miércoles, 25 de diciembre de 2013

VI. Levantóse un viento que de la mar venía y alzóme la falda de la camisa




        En el principio

        Eurínome

        Es cuento que se contaban los pelasgos,
        que Eurínome,
        Nuestra Señora,
        salió
        desnuda
        del Caos,
        y no había ninguna otra criatura en el mundo,
        pero bostezaba,
priápico,
en una esquina de la nada,
el viento
zarzagán,
y la Virgen se arrimó a él (y
tiritaría),
lo cogió entre sus manos,
        y quedó
        con eso
        encinta,
        y nació
        a su hora
Ofión.[1]


Génesis, I, 1 - 2

        En el principio
El
(Él)
acarició
con su aliento
las aguas
estancadas
de la nada
original,
volviéndolas
fecundísimas,
para poder comenzar,
con su Palabra,
esto,
esto.


Lucas, I, 35

Fue palabra
de ángel,
que cubriría el Espíritu Santo con su cariñosa
sombra
a María,
y concebiría,
allí,
a Manuel.

Lactancio comparó
osadamente
al Espíritu Santo
con el Viento
Boreal,
y a la Virgen María
con las muchachas que robaba.[2]



Nota

Estas historias de vientos
hombrones, ladrones
de doncellas,
que diré
luego,
recuerdan,
o repiten,
estas primeras, estupendas lunas
de miel.


        Apellidos

        Parió Eos
        de Astreo (vale decir
la Aurora
de la Tarde)
hijos
flatosos,
los tres que importan en Grecia,
el Céfiro
poniente,
Boreas septentrional
y el sureño Noto.
Suman los aires
buenos,
junto con Argesteo (pero de éste no dice Hesíodo
su principio
ni sus habitaciones).
A los otros,
húmedos
y salvajes,
los engendró Tifón para que fatigasen a los que marean
los océanos.[3]




        Los cuatro cardinales

        Como viese que eran
reñidores
el “Hacedor del mundo” separó a los cuatro hermanos,
sujetándolos a los cuatro
quicios
del cielo.
El Euro tiene asiento en los montes de la mañana,
junto a la Aurora,
entre los nabateos,
en Persia.
El Céfiro es
oriundo de la tarde; el Bóreas
enseña sus habitaciones en Escitia y los Siete Triones;
el mediodía
en el Austro.
Por encima de ellos corre el éter: no pesa,
ni lo mancillan las heces 
de la tierra.[4]

        Pero Homero supo los cuartos
cavernosos
        del Céfiro y del Bóreas
        en Tracia.[5]




        Oficios fúnebres

De entre los favorables fueron,
dos de ellos,
muy enamoradizos
y burros.
Impedidos para el cortejo tomaban, con prisa
y a la fuerza,
a las damas que gobernaban momentáneamente sus corazones
y sus partes genitales. 

        Sin embargo, no todos sus cuentos son de cachondos
amoríos.
Tuvieron parte, piadosos, en la misa
        funeral
        de Patroclo.
        No ardía la pira del amigo, y Aquiles rezó
        a Bóreas y a Céfiro,
        y vinieron,
        y alimentaron con su aliento la leña,
        y Patroclo se hizo
        humo
        y cenizas,
sombra.[6]




        Boreal

        Naturaleza

        El Bóreas griego, el pedante
Aquilón, el Septentrión que unce
a su nombre
los siete bueyes de la Osa Mayor,
el Matacabras castizo,
baja
borrascoso,
frío
y seco,
violento
y sonoro,
desde los montes de la Tracia,
de donde es oriundo.
Todo lo ennegrece, todo
lo escarcha
con sus heladoras manos.

        Lo retratan
        ceñudo
        y viejo,
        desarregladas la cabellera y las barbas,
        una concha en la mano,
        manto
        volador,
        serpientes
        por patas.


        Psique

        Es novela, fabliella, cuento
        de vieja
        que oyó Lucio Apuleyo, vuelto
        en asno.

        Fue mandamiento
        escondido
        del Apolo milesio,
        que dejase su padre
        a Psique (Venus la odiaba,
        celosa)
        enlutada
        en la cumbre de una montaña,
        y maridaría allí con ella uno,
        terrible.
        Encendieron, junto a la muchacha, las hachas
        de sus bodas,
        y, para decir su duelo,
        las rodearon de ceniza
        y hollín.
       
        Pues se llegó hasta aquellos altos el cierzo
        manso
        y se la llevó en brazos
        y la dejó
suavemente,
        dormida,
en un prado placentero.

Y fue, con eso, el alcahuete
de Cupido.[7]


Tocado
por esta tercería
cogió el vicio el viento del norte
de raptar doncellas más o menos desprevenidas.


