío (el piadoso, el bueno). Dice a Venus disfrazada de cazadora tiria,
creyendo que es alguna diosa del desierto. Y sigue (¿son sus argumentos, las partes de su piedad?): “Traigo en mi
capitana, que los he rescatado del enemigo, los Penates de Troya, hazaña que ha
hecho que noten mi fama los cielos, y busco Italia, mi patria, pues allí empezó
Júpiter mi linaje.”[5]
La piedad es “virtud que mueve e incita a reverenciar, acatar, servir y
honrar a Dios nuestro Señor, a los Padres y a la Patria” (Aut). Y es, en efecto, Eneas el hombre pío por excelencia, sujeto a
los dioses, a su padre (a su persona,
a su máscara y a su sombra), y a la Patria (que representan los Penates que
custodia, y para los cuales busca capilla en Roma, Nueva Troya), y que mira
mucho además por su hijo Yulo Ascanio,
que lo continuará.
Hijo de papá
Eneas pasó su Eneida atendiendo a su padre. Se acuerda
de él, primero, cuando asiste al final horroroso del rey viejo de Troya. Por su
ancianidad, y porque desde su divina tornaboda anda rengo y, acaso, capón, carga
con él a cuestas durante la fuga. Le encomienda la custodia de los Penates y
geniecillos patrios, y del fuego, y el ceñidor, de Vesta, señora del llar.
Anquises es, mientras puede, el almirante de la flota. Sacerdotal, interpreta
(equivocándose a veces) los oráculos. Porque ha perdido en él a Anquises
llamará a Drépano, “puerto de su desgracia”[6]. La
muerte del padre le parece a Eneas su “labor más extremada”, el “final de su
largo viaje”.[7]
En el aniversario honra su memoria con maniáticos funerales. Respeta religioso
sus Manes. Cuando lo sueña ahocica, vasallo de su palabra, de su gesto. Visita
su sombra, en la otra orilla.
Pero su padre, vivo, le sobraba,
estaba de más, disminuía al héroe, ponía obstáculos a su carrera.
“pater
Aeneas”
Virgilio sólo llama a Eneas “padre” (“pater Aeneas”) después de decir su orfandad nueva. Pater fue título que ostentaron algunos
dioses romanos. Fue también “epíteto de veneración”, y significaba “divino,
augusto, venerable, noble”.[8] Ese
apellido, que sólo puede gastar tras la muerte de Anquises, hace de Eneas padre particular de Yulo Ascanio y
general de Roma. Ahora él sabe exactamente quién es, qué es, qué tiene, lo que
vale: “…Troya fue. A mí, desterrado,
me arrastran los mares / con mis compañeros, con mi hijo, con los Penates y los
magnos dioses.”[9]
En conversación olímpica anuncia Júpiter
a Venus que el pequeño Ascanio, al cual ahora dicen Yulo, y llamaron, mientras
hubo Ilión, Ilo, reinará en Alba Longa treinta años.[10]
Importa Yulo Ascanio para contar
a Eneas, para contar Roma.
Una diadema de
fuego corona a Yulo en Troya, señal divinal que fija su destino.[11]
Que venga conmigo el pequeño Yulo, a mi
lado, mi compañero.[12]
Mientras rompían Troya los aqueos, en el follón de su fuga, Eneas, ansioso, lo
coge de la mano, y el chiquillo lo sigue como puede, corriendo a trechos, “con
pasos desiguales”.[13]
En Cartago Venus protege a su
nieto, quitándolo de los celos peligrosos de Dido, y le da blando hospital en
su casa, en Citera.
Su affair con Elisa Dido, aquellos placeres
africanos, distraían a Eneas, y descuida su empresa. Vendrá Mercurio, de parte
de Dios Todopoderoso, para recordarle que deshereda, con su holgazanería, a su
hijo Ascanio. Mira que le debes al niño Roma, ahí es nada.[14]
Tiberino, en un
sueño, confirma a Eneas las ínfulas de su hijo, será, sí, rey.[15] Poco
después, en el escudo que ha forjado Vulcano para él, entiende (a medias, que
el lenguaje es oscuro) “la futura estirpe de Ascanio”, la loba, con los
gemelos, Augusto...[16]
Y, en fin, antes de su último
combate, curado milagrosamente, el héroe se despide de su hijo, aconsejándolo,
mírate en el ejemplo de tu padre Eneas (¡mi virtud famosa!), y en el coraje de
tu tío Héctor.[17]
Roma
Los Penates Frigios se aparecen
en un sueño a Eneas, y le comunican el manantial de su linaje, en Hesperia, que
en otro idioma dicen Italia, y le ordenan luego que consulte con su padre.
Anquises, recordando las palabras de Casandra, confirma la noticia.[18] Ésa
es nuestra sede, nuestra casa, ahí están nuestros cimientos, el oriente del que
salieron, como dos soles, Dárdano y Yasio, los primeros de nuestro apellido.[19] Muy
a menudo se manifiestan los dioses, y los muertos, y todos apuntan allí. Así el
viaje de Eneas queda legitimado como regreso: lo que gane en aquellas tierras
ya era suyo. Por eso se hace ahijar por el río Tíber.[20] Por
eso transporta los Penates y los objetos de culto de la patria perdida, para
fundar segunda Troya.
“Nate dea”
Venus rescata a Eneas en Troya,
lo guarda mientras marea, lo arma en Italia para su duelo final, constantemente
cuida de él, es su mágica madre, es su hada madrina. Pero el hijo le sale
torcido. Acaso porque lo dio a criar a las ninfas silvestres del Ida[21],
Eneas no ha mamado amor, y lo gasta borde. Pierde literalmente a Creúsa, y
figuradamente a Elisa Dido. Y nunca dice a Lavinia que la quiere: persigue
tercamente casarse con la princesa porque está escrito que así sea, amén, amén,
y cuadra a su gloria, y a la de su raza.
