miércoles, 25 de diciembre de 2013

XII. Los tres matrimonios de Eneas



         Prólogos

“Sum pius Aeneas.”

Viene hacia él Aquiles, tremendo, la espada en la mano. Ya le ha descuadernado el escudo. Lo acabará. No. Poseidón (¿o fue Homero?) decide la suerte de Eneas, hija de su beatería, y su cuento romano. Lo cubre con una niebla. Lo aparta de la cólera nueva del Pelida. Le dice.[1]

Dime, Musa, dice Virgilio, las “causas” de que aborreciese Juno a Eneas, el pecado de aquel “varón insigne en la piedad”[2].

Eneas ha naufragado, muy atrabajado, en una playa africana. Venus se queja a Júpiter, defendía a su hijo: “¿Así honras la piedad?”[3]

“Sum pius Aeneas.”[4] Soy Eneas el pío (el piadoso, el bueno). Dice a Venus disfrazada de cazadora tiria, creyendo que es alguna diosa del desierto. Y sigue (¿son sus argumentos, las partes de su piedad?): “Traigo en mi capitana, que los he rescatado del enemigo, los Penates de Troya, hazaña que ha hecho que noten mi fama los cielos, y busco Italia, mi patria, pues allí empezó Júpiter mi linaje.”[5]


La piedad es “virtud que mueve e incita a reverenciar, acatar, servir y honrar a Dios nuestro Señor, a los Padres y a la Patria” (Aut). Y es, en efecto, Eneas el hombre pío por excelencia, sujeto a los dioses, a su padre (a su persona, a su máscara y a su sombra), y a la Patria (que representan los Penates que custodia, y para los cuales busca capilla en Roma, Nueva Troya), y que mira mucho además por su hijo Yulo Ascanio, que lo continuará.


        Hijo de papá

Eneas pasó su Eneida atendiendo a su padre. Se acuerda de él, primero, cuando asiste al final horroroso del rey viejo de Troya. Por su ancianidad, y porque desde su divina tornaboda anda rengo y, acaso, capón, carga con él a cuestas durante la fuga. Le encomienda la custodia de los Penates y geniecillos patrios, y del fuego, y el ceñidor, de Vesta, señora del llar. Anquises es, mientras puede, el almirante de la flota. Sacerdotal, interpreta (equivocándose a veces) los oráculos. Porque ha perdido en él a Anquises llamará a Drépano, “puerto de su desgracia”[6]. La muerte del padre le parece a Eneas su “labor más extremada”, el “final de su largo viaje”.[7] En el aniversario honra su memoria con maniáticos funerales. Respeta religioso sus Manes. Cuando lo sueña ahocica, vasallo de su palabra, de su gesto. Visita su sombra, en la otra orilla.

Pero su padre, vivo, le sobraba, estaba de más, disminuía al héroe, ponía obstáculos a su carrera.


pater Aeneas”

Virgilio sólo llama a Eneas “padre” (“pater Aeneas”) después de decir su orfandad nueva. Pater fue título que ostentaron algunos dioses romanos. Fue también “epíteto de veneración”, y significaba “divino, augusto, venerable, noble”.[8] Ese apellido, que sólo puede gastar tras la muerte de Anquises, hace de Eneas padre particular de Yulo Ascanio y general de Roma. Ahora él sabe exactamente quién es, qué es, qué tiene, lo que vale: “…Troya fue. A mí, desterrado, me arrastran los mares / con mis compañeros, con mi hijo, con los Penates y los magnos dioses.”[9]

        En conversación olímpica anuncia Júpiter a Venus que el pequeño Ascanio, al cual ahora dicen Yulo, y llamaron, mientras hubo Ilión, Ilo, reinará en Alba Longa treinta años.[10]

Importa Yulo Ascanio para contar a Eneas, para contar Roma.

        Una diadema de fuego corona a Yulo en Troya, señal divinal que fija su destino.[11]

        Que venga conmigo el pequeño Yulo, a mi lado, mi compañero.[12] Mientras rompían Troya los aqueos, en el follón de su fuga, Eneas, ansioso, lo coge de la mano, y el chiquillo lo sigue como puede, corriendo a trechos, “con pasos desiguales”.[13]

En Cartago Venus protege a su nieto, quitándolo de los celos peligrosos de Dido, y le da blando hospital en su casa, en Citera.


        Su affair con Elisa Dido, aquellos placeres africanos, distraían a Eneas, y descuida su empresa. Vendrá Mercurio, de parte de Dios Todopoderoso, para recordarle que deshereda, con su holgazanería, a su hijo Ascanio. Mira que le debes al niño Roma, ahí es nada.[14]

        Tiberino, en un sueño, confirma a Eneas las ínfulas de su hijo, será, sí, rey.[15] Poco después, en el escudo que ha forjado Vulcano para él, entiende (a medias, que el lenguaje es oscuro) “la futura estirpe de Ascanio”, la loba, con los gemelos, Augusto...[16]

Y, en fin, antes de su último combate, curado milagrosamente, el héroe se despide de su hijo, aconsejándolo, mírate en el ejemplo de tu padre Eneas (¡mi virtud famosa!), y en el coraje de tu tío Héctor.[17]

     Roma


Los Penates Frigios se aparecen en un sueño a Eneas, y le comunican el manantial de su linaje, en Hesperia, que en otro idioma dicen Italia, y le ordenan luego que consulte con su padre. Anquises, recordando las palabras de Casandra, confirma la noticia.[18] Ésa es nuestra sede, nuestra casa, ahí están nuestros cimientos, el oriente del que salieron, como dos soles, Dárdano y Yasio, los primeros de nuestro apellido.[19] Muy a menudo se manifiestan los dioses, y los muertos, y todos apuntan allí. Así el viaje de Eneas queda legitimado como regreso: lo que gane en aquellas tierras ya era suyo. Por eso se hace ahijar por el río Tíber.[20] Por eso transporta los Penates y los objetos de culto de la patria perdida, para fundar segunda Troya.


