En el principio
Eurínome
Es
cuento que se contaban los pelasgos,
que
Eurínome,
Nuestra
Señora,
salió
desnuda
del
Caos,
y no
había ninguna otra criatura en el mundo,
pero
bostezaba,
priápico,
en una esquina de
la nada,
el viento
zarzagán,
y la Virgen se
arrimó a él (y
tiritaría),
lo cogió entre sus
manos,
y quedó
con eso
encinta,
y nació
a su
hora
Ofión.[1]
Génesis, I, 1 - 2
En el
principio
El
(Él)
acarició
con su aliento
las aguas
estancadas
de la nada
original,
volviéndolas
fecundísimas,
para poder
comenzar,
con su Palabra,
esto,
esto.
Lucas, I, 35
Fue palabra
de ángel,
que cubriría el
Espíritu Santo con su cariñosa
sombra
a María,
y concebiría,
allí,
a Manuel.
Lactancio comparó
osadamente
al Espíritu Santo
con el Viento
Boreal,
y a la Virgen María
con las muchachas
que robaba.[2]
Nota
Estas historias de vientos
hombrones, ladrones
de doncellas,
que diré
luego,
recuerdan,
o repiten,
estas primeras,
estupendas lunas
de miel.
Apellidos
Parió
Eos
de
Astreo (vale decir
la Aurora
de la Tarde)
hijos
flatosos,
los tres que
importan en Grecia,
el Céfiro
poniente,
Boreas septentrional
y el sureño Noto.
Suman los aires
buenos,
junto con Argesteo
(pero de éste no dice Hesíodo
su principio
ni sus
habitaciones).
A los otros,
húmedos
y salvajes,
los engendró Tifón
para que fatigasen a los que marean
los océanos.[3]
Los cuatro
cardinales
Como
viese que eran
reñidores
el “Hacedor del
mundo” separó a los cuatro hermanos,
sujetándolos a los
cuatro
quicios
del cielo.
El Euro tiene
asiento en los montes de la mañana,
junto a la Aurora,
entre los nabateos,
en Persia.
El Céfiro es
oriundo de la
tarde; el Bóreas
enseña sus
habitaciones en Escitia y los Siete Triones;
el mediodía
en el Austro.
Por encima de ellos
corre el éter: no pesa,
ni lo mancillan las
heces
de la tierra.[4]
Pero
Homero supo los cuartos
cavernosos
del Céfiro y del Bóreas
en Tracia.[5]
Oficios
fúnebres
De entre los
favorables fueron,
dos de ellos,
muy enamoradizos
y burros.
Impedidos para el
cortejo tomaban, con prisa
y a la fuerza,
a las damas que
gobernaban momentáneamente sus corazones
y sus partes
genitales.
Sin embargo, no todos sus cuentos son de
cachondos
amoríos.
Tuvieron parte, piadosos, en la misa
funeral
de Patroclo.
No ardía la pira del amigo, y Aquiles rezó
a Bóreas y a Céfiro,
y vinieron,
y alimentaron con su aliento la leña,
y Patroclo se hizo
humo
y cenizas,
sombra.[6]
Boreal
Naturaleza
El
Bóreas griego, el pedante
Aquilón, el
Septentrión que unce
a su nombre
los siete bueyes de
la Osa Mayor,
el Matacabras
castizo,
baja
borrascoso,
frío
y seco,
violento
y sonoro,
desde los montes de
la Tracia,
de donde es
oriundo.
Todo lo ennegrece,
todo
lo escarcha
con sus heladoras
manos.
Lo
retratan
ceñudo
y
viejo,
desarregladas
la cabellera y las barbas,
una
concha en la mano,
manto
volador,
serpientes
por
patas.
Psique
Es novela, fabliella, cuento
de vieja
que oyó Lucio Apuleyo, vuelto
en asno.
Fue mandamiento
escondido
del Apolo milesio,
que dejase su padre
a Psique (Venus la odiaba,
celosa)
enlutada
en la cumbre de una montaña,
y maridaría allí con ella uno,
terrible.
Encendieron, junto a la muchacha, las
hachas
de sus bodas,
y, para decir su duelo,
las rodearon de ceniza
y hollín.
Pues se llegó hasta aquellos altos el
cierzo
manso
y se la llevó en brazos
y la dejó
suavemente,
dormida,
en un prado placentero.
Y fue, con eso, el alcahuete
de Cupido.[7]
Tocado
por esta tercería
cogió el vicio el viento del norte
de raptar doncellas más o menos desprevenidas.