Creúsa
La fuga (Eneida, II)
La
historia del final de Troya la cuenta
Eneas para Dido. Es versión interesada, de parte. Hará la oficial.
Hubo lo del
caballo de palo. Lo entramos en la ciudad desquiciando las puertas, que no cabía.
Festejamos la paz nueva: los griegos habían levantado el cerco después de diez
años. Yo dormía mi alivio en mi palacete, que tenía en un barrio retirado. Me
sale, en sueños, Héctor, desfigurado por su final espantable. “In somnis ecce (…) Hector.”[22] ¡Ay,
huye, hijo de diosa, y húrtate a esta hoguera, Troya se desmorona! Dice. La
patria te encomienda sus trastos sagrados, y sus Penates. Dice. Dice, y con sus
manos saca del sagrario la imagen de Vesta, su fuego eterno, sus prendas
íntimas. El príncipe de Troya me ha traído el aviso: no puede haber mejor
mandadero. Corre, vete, estás excusado, me ha dicho. Cantarán (está cantada) la
ruina de Troya. Defendiendo mi Casa han caído nuestros mejores. Ahora serás tú
el príncipe casi divino de lo que quede, el administrador de su resto, y procurarás
nuestra restauración. Me despierto erizado, subo al tejado, contemplo
los incendios, me armo, voy hacia el alcázar. Encuentro a Panto, el sacerdote
de Apolo, cargado de diosecillos derrotados. Dice palabras que serán famosas.
Han venido el último día y la hora ineluctable de Dardania. Fuimos, los
troyanos, y fue Troya.[23]
Se juntan con
nosotros Ripeo, Épito, Hípanis, Dimas y Corebo. Caemos sobre un griego,
Andrógeo, y sus soldados, los matamos, trocamos con ellos sus yelmos y sus
escudos. Así mezclados hacemos carnicería en el enemigo. Vemos a Casandra. La
sacaban, arrastrándola, atadas las manos, del santuario de Minerva. Corebo, su
enamorado, se echa contra los ladrones, y encuentra su final.
Mueren luego
(ya los han conocido) Ripeo, Hípanis, Dimas, el párroco. Yo saco como puedo al
viejo Ífito, a Pelias herido. Protesto. Mirad, mirad. He buscado la muerte
aquí, aquí, aquí, pero no quieren mis hados que me llegue. Buscamos el palacio.
Veo todavía a Hécuba, rodeada de nueras, y a Príamo. Veo los cincuenta tálamos
vaciados. Veo al rey. Se ha armado, pobre, tan viejecito. Pirro le termina,
delante de sus ojos, otro hijo aún. Luego lo lleva hasta el altar, a la sombra
del laurel, con la izquierda lo coge de la canosa melena, le atraviesa el pecho
con la espada, lo descabeza. Observando la muerte violenta de mi señor, el rey,
me acuerdo, espantado, de mi padre, otro anciano. Luego me viene al pensamiento
Creúsa, abandonada, y la casa saqueada, y la caída del pequeño Yulo.[24]
Quedo sólo yo. Veo entonces a Elena. Puta. La mato. Voy a arrojarme, rabioso,
sobre la mala, pero Venus me detiene, riñéndome. “¿A qué esa inquina, el usgo?”
Dice. Deja a la chica, mi ahijada. Lo de Elena y Paris pasó. Es materia de otro
cuento. El tuyo comienza aquí. No os ha desgraciado ella. Han ordenado
vuestra ruina Neptuno, Juno, Atenea, Júpiter. Corre a casa, mira primero cómo
se encuentran tu padre, el anciano Anquises, tu mujer, Creúsa, y el pequeño
Ascanio.[25]
Yo haré tu escolta. Guiado por mi maravillosa mamá, llego al hogar. Pero
Anquises, mi padre, prefiere que lo acaben los griegos ahora antes que sufrir
las fatigas de la fuga y el exilio. Menciona vagamente su invalidez antigua, el
castigo de Dios, aquel rayo que lo mutiló (¿que lo castró?). Nosotros, mi
mujer, Ascanio, los criados, lloramos, que su tozudez nos hundirá a todos.[26] Como
no lo conmueven nuestras lágrimas, me querello contra mi madre, Venus. ¿Para
esto me has traído a casa? ¿Para que vea a Ascanio, a mi padre y a Creúsa
degollados, en un charco de sangre común?[27]
Entonces acaricia un fuego prodigioso las sienes de Yulo, formando una aureola.
Truena a la izquierda. Una estrella atraviesa la noche hacia el Ida. La triple
epifanía convierte a Anquises. Vale. El Cielo exige que se salve mi
apellido.
Para la huida
pido a mi padre que sea el custodio, por ahora, de los Penates y los objetos de
culto, que yo tengo las manos manchadas de sangre, y lo cargo sobre los
hombros, cubriéndolos antes con una piel de león, cojo de la mano al pequeño
Ascanio, y ordeno que mi mujer vigile de lejos nuestras pisadas.[28] Cito
a mi gente a la sombra de un ciprés santo, cerca de la iglesia de la Señora Cereal,
en una loma, extramuros. Salgo. Hay ruido de guerra. Tomo, para esquivarla, los
callejones más difíciles.