        “Nate dea”

Venus rescata a Eneas en Troya, lo guarda mientras marea, lo arma en Italia para su duelo final, constantemente cuida de él, es su mágica madre, es su hada madrina. Pero el hijo le sale torcido. Acaso porque lo dio a criar a las ninfas silvestres del Ida[21], Eneas no ha mamado amor, y lo gasta borde. Pierde literalmente a Creúsa, y figuradamente a Elisa Dido. Y nunca dice a Lavinia que la quiere: persigue tercamente casarse con la princesa porque está escrito que así sea, amén, amén, y cuadra a su gloria, y a la de su raza.



        Creúsa

        La fuga (Eneida, II)

        La historia del final de Troya la cuenta Eneas para Dido. Es versión interesada, de parte. Hará la oficial.

Hubo lo del caballo de palo. Lo entramos en la ciudad desquiciando las puertas, que no cabía. Festejamos la paz nueva: los griegos habían levantado el cerco después de diez años. Yo dormía mi alivio en mi palacete, que tenía en un barrio retirado. Me sale, en sueños, Héctor, desfigurado por su final espantable. “In somnis ecce (…) Hector.”[22] ¡Ay, huye, hijo de diosa, y húrtate a esta hoguera, Troya se desmorona! Dice. La patria te encomienda sus trastos sagrados, y sus Penates. Dice. Dice, y con sus manos saca del sagrario la imagen de Vesta, su fuego eterno, sus prendas íntimas. El príncipe de Troya me ha traído el aviso: no puede haber mejor mandadero. Corre, vete, estás excusado, me ha dicho. Cantarán (está cantada) la ruina de Troya. Defendiendo mi Casa han caído nuestros mejores. Ahora serás tú el príncipe casi divino de lo que quede, el administrador de su resto, y procurarás nuestra restauración. Me despierto erizado, subo al tejado, contemplo los incendios, me armo, voy hacia el alcázar. Encuentro a Panto, el sacerdote de Apolo, cargado de diosecillos derrotados. Dice palabras que serán famosas. Han venido el último día y la hora ineluctable de Dardania. Fuimos, los troyanos, y fue Troya.[23]
Se juntan con nosotros Ripeo, Épito, Hípanis, Dimas y Corebo. Caemos sobre un griego, Andrógeo, y sus soldados, los matamos, trocamos con ellos sus yelmos y sus escudos. Así mezclados hacemos carnicería en el enemigo. Vemos a Casandra. La sacaban, arrastrándola, atadas las manos, del santuario de Minerva. Corebo, su enamorado, se echa contra los ladrones, y encuentra su final.


Mueren luego (ya los han conocido) Ripeo, Hípanis, Dimas, el párroco. Yo saco como puedo al viejo Ífito, a Pelias herido. Protesto. Mirad, mirad. He buscado la muerte aquí, aquí, aquí, pero no quieren mis hados que me llegue. Buscamos el palacio. Veo todavía a Hécuba, rodeada de nueras, y a Príamo. Veo los cincuenta tálamos vaciados. Veo al rey. Se ha armado, pobre, tan viejecito. Pirro le termina, delante de sus ojos, otro hijo aún. Luego lo lleva hasta el altar, a la sombra del laurel, con la izquierda lo coge de la canosa melena, le atraviesa el pecho con la espada, lo descabeza. Observando la muerte violenta de mi señor, el rey, me acuerdo, espantado, de mi padre, otro anciano. Luego me viene al pensamiento Creúsa, abandonada, y la casa saqueada, y la caída del pequeño Yulo.[24] Quedo sólo yo. Veo entonces a Elena. Puta. La mato. Voy a arrojarme, rabioso, sobre la mala, pero Venus me detiene, riñéndome. “¿A qué esa inquina, el usgo?” Dice. Deja a la chica, mi ahijada. Lo de Elena y Paris pasó. Es materia de otro cuento. El tuyo comienza aquí. No os ha desgraciado ella. Han ordenado vuestra ruina Neptuno, Juno, Atenea, Júpiter. Corre a casa, mira primero cómo se encuentran tu padre, el anciano Anquises, tu mujer, Creúsa, y el pequeño Ascanio.[25] Yo haré tu escolta. Guiado por mi maravillosa mamá, llego al hogar. Pero Anquises, mi padre, prefiere que lo acaben los griegos ahora antes que sufrir las fatigas de la fuga y el exilio. Menciona vagamente su invalidez antigua, el castigo de Dios, aquel rayo que lo mutiló (¿que lo castró?). Nosotros, mi mujer, Ascanio, los criados, lloramos, que su tozudez nos hundirá a todos.[26] Como no lo conmueven nuestras lágrimas, me querello contra mi madre, Venus. ¿Para esto me has traído a casa? ¿Para que vea a Ascanio, a mi padre y a Creúsa degollados, en un charco de sangre común?[27] Entonces acaricia un fuego prodigioso las sienes de Yulo, formando una aureola. Truena a la izquierda. Una estrella atraviesa la noche hacia el Ida. La triple epifanía convierte a Anquises. Vale. El Cielo exige que se salve mi apellido. 