        Bodas con Oritía

Bóreas raptó a Oritía, la hija del rey de Atenas,
mientras se divertía (¡bailaba!) en la ribera del Iliso,
o cuando subía en procesión por la ladera de la Acrópolis,
para las Tesmoforias
otoñales.
De allí la transportó hasta la ciudad de los Cícones,
como no fuera hasta la Peña de Sarpedón,
y la cubrió
en nublado. Luego
le puso un pisito en las cavernas del monte Hemos
desde el cual se oye el rumor del torrente Ergino,
y allí
la visitaba
cuando le apetecía.

        Tienen por ello los atenienses
        por hija a Oritía, y por yerno
a Bóreas,
su marido
forzoso,
y se encomendaban a ellos
y, porque los socorrieron contra los persas de Jerjes,
les levantaron capilla
vecina
del lugar del robo de la infanta. 

        Platón, que juzgaba los mitos
aborrecibles,
explicó lo de Oritía como suceso
accidental.


        Oritía concibió de Bóreas dos hijos
varones,
gemelos,
Zetes bufador
y Calais (éste soplaba con dulzura),
tuvieron las cabelleras negras,
no, azulísimas,
y alas que les empezaban en las sienes y en los tobillos,
o bien en las espaldas,
acompañaron a los Argonautas
y encontraron la muerte persiguiendo a las Harpías,
o a manos de Heracles, en Tenos.
Su padre roza con su aliento su sepultura doble,
meneándola.
Tuvo también dos hijas, Cleopatra, pero no
ésa,
que casó con Fineo,
y Quíone, que vivió en difícil concubinato con Poseidón…[8]




        Pitis
       
        Es suerte muy corriente
de las ninfas.
A Pitis la rondaban Pan
y Bóreas. Ella
quiso meter en sus deliciosos cuartos
al perezoso,
rústico
chivo,
de polla fenomenal,
y Bóreas,
despechado,
la desbarrancó.
Alguien,
con talentos
suficientes,
cambió a la muchacha
en pino,
y mira,
el cabrón que engendraron todos sus pretendientes,
montándola
por turnos,
en Penélope,
se hace guirnaldas con las ramas del árbol,
que se acuerda de su amiga,
y, cuando la tramontana menea las hojas que valían
su cabellera,
Pitis
se querella.[9]


       
        Latona

        Conoció carnalmente,
sentimental,
Júpiter
a Latona.
Juno lo supo y aojó a la última amiga de su marido,
que el sol no alumbraría su parto
doble.
Lo supo Pitón, que tenía noticia
segura
de que un hijo de Latona lo acabaría,
y la corrió,
cansándola
mucho,
hasta que Aquilón, obedeciendo al general
de los dioses,
la tomó
y,
con un respeto
nuevo,
se la entregó a Neptuno.
El señor de los mares la dejó en Ortigia, y ocultó luego la isla
bajo sus olas.
Así, en las tinieblas submarinas,
Latona dio al mundo
y al cielo
a Diana
y a Apolo.
Su hijo (estaba
escrito)
dio muerte a Pitón
en el Parnaso
y lo sucedió en su despacho.[10]




        Poniente

        Naturaleza

        Céfiro, que dicen los romanos
Favonio,
empieza viaje en las islas
felices
de los muertos,
donde se termina el mundo,
al oeste,
y, cuando dobla el Peloponeso con la tarde,
viene ya muy reblandecido
y sosegado.
Durante la siesta te tapa con su capa de fino algodón, te mece
con su voz lanosa.
        Es aire gentil
        y fecundísimo.
       
        Y muy favorable. Encerró Eolo,
su señor,
todos los vientos en un odre,
        menos el Céfiro,
        para que éste acompañase suavemente la última
        nave
        de Ulises
        hacia Ítaca.[11]

        Y musical, que Céfiro acompaña,
        o dirige,
        las canciones más o menos tristes
        de los cisnes.[12]



        Afrodisíaco

Ha capado su hijo
al Cielo
y el zumo
de sus cojones
abiertos
hace espuma frente a Citera. De aquella
baba
nació
Afrodita. La vio Céfiro
y se enterneció, y
aupándola
la paseó rozando las olas hasta Pafos,
en Chipre,
y la dejó en la playa,
sobre una vieira, haciendo figura
famosa. Ha procurado, por respeto,
y miedoso,
no tocarla,
pero nadie se arrima gratuitamente a la diosa,
y de aquel favor se aficionará a los amores
volanderos.[13]