Ahí me quitan
los hados a mi esposa. Se detuvo. Erró el camino. Cayó al suelo, agotada. No lo
sé. Todo es incierto. Y nunca más, después, la han vuelto a ver mis ojos. Ni
miré hacia atrás, ni conocí su pérdida, ni me acordé de ella hasta que llegamos
a al santuario alto de Ceres. Allí nos habíamos juntado todos: solamente
faltaba ella, Creúsa, fallando a su hijo, y a su marido.[29]
Llegué al
bosquecillo, dejé a Yulo, y a Anquises, con los Penates de la patria, y entré
otra vez en Troya, la espada desenvainada, buscando a mi mujer. Volví a casa,
pero ya el fuego devoraba sus paredes. Miré en los escombros del alcázar, y en
otros edificios, la llamaba muchas veces, Creúsa, Creúsa. Sólo hallé su
“infeliz simulacro”, su sombra desgraciada. Me pareció más alta. Yo, miedoso,
espeluznado, no podía hablar. Ella me consuela. Estaba muy
conformada con su suerte. Dice. Esto ha sido voluntad de Dios Padre. Que no te
acompañe en tus afanes. Que no entre a servir a ninguna condesa griega, en sus
cocinas. Me quedaré aquí, en estas playas, donde me quiere la Morenica. Aquí,
de este lado, todas las horas son la misma hora, por eso los muertos nos
enteramos de cosas. Te diré algunas. Tu destierro será largo y lleno de
calamidades, y sólo terminará simbólicamente en la Hesperia, a orillas del
Tíber. Allí, porque te casarás con una reina, serás rey, y dichoso, y levantarás,
otra vez, Troya. Y ahora seca las lágrimas que derramas por mí (es que me
preferías, ¿verdad?). Adiós, y cuida al hijo de nuestro amor. Dijo eso, y yo
cogí un berriche, intenté tres veces abrazarla, pero su imagen se deshacía,
como el aire, como un sueño.[30]
Regresé al
ciprés. Allí se habían congregado muchos fugitivos de mi nación. Yo sería su
caudillo en el exilio.[31]
Al otro día mi padre, Anquises,
ordenó dar las velas de las naves, que teníamos aparejadas en el ancón de
Antandro, al pie del Ida, a los venturosos vientos.[32]
y Eurídice
*****
Orfeo ha sido piloto musical,
misterioso, de los Argonautas, y a su regreso tomó por esposa a Eurídice. Fue
Himeneo el padrino tristísimo de sus bodas. Barruntaba una desgracia. Se
holgaba la novensana en la orilla de un río y la vio Aristeo y la apeteció.
Eurídice, huyendo del sátiro, pisó una serpiente y, mordida por la bicha,
murió.
Orfeo bajó a Tierra de
Muertos y con sus talentos ganó el rescate de su mujer. Sin embargo, Plutón se
la entregaba con una condición. Que la guiase hasta los umbrales del mundo sin
mirar atrás. Eurídice seguía a tientas, cojeando aún de su herida, la cítara de
su marido, su lazarillo por aquellas cuestas tenebrosas, embarradas. Cuando
entrevió la luz de la puerta Orfeo, lleno de ansiedades, se volvió, y perdió a
Eurídice, esta vez para siempre.
Orfeo rondó el Aqueronte siete
días con sus noches, pero el barquero no quiso pasarlo otra vez al otro lado,
ése era privilegio que no se repetía. Se metió luego en la sierra, y guardó un
luto cabezón, escandaloso, que las Ménades, despechadas, castigaron rompiéndolo
en pedazos. El río donde lo echaron repite una rima, Eurídice, Eurídice. Como
no se suicidase él, ¡la pena![33]
*****
Pausanias[34] supo que
Lésqueo y los Cantos Ciprios llamaban
Eurídice a la mujer de Eneas. Y son testimonios de peso, de mucha autoridad.
*****
Las tocayas descarriadas corren malas suertes semejantes; los
maridos, sin embargo, tienen comportamientos contrarios.
Orfeo
quiere asegurarse de que lleva a Eurídice cosida a su sombra: es su amor lo que
la pierde.
A Eneas se
le va (y no es figura) la santa al cielo, está en las nubes de los futuros
legendarios que le han pronosticado, conoce sus prestigiosos orígenes (es hijo
de Venus), lleva a cuestas a su padre, que le servirá muy bien vivo y muerto,
cela los Penates de la patria, el fuego vestal, el ceñidor de la Virgen, sujeta
a su hijo, que lo repetirá gloriosamente, es natural que se olvide de su
Eurídice, que la extravíe, quizás, adrede (estorbaría su empresa en Cartago, y
en Italia).
Eneas, casado con
Creúsa, vale poco, es, nada más, uno de los yernos de Príamo.[35] Dido, en
Cartago, reparará sus naves. Lavinia, en Hesperia, lo aumentará, y valdrá el
rey.
Licofrón, en su Alejandra[36],
cuenta algo pertinente, impertinente. Examinando la piedad de Eneas, el cual,
para honrar a los dioses de la patria, y a su anciano padre, ha apartado a su
mujer y a sus hijos, descuidándolos, desconociéndolos, los griegos lo
perdonaron, y sólo a él no lo despojaron de sus riqueza.
Esclavitud incierta de
Creúsa
En la Fócide, pasando
la Fuente Casótide, en las paredes de la Lesque de los cnidios, Polignoto pintó
el final de Ilión, y aparece, entre las cautivas troyanas, Creúsa. Sin embargo,
dicen algunos que, porque era esposa de Eneas, la Gran Madre Cibeles y Venus,
su suegra, impidieron que los griegos la hiciesen su esclava. [37]
Dido Elisa
Prólogo
Fue Troya y fueron los
troyanos. Ya no eran. Eneas perdió a Creúsa, su mujer, durante la huida, en las
calles de la ciudad. Se le ha muerto su padre, Anquises. Una
tempestad de cuento deshace luego la escuadra troyana. Su almirante, Eneas,
alcanza, con siete naves estropeadas, una playa libia. He aquí, resumidas, sus
tribulaciones. Antes recibió señales más o menos ciertas de su destino, que lo
marcaban.
Epifanías
“Ecce (…) Hector…” El fantasma roto de
Héctor alarma (a la letra) a Eneas en un sueño de mucha oportunidad. Le dice
que huya, con los Penates de la patria, el fuego de Vesta y su liguero, y
busque otros muros que ciñan a los troyanos. Que por su casa, y por su apellido,
ya han perdido demasiado, casi todo.[38]
Eneas aprende que los dioses (Júpiter,
Neptuno, Atenea, sobre todo Juno) fueron contrarios a Troya[39], y
que lo ampara su madre, Venus.