        Para la huida pido a mi padre que sea el custodio, por ahora, de los Penates y los objetos de culto, que yo tengo las manos manchadas de sangre, y lo cargo sobre los hombros, cubriéndolos antes con una piel de león, cojo de la mano al pequeño Ascanio, y ordeno que mi mujer vigile de lejos nuestras pisadas.[28] Cito a mi gente a la sombra de un ciprés santo, cerca de la iglesia de la Señora Cereal, en una loma, extramuros. Salgo. Hay ruido de guerra. Tomo, para esquivarla, los callejones más difíciles.
        Ahí me quitan los hados a mi esposa. Se detuvo. Erró el camino. Cayó al suelo, agotada. No lo sé. Todo es incierto. Y nunca más, después, la han vuelto a ver mis ojos. Ni miré hacia atrás, ni conocí su pérdida, ni me acordé de ella hasta que llegamos a al santuario alto de Ceres. Allí nos habíamos juntado todos: solamente faltaba ella, Creúsa, fallando a su hijo, y a su marido.[29]
Llegué al bosquecillo, dejé a Yulo, y a Anquises, con los Penates de la patria, y entré otra vez en Troya, la espada desenvainada, buscando a mi mujer. Volví a casa, pero ya el fuego devoraba sus paredes. Miré en los escombros del alcázar, y en otros edificios, la llamaba muchas veces, Creúsa, Creúsa. Sólo hallé su “infeliz simulacro”, su sombra desgraciada. Me pareció más alta. Yo, miedoso, espeluznado, no podía hablar. Ella me consuela. Estaba muy conformada con su suerte. Dice. Esto ha sido voluntad de Dios Padre. Que no te acompañe en tus afanes. Que no entre a servir a ninguna condesa griega, en sus cocinas. Me quedaré aquí, en estas playas, donde me quiere la Morenica. Aquí, de este lado, todas las horas son la misma hora, por eso los muertos nos enteramos de cosas. Te diré algunas. Tu destierro será largo y lleno de calamidades, y sólo terminará simbólicamente en la Hesperia, a orillas del Tíber. Allí, porque te casarás con una reina, serás rey, y dichoso, y levantarás, otra vez, Troya. Y ahora seca las lágrimas que derramas por mí (es que me preferías, ¿verdad?). Adiós, y cuida al hijo de nuestro amor. Dijo eso, y yo cogí un berriche, intenté tres veces abrazarla, pero su imagen se deshacía, como el aire, como un sueño.[30]


Regresé al ciprés. Allí se habían congregado muchos fugitivos de mi nación. Yo sería su caudillo en el exilio.[31]
Al otro día mi padre, Anquises, ordenó dar las velas de las naves, que teníamos aparejadas en el ancón de Antandro, al pie del Ida, a los venturosos vientos.[32]


y Eurídice

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Orfeo ha sido piloto musical, misterioso, de los Argonautas, y a su regreso tomó por esposa a Eurídice. Fue Himeneo el padrino tristísimo de sus bodas. Barruntaba una desgracia. Se holgaba la novensana en la orilla de un río y la vio Aristeo y la apeteció. Eurídice, huyendo del sátiro, pisó una serpiente y, mordida por la bicha, murió.

Orfeo bajó a Tierra de Muertos y con sus talentos ganó el rescate de su mujer. Sin embargo, Plutón se la entregaba con una condición. Que la guiase hasta los umbrales del mundo sin mirar atrás. Eurídice seguía a tientas, cojeando aún de su herida, la cítara de su marido, su lazarillo por aquellas cuestas tenebrosas, embarradas. Cuando entrevió la luz de la puerta Orfeo, lleno de ansiedades, se volvió, y perdió a Eurídice, esta vez para siempre.

Orfeo rondó el Aqueronte siete días con sus noches, pero el barquero no quiso pasarlo otra vez al otro lado, ése era privilegio que no se repetía. Se metió luego en la sierra, y guardó un luto cabezón, escandaloso, que las Ménades, despechadas, castigaron rompiéndolo en pedazos. El río donde lo echaron repite una rima, Eurídice, Eurídice. Como no se suicidase él, ¡la pena![33]

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        Pausanias[34] supo que Lésqueo y los Cantos Ciprios llamaban Eurídice a la mujer de Eneas. Y son testimonios de peso, de mucha autoridad.


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        Las tocayas descarriadas corren malas suertes semejantes; los maridos, sin embargo, tienen comportamientos contrarios.
Orfeo quiere asegurarse de que lleva a Eurídice cosida a su sombra: es su amor lo que la pierde.
A Eneas se le va (y no es figura) la santa al cielo, está en las nubes de los futuros legendarios que le han pronosticado, conoce sus prestigiosos orígenes (es hijo de Venus), lleva a cuestas a su padre, que le servirá muy bien vivo y muerto, cela los Penates de la patria, el fuego vestal, el ceñidor de la Virgen, sujeta a su hijo, que lo repetirá gloriosamente, es natural que se olvide de su Eurídice, que la extravíe, quizás, adrede (estorbaría su empresa en Cartago, y en Italia).

Eneas, casado con Creúsa, vale poco, es, nada más, uno de los yernos de Príamo.[35] Dido, en Cartago, reparará sus naves. Lavinia, en Hesperia, lo aumentará, y valdrá el rey.

Licofrón, en su Alejandra[36], cuenta algo pertinente, impertinente. Examinando la piedad de Eneas, el cual, para honrar a los dioses de la patria, y a su anciano padre, ha apartado a su mujer y a sus hijos, descuidándolos, desconociéndolos, los griegos lo perdonaron, y sólo a él no lo despojaron de sus riqueza.


        Esclavitud incierta de Creúsa
       
En la Fócide, pasando la Fuente Casótide, en las paredes de la Lesque de los cnidios, Polignoto pintó el final de Ilión, y aparece, entre las cautivas troyanas, Creúsa. Sin embargo, dicen algunos que, porque era esposa de Eneas, la Gran Madre Cibeles y Venus, su suegra, impidieron que los griegos la hiciesen su esclava. [37]




        Dido Elisa

        Prólogo

Fue Troya y fueron los troyanos. Ya no eran. Eneas perdió a Creúsa, su mujer, durante la huida, en las calles de la ciudad. Se le ha muerto su padre, Anquises. Una tempestad de cuento deshace luego la escuadra troyana. Su almirante, Eneas, alcanza, con siete naves estropeadas, una playa libia. He aquí, resumidas, sus tribulaciones. Antes recibió señales más o menos ciertas de su destino, que lo marcaban.