Bodas con
Oritía
Bóreas raptó a
Oritía, la hija del rey de Atenas,
mientras se
divertía (¡bailaba!) en la ribera del Iliso,
o cuando subía en
procesión por la ladera de la Acrópolis,
para las
Tesmoforias
otoñales.
De allí la
transportó hasta la ciudad de los Cícones,
como no fuera hasta
la Peña de Sarpedón,
y la cubrió
en nublado. Luego
le puso un pisito
en las cavernas del monte Hemos
desde el cual se
oye el rumor del torrente Ergino,
y allí
la visitaba
cuando le apetecía.
Tienen
por ello los atenienses
por
hija a Oritía, y por yerno
a Bóreas,
su marido
forzoso,
y se encomendaban a
ellos
y, porque los
socorrieron contra los persas de Jerjes,
les levantaron
capilla
vecina
del lugar del robo
de la infanta.
Platón,
que juzgaba los mitos
aborrecibles,
explicó lo de
Oritía como suceso
accidental.
Oritía
concibió de Bóreas dos hijos
varones,
gemelos,
Zetes bufador
y Calais (éste
soplaba con dulzura),
tuvieron las
cabelleras negras,
no, azulísimas,
y alas que les
empezaban en las sienes y en los tobillos,
o bien en las
espaldas,
acompañaron a los
Argonautas
y encontraron la
muerte persiguiendo a las Harpías,
o a manos de
Heracles, en Tenos.
Su padre roza con
su aliento su sepultura doble,
meneándola.
Tuvo también dos
hijas, Cleopatra, pero no
ésa,
que casó con Fineo,
y Quíone, que vivió
en difícil concubinato con Poseidón…[8]
Pitis
Es
suerte muy corriente
de las ninfas.
A Pitis la rondaban
Pan
y Bóreas. Ella
quiso meter en sus
deliciosos cuartos
al perezoso,
rústico
chivo,
de polla fenomenal,
y Bóreas,
despechado,
la desbarrancó.
Alguien,
con talentos
suficientes,
cambió a la
muchacha
en pino,
y mira,
el cabrón que
engendraron todos sus pretendientes,
montándola
por turnos,
en Penélope,
se hace guirnaldas
con las ramas del árbol,
que se acuerda de
su amiga,
y, cuando la
tramontana menea las hojas que valían
su cabellera,
Pitis
se querella.[9]
Latona
Conoció
carnalmente,
sentimental,
Júpiter
a Latona.
Juno lo supo y aojó
a la última amiga de su marido,
que el sol no
alumbraría su parto
doble.
Lo supo Pitón, que
tenía noticia
segura
de que un hijo de
Latona lo acabaría,
y la corrió,
cansándola
mucho,
hasta que Aquilón,
obedeciendo al general
de los dioses,
la tomó
y,
con un respeto
nuevo,
se la entregó a Neptuno.
El señor de los mares
la dejó en Ortigia, y ocultó luego la isla
bajo sus olas.
Así, en las
tinieblas submarinas,
Latona dio al mundo
y al cielo
a Diana
y a Apolo.
Su hijo (estaba
escrito)
dio muerte a Pitón
en el Parnaso
y lo sucedió en su
despacho.[10]
Poniente
Naturaleza
Céfiro,
que dicen los romanos
Favonio,
empieza viaje en
las islas
felices
de los muertos,
donde se termina el
mundo,
al oeste,
y, cuando dobla el
Peloponeso con la tarde,
viene ya muy
reblandecido
y sosegado.
Durante la siesta
te tapa con su capa de fino algodón, te mece
con su voz lanosa.
Es aire
gentil
y
fecundísimo.
Y muy favorable. Encerró Eolo,
su señor,
todos los vientos en un odre,
menos el Céfiro,
para que éste acompañase suavemente la
última
nave
de Ulises
hacia Ítaca.[11]
Y musical, que Céfiro acompaña,
o dirige,
las canciones más o menos tristes
de los cisnes.[12]
Afrodisíaco
Ha capado su hijo
al Cielo
y el zumo
de sus cojones
abiertos
hace espuma frente
a Citera. De aquella
baba
nació
Afrodita. La vio
Céfiro
y se enterneció, y
aupándola
la paseó rozando
las olas hasta Pafos,
en Chipre,
y la dejó en la
playa,
sobre una vieira,
haciendo figura
famosa. Ha
procurado, por respeto,
y miedoso,
no tocarla,
pero nadie se
arrima gratuitamente a la diosa,
y de aquel favor se
aficionará a los amores
volanderos.[13]
Flora
Ovidio Nasón llamó a Flora, pues tocaban
sus juegos,
que la despabilan,
y cabalgan los meses de abril y mayo,
y dime
quién eres,
fui Cloris, ninfa
griega,
me violó, la primera
vez,
y con licencia de su hermano Bóreas,
Céfiro,
aire propicio para
las verduras, patrón
de las huertas
y de los jardines
y de los campos
cereales.