Ve
a Ascanio aureolado, el trueno zurdo, la estrella corredora apuntando al Ida.[40]
En una calle
derrumbada de Troya el espíritu de su mujer ha saludado a Eneas. El Rey del
Cielo, le ha dicho, manda que no lo acompañe, la Madre de los Dioses quiere
retenerla en su costa. Creúsa lo ha enterado de que padecerá largos destierros
y llegará por fin a Hesperia, a orillas del Tíber, donde tomará una reina por
esposa, y será rey, y feliz. Y le ha pedido que ame desde ahora a su hijo común
sobre todas las cosas.[41]
En Mavorte han
empezado una colonia, la de los Enéadas, que no sirve, esa tierra está sucia.[42]
Llegan
peregrinos a la isla sagrada de Ortigia, y a la capital de Apolo, Delos. La
pitonisa susurra, buscad la tierra donde nació vuestra raza dardania, regresad
a la madre que os parió.[43]
Anquises interpretra el oráculo. Piensa que se refiere a Creta. Van allí,
fundan Pergamea.
Una peste los diezma. Anquises
aconseja volver a Ortigia, consultar de nuevo.[44] Pero
se aparecen a Eneas en otro sueño los Penates patrios y corrigen a su padre. Es
Hesperia, la cuna verdadera de Dárdano.[45] Ahí
recuerda Anquises las alucinaciones de Casandra, pobre, ésa fue su desgracia, y
la nuestra, que nadie podía dar fe a sus palabras, aunque eran seguras, y decía
“Italia” unas veces, y otras “Hesperia”, empleando el nombre latino y el
griego.[46]
En las islas
Estrófadas la harpía mayor los maldice, llegaréis, sí, a Italia, pero pasaréis
tanta hambre que os comeréis hasta las mesas.[47]
En Butroto oye Eneas a su rey agorero,
Héleno Priámida. Le da la señal de su meta. Verás, en la orilla de un río, una
cerda blanca, amamantando treinta lechoncillos albos. Ése será tu solar. Le
advierte que evite la costa oriental de Italia, poblada de griegos. Que esquive
Escila y Caribdis. Que, cuando llegue, vele sus cabellos con manto de púrpura.
Y sobre todo, le dice, adora a Juno, multiplica tus oraciones. Y vé a Cumas,
busca allí a la Sibila, ella te concretará tu destino.[48]
Avistan la
costa de Italia. Cuatro caballos blancos pacían, señal de guerra, o de paz, no
saben.[49] Rezan
a Palas Atenea y queman ofrendas para amansar a Juno.[50]
Se le acaba a
Eneas su padre y al poco, cerca de Sicilia, una tormenta fabulosa desvía su
rumbo, y con la armada diezmada y averiada toca la costa africana.
Eneas ponía terca proa
a Italia, pero podía más la diosa enemiga de los suyos.
Virgilio quiso saber de su Musa,
primero, la razón del odio de Juno, el origen de los trabajos de Eneas.[51] Juno
era patrona de Cartago. Allí guardaba sus armas y su carro. Era su ciudad
predilecta. Sabía que la Nueva Troya no toleraría su primacía. Y guardaba
rencor a los troyanos desde lo del juicio de Paris, pues prefirió a Venus. Por
todo eso dificultaba la fundación de Roma.[52]
Punto por punto
*****
Venus pide a
Júpiter que ponga fin a las fatigas de los troyanos, que comenzarán, está
dicho, palabra de Dios, o escrito en el Cielo, Segunda Troya. Venus pone el
ejemplo particular de Eneas. Es su madre, y su hada madrina: “¿Así honras su
piedad?” Júpiter la tranquiliza. “Abrazarás tu ciudad…” Júpiter adelanta, para
consolar a Venus, la historia de Roma, desde Eneas hasta Julio César, que será
divino[53],
y manda al hijo de Maya a Cartago, para que Dido reciba hospitalariamente a los
teucros.[54]
*****
¿Debajo de qué cielo nos hallamos?[55]
Eneas, náufrago, mareado, interrogaba a Venus (pero no la conocía). La diosa le
contó la historia de Elisa Dido. Era
reina antigua fenicia, viuda más o menos nueva de su tío Siqueo, el obispo.
Huyó cuando su hermano Pigmalión le mató el marido, y empezó Cartago, aquí en
Libia. Era ahora su alcaldesa, rica, guapa, con muchos novios.[56]
Eneas se
presentó, Soy Eneas el pío[57], y
dijo su última mala hora (la marejada que había descoyuntado su flota). Ella lo
consuela, que todas sus naves se han salvado (¿ves esos doce cisnes?). Por fin
la sabe su hijo, le reprocha que se presente siempre disimulada bajo alguna
ficción. Mamá lo envuelve en una nube para que alcance el palacio de Dido con
seguridad.[58]
*****
En los frescos de una sala del templo de Juno que Dido había
levantado sobre un lugar propicio estaba pintada, como en tira de tebeo, la Ilíada.