        Epifanías

        Ecce (…) Hector…” El fantasma roto de Héctor alarma (a la letra) a Eneas en un sueño de mucha oportunidad. Le dice que huya, con los Penates de la patria, el fuego de Vesta y su liguero, y busque otros muros que ciñan a los troyanos. Que por su casa, y por su apellido, ya han perdido demasiado, casi todo.[38]

        Eneas aprende que los dioses (Júpiter, Neptuno, Atenea, sobre todo Juno) fueron contrarios a Troya[39], y que lo ampara su madre, Venus.

        Ve a Ascanio aureolado, el trueno zurdo, la estrella corredora apuntando al Ida.[40] 

        En una calle derrumbada de Troya el espíritu de su mujer ha saludado a Eneas. El Rey del Cielo, le ha dicho, manda que no lo acompañe, la Madre de los Dioses quiere retenerla en su costa. Creúsa lo ha enterado de que padecerá largos destierros y llegará por fin a Hesperia, a orillas del Tíber, donde tomará una reina por esposa, y será rey, y feliz. Y le ha pedido que ame desde ahora a su hijo común sobre todas las cosas.[41]

        En Mavorte han empezado una colonia, la de los Enéadas, que no sirve, esa tierra está sucia.[42]

        Llegan peregrinos a la isla sagrada de Ortigia, y a la capital de Apolo, Delos. La pitonisa susurra, buscad la tierra donde nació vuestra raza dardania, regresad a la madre que os parió.[43] Anquises interpretra el oráculo. Piensa que se refiere a Creta. Van allí, fundan Pergamea.


Una peste los diezma. Anquises aconseja volver a Ortigia, consultar de nuevo.[44] Pero se aparecen a Eneas en otro sueño los Penates patrios y corrigen a su padre. Es Hesperia, la cuna verdadera de Dárdano.[45] Ahí recuerda Anquises las alucinaciones de Casandra, pobre, ésa fue su desgracia, y la nuestra, que nadie podía dar fe a sus palabras, aunque eran seguras, y decía “Italia” unas veces, y otras “Hesperia”, empleando el nombre latino y el griego.[46]

En las islas Estrófadas la harpía mayor los maldice, llegaréis, sí, a Italia, pero pasaréis tanta hambre que os comeréis hasta las mesas.[47]

        En Butroto oye Eneas a su rey agorero, Héleno Priámida. Le da la señal de su meta. Verás, en la orilla de un río, una cerda blanca, amamantando treinta lechoncillos albos. Ése será tu solar. Le advierte que evite la costa oriental de Italia, poblada de griegos. Que esquive Escila y Caribdis. Que, cuando llegue, vele sus cabellos con manto de púrpura. Y sobre todo, le dice, adora a Juno, multiplica tus oraciones. Y vé a Cumas, busca allí a la Sibila, ella te concretará tu destino.[48]

        Avistan la costa de Italia. Cuatro caballos blancos pacían, señal de guerra, o de paz, no saben.[49] Rezan a Palas Atenea y queman ofrendas para amansar a Juno.[50]

        Se le acaba a Eneas su padre y al poco, cerca de Sicilia, una tormenta fabulosa desvía su rumbo, y con la armada diezmada y averiada toca la costa africana.

Eneas ponía terca proa a Italia, pero podía más la diosa enemiga de los suyos.


Virgilio quiso saber de su Musa, primero, la razón del odio de Juno, el origen de los trabajos de Eneas.[51] Juno era patrona de Cartago. Allí guardaba sus armas y su carro. Era su ciudad predilecta. Sabía que la Nueva Troya no toleraría su primacía. Y guardaba rencor a los troyanos desde lo del juicio de Paris, pues prefirió a Venus. Por todo eso dificultaba la fundación de Roma.[52]


Punto por punto


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        Venus pide a Júpiter que ponga fin a las fatigas de los troyanos, que comenzarán, está dicho, palabra de Dios, o escrito en el Cielo, Segunda Troya. Venus pone el ejemplo particular de Eneas. Es su madre, y su hada madrina: “¿Así honras su piedad?” Júpiter la tranquiliza. “Abrazarás tu ciudad…” Júpiter adelanta, para consolar a Venus, la historia de Roma, desde Eneas hasta Julio César, que será divino[53], y manda al hijo de Maya a Cartago, para que Dido reciba hospitalariamente a los teucros.[54]

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        ¿Debajo de qué cielo nos hallamos?[55] Eneas, náufrago, mareado, interrogaba a Venus (pero no la conocía). La diosa le contó la historia de Elisa Dido. Era reina antigua fenicia, viuda más o menos nueva de su tío Siqueo, el obispo. Huyó cuando su hermano Pigmalión le mató el marido, y empezó Cartago, aquí en Libia. Era ahora su alcaldesa, rica, guapa, con muchos novios.[56]
       
Eneas se presentó, Soy Eneas el pío[57], y dijo su última mala hora (la marejada que había descoyuntado su flota). Ella lo consuela, que todas sus naves se han salvado (¿ves esos doce cisnes?). Por fin la sabe su hijo, le reprocha que se presente siempre disimulada bajo alguna ficción. Mamá lo envuelve en una nube para que alcance el palacio de Dido con seguridad.[58]

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        En los frescos de una sala del templo de Juno que Dido había levantado sobre un lugar propicio estaba pintada, como en tira de tebeo, la Ilíada.