Luego casó conmigo,
remediando
algo
mi honra,
y me dio
en arras
el señorío de las
flores que dicen mi nombre
nuevo.
Perezosa
y aburrida
descuidé mi reino,
y Roma (vale
el mundo)
se mustiaba.
Me riñó mi marido,
que no usaba
mis talentos
y echaba a perder
mi dote,
y para alegrarme
instituyeron las Floralia,
fiestas para la
comedia,
de muchos colores,
muy iluminadas
y viciosas,
con junta de
rameras
y cabras
y liebres
por iconos,
que son bestias
domésticas
y muy folladoras.[14]
La
harpía
Fineo
era rey
mago
en Tracia,
y conoció los
pensamientos de los dioses.
Éstos castigaron su
atrevimiento cegándolo,
alargándole la
vejez y agrandándole
el hambre.
Fineo tenía iglesia
en Tinia,
y sus devotos
parroquianos lo dejaban,
después de los
milagros diarios,
con la mesa puesta
y muy bien servida. Inmediatamente bajaban las harpías, las perras
de Zeus,
devoraban el
banquete
y ensuciaban
los manteles
con sus heces. Así
habría sido hasta que se acabasen los días
si los argonautas
no hubiesen espantado a las pájaras.
Lo que hace
a mi caso
es que Céfiro se
pirró por Podarga,
una de las harpías,
viéndola ciscarse
encima del comedor de Fineo,
y engendró en ella
caballos
divinos
y voladores,
estos Janto y Balio
que tiraron del carro de Aquiles,
y aquellos Flógeo y
Hárpago que arreaban los Dioscuros,
o Diomedes.[15]
Tigres
Opiano de Apamea, o de Pela, en sus Cinegéticas, hace al tigre
hijo monstruoso
y velocísimo
del viento Céfiro.[16]
Iris
Quisieron los poetas
líricos
que Iris fuese esposa de Céfiro,
y concibiese de él a Potos,
que vale el amor
vinoso.
Es que Apolo mudó a Jacinto, para que
esquivase la baba
del viento del oeste,
en la flor que los griegos llaman
iris,
y valdría,
quizás,
nuestro lirio cárdeno.[17]
Jacinto
Jacinto fue príncipe lacedemonio de culo
respingón
y la cara bonita,
el pequeño del rey Amiclas,
y enamoró al tracio Támiris, el primer
bujarrón
hijo de hombre
que hubo en el mundo,
y al viento Céfiro,
y a Apolo.
El muchacho prefirió al dios, y Céfiro,
celoso,
sopló, desvió el disco que había lanzado,
y lo mató.
Apolo lo volvió
en flor
que lleva escrito su duelo
divino
y gitano,
ayay.[18]
El
primer ciprés
Cipariso fue efebo
lindísimo
y mariquita,
y tuvo,
enamorados,
a Apolo,
al viento del oeste
y a Silvano.
Jugaba con un ciervo sagrado,
maravilloso,
manso,
y lo mató
por accidente,
y quiso guardarle luto siempre,
siempre,
y los dioses lo mudaron
en ciprés.
No.
Bóreas, rey
de los celtas,
perdió a su hija
Ceperisa,
y la enterró,
y plantó sobre su sepultura un árbol
que la llora
y tomó de ella su nombre.[19]
Aires y cuadras
¿Sabías
que hay vientos
caballeros?
Erictonio,
rey de Troya nacido
del esperma
derramado
en el suelo
por el cojo
Hefesto,
tuvo regalada
famosa en sus corrales,
tres mil yeguas
fecundas.