Eneas ve en
sus viñetas el final de Troilo, la lástima y el pánico de las troyanas, a
Aquiles rodeando tres veces la ciudad arrastrando el cuerpo de Héctor, a Príamo
suplicante. Se ve a sí mismo, mezclado en la lucha con los príncipes aqueos.[59]
*****
Dido entró espléndida, magnífica. Recibió a algunos troyanos
en embajada, que le pidieron asilo, y que permitiese que reparasen sus naves,
que venían con su señor, Eneas. Ella tenía alguna noticia, claro, de las gestas
de Eneas, y lo recibiría muy bien, dijo, y aseguró a sus hombres. En eso la
nube que ocultaba al héroe se disuelve y aparece iluminado por su madre, doña
Venus, maravilloso. Dido lo reconoce. Sabe que es hijo de mucho, y el final de
Troya, y su nombre.[60]
*****
Dido hace que lleven a los marineros que han quedado en la
cala veinte toros, cien gorrinos, cien corderillos con sus madres, y vino, y
ordena un banquete para su adelantado.[61]
Eneas envía por su hijo Ascanio, y encarga que le traiga,
para regalárselas a la señora de Cartago, un manto y un velo que fueron de
Elena, y la vara de mando de la infanta Ilíone, la hija mayor de Príamo, y su
collar, y su diadema.[62]
*****
Venus, fullera, amaña los naipes. La diosa teme que,
si va el pequeño Yulo Ascanio a palacio, las intrigas tirias o la saña de Juno
lo arruinen. Para salvarlo, y seducir a Dido, lo roba, se lo lleva a su casa de
Citera, y envía en su lugar a Cupido desalado, dadivoso. El gamberro incendiará a
Elisa, la perderá, yendo y viniendo entre ella y el capitán troyano.[63]
*****
Dido convidó a Eneas y le rogó, en la sobremesa, y ya había
anochecido, que le contase otra vez la ilíada,
con el final de Toya, y su fuga, y sus largas navegaciones (ya han pasado siete
años).[64]
Eneas contó su historia,
la que lo había traído hasta el África, y calló, melancólico. La hermosura del
héroe (su planta, su rostro), su voz, su vida,
cautivaron a Dido. Ya no podía en ella Pudor, ni el recuerdo de su primer
matrimonio desastrado. Su hermana Ana le dice, finge patrañas que desayuden la
partida de tus huéspedes, los pélagos encolerizados, Orión tempestuoso, rotas
las naves, el cielo intratable.[65]
Y rezan ambas a los dioses, a Ceres, a Febo, a Baco, sobre todo a Juno.[66]
Y enseguida Dido, otra vez, al atardecer, después de otro banquete, quiere oír
la epopeya.[67] Mírala
ahora, perdidita de amor por el náufrago troyano, el forastero. Los edificios
de Cartago se quedan a medio hacer. Sus soldados no frecuentan la palestra.[68]
*****
Juno quiso
casarlos, unir a tirios y troyanos, que eso favorecería a Cartago, y concierta
con Venus, con un pacto, el himeneo. Yo me ocupo, dice Juno. Mañana
salen en montería. Levantaré una tormenta que apartará a Eneas y Dido. Se
refugiarán en una gruta que será de amor… Vale, dice Venus. [69]
Todo va así. En la cueva Eneas y Dido celebran su boda
íntima. Su amor es por ahora furtivo, pero Elisa, sin mirar honras ni famas,
quiere ya casarse con el amigo.[70]
*****
Se publican sus amores, o amoríos. La fama llega a Yarbas,
pretendiente principal de Dido, rey de Getulia, devotísimo de Júpiter. Yarbas
pide a su Señor que deshaga aquello. Llama a Eneas “nuevo Paris”.[71]
Oyó Júpiter a su beato, y envió a Mercurio para que lo
regañara. Si Venus lo había ahorrado dos veces, en Troya, y cuidaba de él en su
Eneida, era porque lo reservaban para
una gesta más alta, para comenzar Roma, la herencia que le debía a su hijo,
Yulo Ascanio. Abandona esta vida ociosa, afeminada, de delicias. Hale, bota las
naves.[72]
*****
Eneas, perplejo y miedoso, y meapilas, obedecerá. Manda que
aparejen las naves que ha reparado Dido en sus astilleros, pero con disimulo,
que la reina no recele.[73]
Pero Dido lo averigua enseguida, y se querella. ¿Interrumpirá
así su comenzado matrimonio? ¿Huía de ella? La odian, porque ama a Eneas, los
Libios, los reyes nómadas que pedían su mano, los tirios, sus vecinos. Ahora,
si se va él, se llegará su hermano Pigmalión a arrasar la ciudad, o vendrá
Yarbas y la arrastrará hasta Getulia, como cautiva. Dame antes, le dice, por lo
menos, en prenda, un hijo, un “Eneas párvulo”.[74]
Pero Eneas es manso con los dioses, y con la patria, y se
somete a su ordenado destino. Se acordará, dice, siempre, de Dido Elisa. Pero
él no le ha dado nunca palabra de marido, no están casados. Él no puede seguir,
como los hombres ordinarios, su gusto. Y ahora debe ir a Italia, ocupar, con
los suyos, “el ausonio solar”, es mandamiento divino que repiten el espíritu de
su padre, en sueños, y los ojos de su hijo, en su vigilia.[75]
Dido lo aoja. Te recogí, náufrago. Reparé tus naves en mis astilleros.
He mimado a los peones de tu mesnada. Perdí, por ti, mi nombre. Y ahora te
largas, me dejas. Pues te asombrará, mi fantasma, en todas partes. Y conoceré
tu peor suerte en mi inmediata residencia, en el Infierno.[76]
“El pío Eneas” afana, de todos modos, a sus hombres para que
armen los barcos, con toda la prisa que puedan.[77]
Dido observa los trabajos en el puerto con tristeza, le envía a su hermana Ana,
que le solicite una tregua, que espere aires favorables, una estación más
propicia. Él llora, pero se niega.[78]
*****
Dido quiso terminarse. Amontonó en el patio, sobre una pira
de leña de pino y roble, las armas de Eneas, sus prendas, el tálamo donde la
perdió, adornó la habitación con guirnaldas, derramó flores funerales. Oficiaba
una bruja de Masilia, desmelenada, citó a las Tinieblas, al Caos, a la triple
Hécate, a Diana triple. Dido se desabrochó la túnica, se descalzó un pie,
cumplió los ritos.[79]
Y todavía aprieta Mercurio a Eneas, dormido en la popa de la
nave capitana. Y Eneas corta amarras, se echa a la mar, se va, se va.[80]
Dido contempla los muelles desiertos, el mar lleno de trapos, oye el crujido de
los lienzos y las entenas y el ritmo de los remos. Llora su ventura. Echa
pestes contra Eneas, en particular, y contra todos los troyanos, y se da muerte
sobre la pira con la espada del amigo. Su final llegaba muy despacio. Tuvo que
enviar Juno a Iris, que cortase sus rizos de oro y los consagrase al Orco
Estigio, a Dite. Así desató su alma.[81]
Eneas vio la hoguera, intuyó el final desgraciado de Elisa.