        Flora

        Ovidio Nasón llamó a Flora, pues tocaban
        sus juegos,
        que la despabilan,
        y cabalgan los meses de abril y mayo,
        y dime
        quién eres,
        fui Cloris, ninfa
        griega,
        me violó, la primera
        vez,
        y con licencia de su hermano Bóreas,
        Céfiro,
        aire propicio para las verduras, patrón
de las huertas
y de los jardines
y de los campos cereales.
Luego casó conmigo, remediando
algo
mi honra,
y me dio
en arras
el señorío de las flores que dicen mi nombre
nuevo.
Perezosa
y aburrida
descuidé mi reino,
y Roma (vale
el mundo)
se mustiaba.
Me riñó mi marido, que no usaba
mis talentos
y echaba a perder mi dote,
y para alegrarme instituyeron las Floralia,
fiestas para la comedia,
de muchos colores,


muy iluminadas
y viciosas,
con junta de rameras
y cabras
y liebres
por iconos,
que son bestias domésticas
y muy folladoras.[14]



        La harpía

        Fineo era rey
mago
en Tracia,
y conoció los pensamientos de los dioses.
Éstos castigaron su atrevimiento cegándolo,
alargándole la vejez y agrandándole
el hambre.
Fineo tenía iglesia en Tinia,
y sus devotos parroquianos lo dejaban,
después de los milagros diarios,
con la mesa puesta y muy bien servida. Inmediatamente bajaban las harpías, las perras
de Zeus,
devoraban el banquete
y ensuciaban
los manteles
con sus heces. Así habría sido hasta que se acabasen los días
si los argonautas no hubiesen espantado a las pájaras. 
Lo que hace
a mi caso
es que Céfiro se pirró por Podarga,
una de las harpías,
viéndola ciscarse encima del comedor de Fineo,
y engendró en ella caballos
divinos
y voladores,
estos Janto y Balio que tiraron del carro de Aquiles,
y aquellos Flógeo y Hárpago que arreaban los Dioscuros,
o Diomedes.[15]   
        Tigres

        Opiano de Apamea, o de Pela, en sus Cinegéticas, hace al tigre
        hijo monstruoso
        y velocísimo
        del viento Céfiro.[16]



        Iris

        Quisieron los poetas
        líricos
        que Iris fuese esposa de Céfiro,
        y concibiese de él a Potos,
        que vale el amor
        vinoso.

        Es que Apolo mudó a Jacinto, para que esquivase la baba
        del viento del oeste,
        en la flor que los griegos llaman
iris,
y valdría,
quizás,
nuestro lirio cárdeno.[17]



        Jacinto

Jacinto fue príncipe lacedemonio de culo
respingón
y la cara bonita,
el pequeño del rey Amiclas,
y enamoró al tracio Támiris, el primer
bujarrón
hijo de hombre
que hubo en el mundo,
y al viento Céfiro,
y a Apolo.
El muchacho prefirió al dios, y Céfiro,
celoso,
sopló, desvió el disco que había lanzado,
y lo mató.
Apolo lo volvió
en flor
que lleva escrito su duelo
divino
y gitano,
ayay.[18]



        El primer ciprés

        Cipariso fue efebo
lindísimo
y mariquita,
y tuvo,
enamorados,
a Apolo,
al viento del oeste
y a Silvano.
Jugaba con un ciervo sagrado,
maravilloso,
manso,
y lo mató
por accidente,
y quiso guardarle luto siempre,
siempre,
y los dioses lo mudaron
en ciprés.

No.
Bóreas, rey
de los celtas,
perdió a su hija
Ceperisa,
y la enterró,
y plantó sobre su sepultura un árbol
que la llora
y tomó de ella su nombre.[19]




        Aires y cuadras
       
        ¿Sabías que hay vientos
        caballeros?

        Erictonio, rey de Troya nacido
del esperma
derramado
en el suelo
por el cojo Hefesto,
tuvo regalada famosa en sus corrales,
tres mil yeguas
fecundas.
Oliéndolas el Viento del Norte se mudó en semental
moruno,
y cubrió doce que tuvieron,
de aquellas montas,
doce potros
delicadísimos,
que paseaban los campos
de pan
sin romper el cereal,
y corrían las playas sin deshacer
la espuma
de las olas.[20]

        En Lusitania,
        en las afueras de la ciudad de Olisipo,
        a orillas del Tajo,
        vuelven sus yeguas enceladas los rostros (serán,
digo yo,
las grupas)
hacia el viento
        poniente


        y quedan preñadas
        y crían potros ligerísimos
        pero frágiles,
        que mueren antes de mudar los dientes.[21]