Eneas ve en sus viñetas el final de Troilo, la lástima y el pánico de las troyanas, a Aquiles rodeando tres veces la ciudad arrastrando el cuerpo de Héctor, a Príamo suplicante. Se ve a sí mismo, mezclado en la lucha con los príncipes aqueos.[59]

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        Dido entró espléndida, magnífica. Recibió a algunos troyanos en embajada, que le pidieron asilo, y que permitiese que reparasen sus naves, que venían con su señor, Eneas. Ella tenía alguna noticia, claro, de las gestas de Eneas, y lo recibiría muy bien, dijo, y aseguró a sus hombres. En eso la nube que ocultaba al héroe se disuelve y aparece iluminado por su madre, doña Venus, maravilloso. Dido lo reconoce. Sabe que es hijo de mucho, y el final de Troya, y su nombre.[60]

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        Dido hace que lleven a los marineros que han quedado en la cala veinte toros, cien gorrinos, cien corderillos con sus madres, y vino, y ordena un banquete para su adelantado.[61]

        Eneas envía por su hijo Ascanio, y encarga que le traiga, para regalárselas a la señora de Cartago, un manto y un velo que fueron de Elena, y la vara de mando de la infanta Ilíone, la hija mayor de Príamo, y su collar, y su diadema.[62]

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        Venus, fullera, amaña los naipes. La diosa teme que, si va el pequeño Yulo Ascanio a palacio, las intrigas tirias o la saña de Juno lo arruinen. Para salvarlo, y seducir a Dido, lo roba, se lo lleva a su casa de Citera, y envía en su lugar a Cupido desalado, dadivoso. El gamberro incendiará a Elisa, la perderá, yendo y viniendo entre ella y el capitán troyano.[63]


*****
        Dido convidó a Eneas y le rogó, en la sobremesa, y ya había anochecido, que le contase otra vez la ilíada, con el final de Toya, y su fuga, y sus largas navegaciones (ya han pasado siete años).[64]

        Eneas contó su historia, la que lo había traído hasta el África, y calló, melancólico. La hermosura del héroe (su planta, su rostro), su voz, su vida, cautivaron a Dido. Ya no podía en ella Pudor, ni el recuerdo de su primer matrimonio desastrado. Su hermana Ana le dice, finge patrañas que desayuden la partida de tus huéspedes, los pélagos encolerizados, Orión tempestuoso, rotas las naves, el cielo intratable.[65] Y rezan ambas a los dioses, a Ceres, a Febo, a Baco, sobre todo a Juno.[66] Y enseguida Dido, otra vez, al atardecer, después de otro banquete, quiere oír la epopeya.[67] Mírala ahora, perdidita de amor por el náufrago troyano, el forastero. Los edificios de Cartago se quedan a medio hacer. Sus soldados no frecuentan la palestra.[68]

*****
Juno quiso casarlos, unir a tirios y troyanos, que eso favorecería a Cartago, y concierta con Venus, con un pacto, el himeneo. Yo me ocupo, dice Juno. Mañana salen en montería. Levantaré una tormenta que apartará a Eneas y Dido. Se refugiarán en una gruta que será de amor… Vale, dice Venus. [69]

        Todo va así. En la cueva Eneas y Dido celebran su boda íntima. Su amor es por ahora furtivo, pero Elisa, sin mirar honras ni famas, quiere ya casarse con el amigo.[70]


*****
        Se publican sus amores, o amoríos. La fama llega a Yarbas, pretendiente principal de Dido, rey de Getulia, devotísimo de Júpiter. Yarbas pide a su Señor que deshaga aquello. Llama a Eneas “nuevo Paris”.[71]
        Oyó Júpiter a su beato, y envió a Mercurio para que lo regañara. Si Venus lo había ahorrado dos veces, en Troya, y cuidaba de él en su Eneida, era porque lo reservaban para una gesta más alta, para comenzar Roma, la herencia que le debía a su hijo, Yulo Ascanio. Abandona esta vida ociosa, afeminada, de delicias. Hale, bota las naves.[72]

*****
        Eneas, perplejo y miedoso, y meapilas, obedecerá. Manda que aparejen las naves que ha reparado Dido en sus astilleros, pero con disimulo, que la reina no recele.[73]

        Pero Dido lo averigua enseguida, y se querella. ¿Interrumpirá así su comenzado matrimonio? ¿Huía de ella? La odian, porque ama a Eneas, los Libios, los reyes nómadas que pedían su mano, los tirios, sus vecinos. Ahora, si se va él, se llegará su hermano Pigmalión a arrasar la ciudad, o vendrá Yarbas y la arrastrará hasta Getulia, como cautiva. Dame antes, le dice, por lo menos, en prenda, un hijo, un “Eneas párvulo”.[74]

        Pero Eneas es manso con los dioses, y con la patria, y se somete a su ordenado destino. Se acordará, dice, siempre, de Dido Elisa. Pero él no le ha dado nunca palabra de marido, no están casados. Él no puede seguir, como los hombres ordinarios, su gusto. Y ahora debe ir a Italia, ocupar, con los suyos, “el ausonio solar”, es mandamiento divino que repiten el espíritu de su padre, en sueños, y los ojos de su hijo, en su vigilia.[75]


        Dido lo aoja. Te recogí, náufrago. Reparé tus naves en mis astilleros. He mimado a los peones de tu mesnada. Perdí, por ti, mi nombre. Y ahora te largas, me dejas. Pues te asombrará, mi fantasma, en todas partes. Y conoceré tu peor suerte en mi inmediata residencia, en el Infierno.[76]

        “El pío Eneas” afana, de todos modos, a sus hombres para que armen los barcos, con toda la prisa que puedan.[77] Dido observa los trabajos en el puerto con tristeza, le envía a su hermana Ana, que le solicite una tregua, que espere aires favorables, una estación más propicia. Él llora, pero se niega.[78]

*****
        Dido quiso terminarse. Amontonó en el patio, sobre una pira de leña de pino y roble, las armas de Eneas, sus prendas, el tálamo donde la perdió, adornó la habitación con guirnaldas, derramó flores funerales. Oficiaba una bruja de Masilia, desmelenada, citó a las Tinieblas, al Caos, a la triple Hécate, a Diana triple. Dido se desabrochó la túnica, se descalzó un pie, cumplió los ritos.[79]