El luto le duró siete versos.[82]
*****
Entra Eneas, guiado por la Sibila, en el Infierno. En los
Campos de las Lágrimas, en un arrayanal, pasean sus melancolías las muertas de
amor. Una, Elisa Dido. Eneas la ve, la saluda, intenta disculparse, si dejé tus
playas fue por imperio de los dioses. Mírame. No te vayas aún, ésta es la
última vez que puedo conversar contigo. Ella calla, no responde, tiene los ojos
en el suelo, vuelve el rostro, se mete en el bosque de mirtos donde Siqueo, su
primer esposo, la quiere. Eneas solloza.[83]
La pintura de Troya
Alfonso X el Sabio conoció una versión curiosa que explica de
otro modo las razones que llevaron a Eneas a marcharse de Cartago, a abandonar
a Dido.
Eneas estaba muy a su sabor con Dido, mujer sesuda y hermosa,
y disfrutaba además del señorío de Cartago. ¿Por qué cambió aquello por un
sueño que le pillaba muy a trasmano?
Cuando pobló la ciudad, Dido había mandado levantar un templo
en cuyas paredes figurasen, coloreados, todos los cuentos del mundo. El último,
el más reciente, era el de Troya, y como no cupo lo tuvieron que dibujar en un
portal apartado. Dido y Eneas habían pasado muchas tardes entretenidos,
distraídos, mirando las historietas del edificio principal, pero nunca habían
visitado el patio que retrataba lo de Troya.
Eneas preguntaba a Dido qué había detrás de aquella tapia, y
ella callaba, disimulaba.
--Es una historia triste, aburrida, está mal contada.
Tanto la importunó Eneas que fueron.
Eneas fue para mal. Lo que vio allí en los muros le pesó, le
pesó. Dice el Rey Sabio cómo “entendió que los omnes de aquella tierra
sabían por aquellas pinturas más de su fazienda que él non quisiera...e puso en
su corazón irse de aquella tierra e numqua tornar allí más.”
*****
Conque fue eso. No lo echaron de Cartago fantasmas, divinos,
tierra prometida, asegurada gloria. Lo que apartó a Eneas de Dido fue la
vergüenza de las noticias ciertas que ella guardaba de su pasado troyano, su
verdadera historia, la Eneida no censurada.
Lavinia
“Allí te
granjearás alegre prosperidad, y un reino, y una regia esposa.”[84] Se
lo anunció (y los muertos conocen secretos que no alcanzamos) el fantasma nuevo
de Creúsa, su mujer, en Troya.
Otro espíritu,
el de su padre, Anquises, al otro lado, señala, entre las almas que ya han
bebido en el Leteo y aguardan turno para regresar, olvidadas de sus pasados, al
mundo, la de una que se encarnará en un tal Silvio, el cual será el pequeño de
su “esposa Lavinia”, hijo de la vejez de Eneas. Se criará en las selvas, y será
el primero de una estirpe de reyes que reinarán en Alba Longa.[85] De
esta forma aprende Eneas el nombre de su futura mujer.
En Cumas tiene noticias más ciertas,
y mucho más inquietantes, de la Sibila de Cuma: “Causa de tantos males será
otra vez una mujer extraña a los Teucros, y el tálamo, otra vez, de una
extranjera.”[86]
Reinaba el
viejo Latino sobre los Laurentos. Un hijo varón que tuvo lo había perdido. Sólo
tenía ahora una hija, virgen y en sazón, Lavinia. La buscan muchos, pero su
primer pretendiente, su galán principal, y el favorito de la reina Amata, es
Turno.[87] Sólo
que dos prodigios (un enjambre de abejas colgaba, como racimo, de la copa del
laurel sagrado del patio; a la princesa se le prendió el pelo mientras atendía
el fuego vestal y casi incendia el palacio) indicaban (explicó el espíritu de
Fauno, el padre del rey) que un extranjero los señorearía, y que riñendo por la
muchacha se armaría una guerra. Fauno aconsejó a Latino que casase a su hija
con el capitán forastero.[88]
Viene de parte de Eneas Ilioneo,
su embajador. Sigue las instrucciones de Apolo. Proceden, usted y mi señor, le
dice a Latino, de Júpiter. Dárdano, nuestro padre primero, nació en estas
tierras.[89] El rey Latino caviló que aquel Eneas debía de
ser el forastero del oráculo, el que tenía que casar con su hija: sus
descendientes dominarían el mundo. Y se lo comunicó a Ilioneo. Que venga a
verme. Y le adelantó caballos para los troyanos, y un carro con su tiro para el
novio.[90]
Juno se rindió
parcialmente. Sería de Eneas el reino de Latino, y se casaría con aquella
infanta que los hados le habían asignado. Pero ella pondría chinitas a la boda,
la aplazaría. Eneas será segundo Paris, Lavinia, otra Elena, y recibirán, por
dote, sangre de los troyanos y de los rútulos, tendrán por madrina a la
guerrera Belona, y serán funestas las hachas nupciales de la Nueva Troya.[91]
Enfurecida
(mordida por una Gorgona) la reina Amata fatigaba a su marido, Latino. ¿Casarás
a Lavinia con un troyano vagabundo? También llegó un ladrón furtivo a Esparta,
aquel príncipe pastor, y robó a Elena… Y a Turno, que es mucho y vale mucho, le
diste tu palabra…[92]
Luego, de corifea de bacantes, se hizo seguir por las dueñas hasta las selvas
