Penélope tenía
su sillita
de reina.
Homero emplea
cuatro hexámetros
para contarla.
La fabricó
érase
una vez
con mucha curiosidad
maese Icmadio,
mecánico real.
Llevaba
guarniciones de plata y marfil,
un vellocino
(pero no aquél,
el de oro,
que buscaban los Argonautas en
otra novela)
cubría el
asiento
y había fijado,
en su base,
el escabel,
para que
descansara en él sus piececitos
perfectos
su dueña.[1]
Artemisa tiene
en el Cielo
trono de oro
muy aparatoso,
con gradas y
dosel,
que la apellida
y que,
me parece a mí,
tolera poco la brava,
la montesina
(culo
de mal asiento).[2]
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