        Y todavía aprieta Mercurio a Eneas, dormido en la popa de la nave capitana. Y Eneas corta amarras, se echa a la mar, se va, se va.[80] Dido contempla los muelles desiertos, el mar lleno de trapos, oye el crujido de los lienzos y las entenas y el ritmo de los remos. Llora su ventura. Echa pestes contra Eneas, en particular, y contra todos los troyanos, y se da muerte sobre la pira con la espada del amigo. Su final llegaba muy despacio. Tuvo que enviar Juno a Iris, que cortase sus rizos de oro y los consagrase al Orco Estigio, a Dite. Así desató su alma.[81]


        Eneas vio la hoguera, intuyó el final desgraciado de Elisa. El luto le duró siete versos.[82]

*****
        Entra Eneas, guiado por la Sibila, en el Infierno. En los Campos de las Lágrimas, en un arrayanal, pasean sus melancolías las muertas de amor. Una, Elisa Dido. Eneas la ve, la saluda, intenta disculparse, si dejé tus playas fue por imperio de los dioses. Mírame. No te vayas aún, ésta es la última vez que puedo conversar contigo. Ella calla, no responde, tiene los ojos en el suelo, vuelve el rostro, se mete en el bosque de mirtos donde Siqueo, su primer esposo, la quiere. Eneas solloza.[83]


        La pintura de Troya

        Alfonso X el Sabio conoció una versión curiosa que explica de otro modo las razones que llevaron a Eneas a marcharse de Cartago, a abandonar a Dido.

        Eneas estaba muy a su sabor con Dido, mujer sesuda y hermosa, y disfrutaba además del señorío de Cartago. ¿Por qué cambió aquello por un sueño que le pillaba muy a trasmano?
        Cuando pobló la ciudad, Dido había mandado levantar un templo en cuyas paredes figurasen, coloreados, todos los cuentos del mundo. El último, el más reciente, era el de Troya, y como no cupo lo tuvieron que dibujar en un portal apartado. Dido y Eneas habían pasado muchas tardes entretenidos, distraídos, mirando las historietas del edificio principal, pero nunca habían visitado el patio que retrataba lo de Troya.
        Eneas preguntaba a Dido qué había detrás de aquella tapia, y ella callaba, disimulaba.
        --Es una historia triste, aburrida, está mal contada.
        Tanto la importunó Eneas que fueron.
        Eneas fue para mal. Lo que vio allí en los muros le pesó, le pesó. Dice el Rey Sabio cómo “entendió que los omnes de aquella tierra sabían por aquellas pinturas más de su fazienda que él non quisiera...e puso en su corazón irse de aquella tierra e numqua tornar allí más.”

*****
        Conque fue eso. No lo echaron de Cartago fantasmas, divinos, tierra prometida, asegurada gloria. Lo que apartó a Eneas de Dido fue la vergüenza de las noticias ciertas que ella guardaba de su pasado troyano, su verdadera historia, la Eneida no censurada.



        Lavinia

        “Allí te granjearás alegre prosperidad, y un reino, y una regia esposa.”[84] Se lo anunció (y los muertos conocen secretos que no alcanzamos) el fantasma nuevo de Creúsa, su mujer, en Troya.

        Otro espíritu, el de su padre, Anquises, al otro lado, señala, entre las almas que ya han bebido en el Leteo y aguardan turno para regresar, olvidadas de sus pasados, al mundo, la de una que se encarnará en un tal Silvio, el cual será el pequeño de su “esposa Lavinia”, hijo de la vejez de Eneas. Se criará en las selvas, y será el primero de una estirpe de reyes que reinarán en Alba Longa.[85] De esta forma aprende Eneas el nombre de su futura mujer.

En Cumas tiene noticias más ciertas, y mucho más inquietantes, de la Sibila de Cuma: “Causa de tantos males será otra vez una mujer extraña a los Teucros, y el tálamo, otra vez, de una extranjera.”[86]

        Reinaba el viejo Latino sobre los Laurentos. Un hijo varón que tuvo lo había perdido. Sólo tenía ahora una hija, virgen y en sazón, Lavinia. La buscan muchos, pero su primer pretendiente, su galán principal, y el favorito de la reina Amata, es Turno.[87] Sólo que dos prodigios (un enjambre de abejas colgaba, como racimo, de la copa del laurel sagrado del patio; a la princesa se le prendió el pelo mientras atendía el fuego vestal y casi incendia el palacio) indicaban (explicó el espíritu de Fauno, el padre del rey) que un extranjero los señorearía, y que riñendo por la muchacha se armaría una guerra. Fauno aconsejó a Latino que casase a su hija con el capitán forastero.[88]


Viene de parte de Eneas Ilioneo, su embajador. Sigue las instrucciones de Apolo. Proceden, usted y mi señor, le dice a Latino, de Júpiter. Dárdano, nuestro padre primero, nació en estas tierras.[89]  El rey Latino caviló que aquel Eneas debía de ser el forastero del oráculo, el que tenía que casar con su hija: sus descendientes dominarían el mundo. Y se lo comunicó a Ilioneo. Que venga a verme. Y le adelantó caballos para los troyanos, y un carro con su tiro para el novio.[90]

        Juno se rindió parcialmente. Sería de Eneas el reino de Latino, y se casaría con aquella infanta que los hados le habían asignado. Pero ella pondría chinitas a la boda, la aplazaría. Eneas será segundo Paris, Lavinia, otra Elena, y recibirán, por dote, sangre de los troyanos y de los rútulos, tendrán por madrina a la guerrera Belona, y serán funestas las hachas nupciales de la Nueva Troya.[91]

        Enfurecida (mordida por una Gorgona) la reina Amata fatigaba a su marido, Latino. ¿Casarás a Lavinia con un troyano vagabundo? También llegó un ladrón furtivo a Esparta, aquel príncipe pastor, y robó a Elena… Y a Turno, que es mucho y vale mucho, le diste tu palabra…[92] Luego, de corifea de bacantes, se hizo seguir por las dueñas hasta las selvas montañosas, y allí ocultó a su hija, para retrasar, o impedir, su matrimonio con Eneas.[93]