montañosas, y allí ocultó a su hija, para retrasar, o impedir, su matrimonio
con Eneas.[93]
Juno se queja a Júpiter de los
Teucros, que terminan a hierro y fuego a los Latinos, y saquean sus campos de
pan, y quitan a la fuerza a su rey la hija pactada para dársela a su capitán.[94]
En medio de la
guerra se juntan los prohombres. Drances, enemigo de Turno, aconseja al rey
Latino que case aún a Lavinia con Eneas, y aquí paz y después gloria.[95] Pero
es tarde: ya se llegan hasta ellos los troyanos, y Latino se arrepiente de no
haber entregado a su hija al dárdano.[96]
Han sitiado la
ciudad. Con séquito de matronas sube a la cumbre del alcázar, hasta el templo
de Palas Atenea, la reina Amata. “Con ella viene la virgen Lavinia, / causa de
tantos males, sus pudorosos ojos en el suelo.”[97]
Turno se
enfrentará a Eneas en combate singular. Si gana “el Dardanio”, el “desertor de
Asia”, que se lleve “a Lavinia por esposa”.[98] El
rey Latino intenta detenerlo. Tienes el reino de tu padre Dauno, y muchas
ciudades que has ganado. Y no te faltará mi amor, ni mi protección. Ni otra
doncella hija de mucho, del Lacio. Yo, porque lo ordenan los dioses, se la di a
Eneas, y luego se la quité, atendiendo los ruegos de mi esposa Amata, y permití
que corriera la sangre. Y ahora, si mueres, tus Rútulos, y toda Italia,
perderán bastante, me lo reprocharán.[99]
Tampoco la reina Amata quería que Turno saliese a pelear. Correría ella, lo
prometo, tu misma suerte. Si eres derrotado, no quiero sobrevivirte, cautiva de
Eneas, y su suegra además.[100] La
virgen Lavinia, oyendo las protestas de su madre, lloraba, y se ruboriza.[101]
Pero Turno está
decidido. Retará aún a Eneas. El duelo resolverá quien toma a Lavinia por
esposa. A Turno “lo turba Amor, y clava
su mirada en el rostro de la virgen, / y arde aún más por coger las armas…”[102]
Antes de darse
al baile de las espadas, en la palestra, Eneas jura que, si venciese, Troyanos
e Ítalos establecerán firme alianza, y que será su general y emperador Latino.
Que fundará una ciudad, y que la bautizará con el nombre de su esposa Lavinia.[103]
Juno no quiso
el combate singular, le parecía demasiado desigual. Continuó la guerra, y los
troyanos escalaban ya los muros. La reina Amata, imaginando que ya ha muerto
Turno, su campeón, como había prometido, se ahorca de “una alta viga”. Al
enterarse de esto su hija Lavinia se arranca los cabellos, se araña las
mejillas, forma corro de lloronas.[104]
Finalmente
Eneas ha derrotado a Turno. Éste le pide que lo devuelva a Dauno, su padre,
vivo o muerto. “Venciste y, vencido, me han visto los Ausonios tender mis
manos; tuya es Lavinia, tu esposa; de aquí en adelante, no más odios.”[105]
Eneas sintió compasión un momento, pero enseguida se acordó del príncipe Palas,
el hijo de Evandro, y degolló a Turno.
Notas
Virgilio sólo
dice el amor seguro de Turno. Eneas intenta casarse con Lavinia porque está
escrito, y lo ordena su baraja, y conviene a su gloria. Latino, el padre de
Lavinia, prefiere al troyano, obedeciendo, también él, a palabras y a hechos
misteriosos. La reina Amata favorece, en cambio, a Turno, tanto que esconde a
su hija de Eneas y, cuando piensa que va a ser suya, se suicida. Ella y Juno
insisten en que el matrimonio con Turno estaba ya tratado. ¿Y Lavinia? No dice
nada. Guarda decoro, virginal, mira el suelo, se sonroja. Y lamenta mucho,
mucho, la muerte de su madre.
[1] Homero, Ilíada,
XX, 293 ss.
[2] “insignem pietate uirum”. Virgilio, Eneida, I, 8 – 11.
[3] “Hic pietatis honos?” Virgilio, Eneida, I, 253.
[4] Virgilio, Eneida,
I, 378.
[5] Virgilio, Eneida,
I, 378 – 380.
[6] “Hinc Drepani me portus et inelaetabilis ora /
accipit.” Virgilio, Eneida, III, 707 – 708.
[7] Virgilio, Eneida,
III, 714 – 715.
[8] Segura Munguía.
[9] Virgilio, Eneida,
III, 11 – 12.
[10] Virgilio, Eneida,
I, 267 – 271.
[11] Virgilio, Eneida,
II, 680 – 691.
[12] “Mihi paruus Iulus / sit comes…” Virgilio, Eneida, II, 710 – 711.
[13] “dextrae se paruus Iulus / implicuit sequiturque
patrem non passibus aequis…” Virgilio, Eneida,
II, 723 – 724.
[14] Virgilio, Eneida,
IV, 232 – 234 y 272 – 276.
[15] Virgilio, Eneida,
VIII, 46 – 48.
[16] Virgilio, Eneida,
VIII, 626 ss.
[17] Virgilio, Eneida,
XII, 430 – 440.
[18] Virgilio, Eneida,
III, 148 – 185.
[19] “hae nobis propriae sedes; hinc Dardanus ortus, /
Iasiusque pater, genus a quo principe nostrum.” Virgilio, Eneida, III, 167 – 168.
[20] Virgilio, Eneida,
VIII, 26 – 80.
[21] Teócrito, Himno
a Afrodita, 45 – 200.
[22] Virgilio, Eneida,
II, 270.
[23] “Venit summa dies et ineluctabile tempus / Dardaniae:
fuimus Troes, fuit Ilium et ingens / gloria Teucrorum…” Virgilio, Eneida, II, 324 – 326.
[24] “…subiit deserta Creusa, / et direpta domus et parui
casus Iuli.” Virgilio, Eneida, II,
562 – 563.