Oliéndolas el
Viento del Norte se mudó en semental
moruno,
y cubrió doce que
tuvieron,
de aquellas montas,
doce potros
delicadísimos,
que paseaban los
campos
de pan
sin romper el
cereal,
y corrían las
playas sin deshacer
la espuma
de las olas.[20]
En
Lusitania,
en las
afueras de la ciudad de Olisipo,
a
orillas del Tajo,
vuelven
sus yeguas enceladas los rostros (serán,
digo yo,
las grupas)
hacia el viento
poniente
y
quedan preñadas
y crían
potros ligerísimos
pero
frágiles,
que
mueren antes de mudar los dientes.[21]
Sí,
ninguna otra bestia gasta
el celo
furioso
de la
yegua. Fue
dote de
Venus.
Y hay
milagro:
vuelven las bocas
hacia
el Céfiro,
beben
el aire
y
quedan preñadas
sin
ayuntamiento.[22]
Noto
El Noto
Austral, el viento
del sur,
tiene sus casas en
Etiopía,
es cálido
y húmedo,
y trae las
tormentas
últimas
del verano,
y las primeras
otoñales.
Hesíodo enseña a
los marineros a esquivar sus tempestades,
que vienen
con el vino
nuevo.
El Noto no tiene
cuentos
(pero fue ministro
de Zeus,
cuando el diluvio),
ni,
parece,
mayores
apetitos.[23]
“Éste es el cuento de María Sarmiento,
Que se fue a cagar y se la llevó el viento.”
En eso
María era
un reloj.
Hay personas de
cuerpo
glorioso,
que desocupan
cuando les viene a la memoria,
muy de tarde en
tarde. María
nunca
iba
estreñida.
Muy cumplidor
y puntual,
nada más
desayunarse
le apretaba
el vientre.
El
Viento,
atajador
y mirón,
y muy goloso,
la encontró
acuclillada entre las cañas,
vaciando,
las enaguas y la
falda arremangadas, las bragas de algodón
esparcidas
por los tobillos.
María Sarmiento era
larga, flaca y nerviosa, como su apellido,
pero gastaba la
melena rizada y muy negra,
y el culo
blanquísimo,
y,
ahora mismo,
la cara colorada
y contenta,
el alma
aliviada.
Con estas gracias,
y por la rima
perfecta,
consonante,
de sus nombres,
se hubo de encelar
el aire,
y robó
a la niña.
¡Fue,
casi, María
Asunción!
[5] Homero, Ilíada,
IX, 4 – 8.
[6] Homero, Ilíada,
XXIII, 192 ss.
[7] Lucio Apuleyo, El
asno de oro.
[8] Apolodoro, Biblioteca,
III, 15, 1 – 4; Higino, Fábulas, XIV,
18; Apolonio de Rodas, Las Argonáuticas,
I, 212 ss.; Ovidio, Metamorfosis, VI,
675 ss.; Heródoto, Los nueve libros de la
historia, VII, 189; Platón, Fedro,
229 b.
[9] Nonno, Dionisíacas,
II, 108, 118; XLII, 259; Luciano, Diálogos
de los dioses, XXII, 4; Geopónica,
XI, 10.
[11] Homero, Odisea,
X, 1 – 26.
[12] Filóstrato el Viejo, Imágenes, I, 9; I, 11.
[13] Himno homérico
IV. A Afrodita, 2 ss.
[14] Ovidio, Fastos,
V, 182 – 380.
[15] Eustacio, Comentario
a la Ilíada y la Odisea de Homero, 1050, 60; Servio, Comentario a Virgilio, Eneida, III, 241; Estesícoro, Fragmentos, 1;
Homero, Ilíada, XVI, 148 – 154;
Apolonio de Rodas, Las Argonáuticas,
II, 175 ss.
[17] Nonno, Dionisíaca,
III, 153 ss.; XXXI, 103 ss.; XLVII, 340 ss.; Alceo, Fragmento 327. En Plutarco, Diálogo
sobre el amor.
[18] Ovidio, Metamorfosis,
X, 160 ss.; Fastos, V, 223 ss.;
Luciano, Diálogos de los dioses, XVI;
Filóstrato el Viejo, Imágenes, I, 24;
Pausanias, Descripción de Grecia,
III, 1, 3; III, 19, 3 – 5; Apolodoro, Biblioteca,
I, 3, 3 – 4.
[19] Servio, Comentarios
a…Virgilio, Geórgicas, I, 20; Eneida, III, 680; Eneida, III, 63 – 64; Marco Valerio Probo, Comentarios a Virgilio, Geórgicas,
II, 84. Cita a Asclepíades.; Nonno, Dionisíacas,
XI, 364 ss.; Ovidio, Metamorfosis, X,
106 – 142.
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