Juno se queja a Júpiter de los Teucros, que terminan a hierro y fuego a los Latinos, y saquean sus campos de pan, y quitan a la fuerza a su rey la hija pactada para dársela a su capitán.[94]
                


        En medio de la guerra se juntan los prohombres. Drances, enemigo de Turno, aconseja al rey Latino que case aún a Lavinia con Eneas, y aquí paz y después gloria.[95] Pero es tarde: ya se llegan hasta ellos los troyanos, y Latino se arrepiente de no haber entregado a su hija al dárdano.[96]

        Han sitiado la ciudad. Con séquito de matronas sube a la cumbre del alcázar, hasta el templo de Palas Atenea, la reina Amata. “Con ella viene la virgen Lavinia, / causa de tantos males, sus pudorosos ojos en el suelo.”[97]

        Turno se enfrentará a Eneas en combate singular. Si gana “el Dardanio”, el “desertor de Asia”, que se lleve “a Lavinia por esposa”.[98] El rey Latino intenta detenerlo. Tienes el reino de tu padre Dauno, y muchas ciudades que has ganado. Y no te faltará mi amor, ni mi protección. Ni otra doncella hija de mucho, del Lacio. Yo, porque lo ordenan los dioses, se la di a Eneas, y luego se la quité, atendiendo los ruegos de mi esposa Amata, y permití que corriera la sangre. Y ahora, si mueres, tus Rútulos, y toda Italia, perderán bastante, me lo reprocharán.[99] Tampoco la reina Amata quería que Turno saliese a pelear. Correría ella, lo prometo, tu misma suerte. Si eres derrotado, no quiero sobrevivirte, cautiva de Eneas, y su suegra además.[100] La virgen Lavinia, oyendo las protestas de su madre, lloraba, y se ruboriza.[101]

        Pero Turno está decidido. Retará aún a Eneas. El duelo resolverá quien toma a Lavinia por esposa.  A Turno “lo turba Amor, y clava su mirada en el rostro de la virgen, / y arde aún más por coger las armas…”[102]


        Antes de darse al baile de las espadas, en la palestra, Eneas jura que, si venciese, Troyanos e Ítalos establecerán firme alianza, y que será su general y emperador Latino. Que fundará una ciudad, y que la bautizará con el nombre de su esposa Lavinia.[103]

        Juno no quiso el combate singular, le parecía demasiado desigual. Continuó la guerra, y los troyanos escalaban ya los muros. La reina Amata, imaginando que ya ha muerto Turno, su campeón, como había prometido, se ahorca de “una alta viga”. Al enterarse de esto su hija Lavinia se arranca los cabellos, se araña las mejillas, forma corro de lloronas.[104]

        Finalmente Eneas ha derrotado a Turno. Éste le pide que lo devuelva a Dauno, su padre, vivo o muerto. “Venciste y, vencido, me han visto los Ausonios tender mis manos; tuya es Lavinia, tu esposa; de aquí en adelante, no más odios.”[105] Eneas sintió compasión un momento, pero enseguida se acordó del príncipe Palas, el hijo de Evandro, y degolló a Turno.


        Notas

        Virgilio sólo dice el amor seguro de Turno. Eneas intenta casarse con Lavinia porque está escrito, y lo ordena su baraja, y conviene a su gloria. Latino, el padre de Lavinia, prefiere al troyano, obedeciendo, también él, a palabras y a hechos misteriosos. La reina Amata favorece, en cambio, a Turno, tanto que esconde a su hija de Eneas y, cuando piensa que va a ser suya, se suicida. Ella y Juno insisten en que el matrimonio con Turno estaba ya tratado. ¿Y Lavinia? No dice nada. Guarda decoro, virginal, mira el suelo, se sonroja. Y lamenta mucho, mucho, la muerte de su madre.


[1] Homero, Ilíada, XX, 293 ss.
[2] “insignem pietate uirum”. Virgilio, Eneida, I, 8 – 11.
[3] “Hic pietatis honos?” Virgilio, Eneida, I, 253.
[4] Virgilio, Eneida, I, 378.
[5] Virgilio, Eneida, I, 378 – 380.
[6] “Hinc Drepani me portus et inelaetabilis ora / accipit.” Virgilio, Eneida, III, 707 – 708.
[7] Virgilio, Eneida, III, 714 – 715.
[8] Segura Munguía.
[9] Virgilio, Eneida, III, 11 – 12.
[10] Virgilio, Eneida, I, 267 – 271.
[11] Virgilio, Eneida, II, 680 – 691.
[12] “Mihi paruus Iulus / sit comes…” Virgilio, Eneida, II, 710 – 711.
[13] “dextrae se paruus Iulus / implicuit sequiturque patrem non passibus aequis…” Virgilio, Eneida, II, 723 – 724.
[14] Virgilio, Eneida, IV, 232 – 234 y 272 – 276.
[15] Virgilio, Eneida, VIII, 46 – 48.
[16] Virgilio, Eneida, VIII, 626 ss.
[17] Virgilio, Eneida, XII, 430 – 440.
[18] Virgilio, Eneida, III, 148 – 185.
[19] “hae nobis propriae sedes; hinc Dardanus ortus, / Iasiusque pater, genus a quo principe nostrum.” Virgilio, Eneida, III, 167 – 168.
[20] Virgilio, Eneida, VIII, 26 – 80.
[21] Teócrito, Himno a Afrodita, 45 – 200.
[22] Virgilio, Eneida, II, 270.
[23] “Venit summa dies et ineluctabile tempus / Dardaniae: fuimus Troes, fuit Ilium et ingens / gloria Teucrorum…” Virgilio, Eneida, II, 324 – 326.
[24] “…subiit deserta Creusa, / et direpta domus et parui casus Iuli.” Virgilio, Eneida, II, 562 – 563.
[25] Virgilio, Eneida, II, 595 – 598.
[26] Virgilio, Eneida, II, 651 – 653.
[27] Virgilio, Eneida, II, 664 – 667.
[28] “et longe seruet uestigia coniunx”. Virgilio, Eneida, II, 707 – 711.
[29] Virgilio, Eneida, II, 735 – 744.
[30] Virgilio, Eneida, II, 745 – 794.
[31] Virgilio, Eneida, II, 796 ss.
[32] Virgilio, Eneida, III, 9.
[33] Virgilio, Geórgicas, IV, 317 – 558; Séneca, Hércules loco, 569 – 589; Séneca, Hércules en el Eta, 1032 – 1099; Ovidio, Metamorfosis, X, 1 ss.; Apolodoro, Biblioteca, I, 3, 2; Pausanias, Descripción de Grecia, IX, 30, 6.