[25] Virgilio, Eneida,
II, 595 – 598.
[26] Virgilio, Eneida,
II, 651 – 653.
[27] Virgilio, Eneida,
II, 664 – 667.
[28] “et longe seruet uestigia coniunx”. Virgilio, Eneida, II, 707 – 711.
[29] Virgilio, Eneida,
II, 735 – 744.
[30] Virgilio, Eneida,
II, 745 – 794.
[31] Virgilio, Eneida,
II, 796 ss.
[32] Virgilio, Eneida,
III, 9.
[33] Virgilio, Geórgicas,
IV, 317 – 558; Séneca, Hércules loco,
569 – 589; Séneca, Hércules en el Eta,
1032 – 1099; Ovidio, Metamorfosis, X,
1 ss.; Apolodoro, Biblioteca, I, 3,
2; Pausanias, Descripción de Grecia,
IX, 30, 6.
[34] Pausanias, Descripción
de Grecia, X, 26, 1.
[35] Higino (Fábulas,
XC) da la lista de los cincuenta y cinco hijos del rey de Troya, y cita la
última a Creúsa. Apolodoro (Biblioteca,
III, 12, 5) dice que Príamo tuvo de Hécuba primero a Héctor, luego a Paris, y
luego a Creúsa.
[36] Licofrón, Alejandra,
1226 ss.
[37] Pausanias, Descripción
de Grecia, X, 26, 1.
[38] Virgilio, Eneida,
II, 268 – 297.
[39] Virgilio, Eneida,
II, 602 – 623.
[40] Virgilio, Eneida,
II, 681 – 698.
[41] Virgilio, Eneida,
II, 771 – 789.
[42] Virgilio, Eneida,
III, 13 – 61.
[43] Virgilio, Eneida,
III, 73 – 99.
[44] Virgilio, Eneida,
III, 100 – 146.
[45] Virgilio, Eneida,
III, 147 – 175.
[46] Virgilio, Eneida,
III, 180 – 188.
[47] Virgilio, Eneida,
III, 245 – 257.
[48] Virgilio, Eneida,
III, 374 – 462.
[49] Virgilio, Eneida,
III, 521 – 543.
[50] Virgilio, Eneida,
III, 543 – 547.
[51] Virgilio, Eneida,
I, 1 – 11.
[52] Virgilio, Eneida,
I, 11 – 33.
[53] Virgilio, Eneida,
I, 223 – 296.
[54] Virgilio, Eneida,
I, 297 – 304.
[55] Virgilio, Eneida,
I, 331.
[56] Virgilio, Eneida,
I, 335 – 368.
[57] Virgilio, Eneida,
I, 378.
[58] Virgilio, Eneida,
I, 370 – 417.
[59] Virgilio, Eneida,
I, 450 – 493.
[60] Virgilio, Eneida,
I, 494 – 624.
[61] Virgilio, Eneida,
I, 631 – 642.
[62] Virgilio, Eneida,
I, 643 – 656.
[63] Virgilio, Eneida,
I, 657 – 722.
[64] Virgilio, Eneida,
I, 748 ss.
[65] Virgilio, Eneida,
IV, 50 – 53. Traducción de Aurelio Espinosa Pólit.
[66] Virgilio, Eneida,
IV, 1 – 64.
[67] Virgilio, Eneida,
IV, 75 – 79.
[68] Virgilio, Eneida,
IV, 80 – 89.
[69] Virgilio, Eneida,
IV, 90 – 128.
[70] Virgilio, Eneida,
IV, 129 – 172.
[71] Virgilio, Eneida,
IV, 173 – 218.
[72] Virgilio, Eneida,
IV, 219 – 278.
[73] Virgilio, Eneida,
IV, 279 – 295.
[74] Virgilio, Eneida,
IV, 296 – 330.
[75] Virgilio, Eneida,
IV, 331 – 361.
[76] Virgilio, Eneida,
IV, 362 – 387.
[77] Virgilio, Eneida,
IV, 388 – 407.
[78] Virgilio, Eneida,
IV, 408 – 449.
[79] Virgilio, Eneida,
IV, 450 – 553.
[80] Virgilio, Eneida,
IV, 554 – 583.
[81] Virgilio, Eneida,
IV, 584 ss.
[82] Virgilio, Eneida,
V, 1 – 7.
[83] Virgilio, Eneida,
VI, 440 – 476.
[84] Virgilio, Eneida,
II, 783 – 784: “illic res laetae regnumque et regia coniunx / parta tibi.”
[85] Virgilio, Eneida,
II, 760 – 766.
[86] Virgilio, Eneida,
Vim 92 – 93.
[87] Virgilio, Eneida,
VII, 45 – 57.
[88] Virgilio, Eneida,
VII, 58 – 106.
[89] Virgilio, Eneida,
VII, 212 – 248.
[90] Virgilio, Eneida,
VII, 249 – 285.
[91] Virgilio, Eneida,
VII, 286 – 322.
[92] Virgilio, Eneida,
VII, 341 – 372.
[93] Virgilio, Eneida,
VII, 385 – 405.
[94] Virgilio, Eneida,
X, 77 – 79.
[95] Virgilio, Eneida,
XI, 352 – 359; 371 – 373.
[96] Virgilio, Eneida,
XI, 468 – 472.
[97] Virgilio, Eneida,
XI, 479 – 480.
[98] Virgilio, Eneida,
XII, 14 – 17.
[99] Virgilio, Eneida,
XII, 18 – 45.
[100] Virgilio, Eneida,
XII, 54 – 63.
[101] Virgilio, Eneida,
XII, 64 – 69.
[102] “Illum turbat amor figitque in uirgine uultus: /ardet
in arma magis…” Virgilio, Eneida,
XII, 70 – 71.
[103] Virgilio, Eneida,
XII, 187 – 194.
[104] Virgilio, Eneida,
XII, 593 – 607.
[105] Virgilio, Eneida,
XII, 936 – 938.
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