        Sí, ninguna otra bestia gasta
        el celo
        furioso
        de la yegua. Fue
        dote de Venus.
        Y hay
        milagro: vuelven las bocas
        hacia el Céfiro,
        beben
        el aire
        y quedan preñadas
        sin ayuntamiento.[22]



        Noto

        El Noto Austral, el viento
del sur,
tiene sus casas en Etiopía,
es cálido
y húmedo,
y trae las tormentas
últimas
del verano,
y las primeras otoñales.
Hesíodo enseña a los marineros a esquivar sus tempestades,
que vienen
con el vino
nuevo.
El Noto no tiene
cuentos
(pero fue ministro
de Zeus,
cuando el diluvio),
ni,
parece,
mayores
apetitos.[23]




        Éste es el cuento de María Sarmiento,
     Que se fue a cagar y se la llevó el viento.

        En eso María era
un reloj.
Hay personas de cuerpo
glorioso,
que desocupan cuando les viene a la memoria,
muy de tarde en tarde. María
nunca
iba
estreñida.
Muy cumplidor
y puntual,
nada más desayunarse
le apretaba
el vientre.

        El Viento,
atajador
y mirón,
y muy goloso,
la encontró acuclillada entre las cañas,
vaciando,
las enaguas y la falda arremangadas, las bragas de algodón
esparcidas
por los tobillos.
María Sarmiento era larga, flaca y nerviosa, como su apellido,
pero gastaba la melena rizada y muy negra,
y el culo blanquísimo,
y,
ahora mismo,
la cara colorada
y contenta,
el alma
aliviada.


Con estas gracias,
y por la rima perfecta,
consonante,
de sus nombres,
se hubo de encelar el aire,
y robó
a la niña.

        ¡Fue, casi, María
Asunción! 


[1] Robert Graves, Los mitos griegos, 1, a, 2.

[2] Robert Graves, Los mitos griegos, 48, 2.
[3] Hesíodo, Teogonía, 378 ss.; 869 ss.
[4] Ovidio, Metamorfosis, I, 57 – 68.
[5] Homero, Ilíada, IX, 4 – 8.
[6] Homero, Ilíada, XXIII, 192 ss.
[7] Lucio Apuleyo, El asno de oro.
[8] Apolodoro, Biblioteca, III, 15, 1 – 4; Higino, Fábulas, XIV, 18; Apolonio de Rodas, Las Argonáuticas, I, 212 ss.; Ovidio, Metamorfosis, VI, 675 ss.; Heródoto, Los nueve libros de la historia, VII, 189; Platón, Fedro, 229 b.
[9] Nonno, Dionisíacas, II, 108, 118; XLII, 259; Luciano, Diálogos de los dioses, XXII, 4; Geopónica, XI, 10.
[10] Higino, Fábulas, CXL.
[11] Homero, Odisea, X, 1 – 26.
[12] Filóstrato el Viejo, Imágenes, I, 9; I, 11.
[13] Himno homérico IV. A Afrodita, 2 ss.
[14] Ovidio, Fastos, V, 182 – 380.
[15] Eustacio, Comentario a la Ilíada y la Odisea de Homero, 1050, 60; Servio, Comentario a Virgilio, Eneida, III, 241; Estesícoro, Fragmentos, 1; Homero, Ilíada, XVI, 148 – 154; Apolonio de Rodas, Las Argonáuticas, II, 175 ss.
[16] Opiano, Cinegéticas, I, 320; III, 350 ss.
[17] Nonno, Dionisíaca, III, 153 ss.; XXXI, 103 ss.; XLVII, 340 ss.; Alceo, Fragmento 327. En Plutarco, Diálogo sobre el amor.
[18] Ovidio, Metamorfosis, X, 160 ss.; Fastos, V, 223 ss.; Luciano, Diálogos de los dioses, XVI; Filóstrato el Viejo, Imágenes, I, 24; Pausanias, Descripción de Grecia, III, 1, 3; III, 19, 3 – 5; Apolodoro, Biblioteca, I, 3, 3 – 4.
[19] Servio, Comentarios a…Virgilio, Geórgicas, I, 20; Eneida, III, 680; Eneida, III, 63 – 64; Marco Valerio Probo, Comentarios a Virgilio, Geórgicas, II, 84. Cita a Asclepíades.; Nonno, Dionisíacas, XI, 364 ss.; Ovidio, Metamorfosis, X, 106 – 142.
[20] Homero, Ilíada, XX, 219 – 229.
[21] Plinio el Viejo, Historia Natural, VIII, 67.
[22] Virgilio, Geórgicas, III, 266 – 279.
[23] Hesíodo, Trabajos y días, 663 ss.; Ovidio, Metamorfosis, I, 260 – 273.

No hay comentarios:

Publicar un comentario