[34] Pausanias, Descripción de Grecia, X, 26, 1.
[35] Higino (Fábulas, XC) da la lista de los cincuenta y cinco hijos del rey de Troya, y cita la última a Creúsa. Apolodoro (Biblioteca, III, 12, 5) dice que Príamo tuvo de Hécuba primero a Héctor, luego a Paris, y luego a Creúsa.
[36] Licofrón, Alejandra, 1226 ss.
[37] Pausanias, Descripción de Grecia, X, 26, 1.
[38] Virgilio, Eneida, II, 268 – 297.
[39] Virgilio, Eneida, II, 602 – 623.
[40] Virgilio, Eneida, II, 681 – 698.
[41] Virgilio, Eneida, II, 771 – 789.
[42] Virgilio, Eneida, III, 13 – 61.
[43] Virgilio, Eneida, III, 73 – 99.
[44] Virgilio, Eneida, III, 100 – 146.
[45] Virgilio, Eneida, III, 147 – 175.
[46] Virgilio, Eneida, III, 180 – 188.
[47] Virgilio, Eneida, III, 245 – 257.
[48] Virgilio, Eneida, III, 374 – 462.
[49] Virgilio, Eneida, III, 521 – 543.
[50] Virgilio, Eneida, III, 543 – 547.
[51] Virgilio, Eneida, I, 1 – 11.
[52] Virgilio, Eneida, I, 11 – 33.
[53] Virgilio, Eneida, I, 223 – 296.
[54] Virgilio, Eneida, I, 297 – 304.
[55] Virgilio, Eneida, I, 331.
[56] Virgilio, Eneida, I, 335 – 368.
[57] Virgilio, Eneida, I, 378.
[58] Virgilio, Eneida, I, 370 – 417.
[59] Virgilio, Eneida, I, 450 – 493.
[60] Virgilio, Eneida, I, 494 – 624.
[61] Virgilio, Eneida, I, 631 – 642.
[62] Virgilio, Eneida, I, 643 – 656.
[63] Virgilio, Eneida, I, 657 – 722.
[64] Virgilio, Eneida, I, 748 ss.
[65] Virgilio, Eneida, IV, 50 – 53. Traducción de Aurelio Espinosa Pólit.
[66] Virgilio, Eneida, IV, 1 – 64.
[67] Virgilio, Eneida, IV, 75 – 79.
[68] Virgilio, Eneida, IV, 80 – 89.
[69] Virgilio, Eneida, IV, 90 – 128.
[70] Virgilio, Eneida, IV, 129 – 172.
[71] Virgilio, Eneida, IV, 173 – 218.
[72] Virgilio, Eneida, IV, 219 – 278.
[73] Virgilio, Eneida, IV, 279 – 295.
[74] Virgilio, Eneida, IV, 296 – 330.
[75] Virgilio, Eneida, IV, 331 – 361.
[76] Virgilio, Eneida, IV, 362 – 387.
[77] Virgilio, Eneida, IV, 388 – 407.
[78] Virgilio, Eneida, IV, 408 – 449.
[79] Virgilio, Eneida, IV, 450 – 553.
[80] Virgilio, Eneida, IV, 554 – 583.
[81] Virgilio, Eneida, IV, 584 ss.
[82] Virgilio, Eneida, V, 1 – 7.
[83] Virgilio, Eneida, VI, 440 – 476.
[84] Virgilio, Eneida, II, 783 – 784: “illic res laetae regnumque et regia coniunx / parta tibi.”
[85] Virgilio, Eneida, II, 760 – 766.
[86] Virgilio, Eneida, Vim 92 – 93.
[87] Virgilio, Eneida, VII, 45 – 57.
[88] Virgilio, Eneida, VII, 58 – 106.
[89] Virgilio, Eneida, VII, 212 – 248.
[90] Virgilio, Eneida, VII, 249 – 285.
[91] Virgilio, Eneida, VII, 286 – 322.
[92] Virgilio, Eneida, VII, 341 – 372.
[93] Virgilio, Eneida, VII, 385 – 405.
[94] Virgilio, Eneida, X, 77 – 79.
[95] Virgilio, Eneida, XI, 352 – 359; 371 – 373.
[96] Virgilio, Eneida, XI, 468 – 472.
[97] Virgilio, Eneida, XI, 479 – 480.
[98] Virgilio, Eneida, XII, 14 – 17.
[99] Virgilio, Eneida, XII, 18 – 45.
[100] Virgilio, Eneida, XII, 54 – 63.
[101] Virgilio, Eneida, XII, 64 – 69.
[102] “Illum turbat amor figitque in uirgine uultus: /ardet in arma magis…” Virgilio, Eneida, XII, 70 – 71.
[103] Virgilio, Eneida, XII, 187 – 194.
[104] Virgilio, Eneida, XII, 593 – 607.
[105] Virgilio, Eneida, XII, 936 – 938.

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