miércoles, 25 de diciembre de 2013

X. Sibilinas





 

      Según Sócrates


Sócrates (¡y fue tan seriote!)
elogió el delirio divino,
entusiasmado
de la Sibila,
su manía fantástica.[1]
         

       Nombre terrenal, apellido y oficio


Virgilio llama a Deífobe hija
de Glauco, que había sido mortal,
y se volvió en dios pez
después de comer unas hierbas
que le dieron, además de su forma monstruosa, el talento
difícil
de la adivinación.
Fue sacerdotisa de Apolo Febo
y de Hécate Trivia,
que atiende las encrucijadas
literales y figuradas.[2]
       

     Dédalo’s


        La casa,
o despacho,
de la Sibila
en Cumas
        es fábrica de Dédalo.
Porque diera a su hija Ariadna
el mapa del Laberinto de Cnosos
lo malquería Minos.
Huyó. Dédalo aviador
hizo aquí escala,
en el peñón calcídico,
dio a Apolo en ofrenda sus alas
ingeniosísimas,
y construyó para honrarlo un templo.
En las viñetas de sus puertas
noveló su historia particular
(pero no pudo
decir el final de su hijo Icario)
con las últimas noticias de Creta.[3]



Mudanzas

        En una playa
cerca de Cumas
        (y era verano,
        y atardecía)
        Apolo pelaba la pava
con su beata,
Deífobe, la cortejaba.
--Pídeme, niña, por esa boquita.
--¿Lo que quiera, papá?
--Sí, que puedo, ¿ves?, mucho.
--Cumpliría yo tantos años
como granos de arena
desmenuzaban estas costas.
--Vale. Amén.
--¡Huy! --la muchacha
cayó enseguida.
No había formulado
cuadradamente
su deseo. Lo atravesaba,
arruinándolo, una falla--.
Otra cosa, otra cosa --rogó
agitada, temblando--,
que no pasasen para mí los días,
¿eh?, que no se me noten.
--Esto segundo no puede ser, no,
o sí, si me abrieses tu iglesia
deliciosa, tu tibia capillita.
--No, que sirvo también
a Diana, tu hermana,
mi tía, y aborrezco
al hombre,
aunque sea divino,
y mi Señor.


Deífobe es, por eso,
virgen antigua,
la más vieja del mundo,
se gasta lentamente,
va deshaciéndose,
vuelve despacísimo al polvo,
es ya poco más que una voz
dentro de una caverna.[4]


Melancolía

Los regalaba, en la Cena
que lleva su nombre, Trimalquio,
papelero ridículo,
con platos
y cuentos,
uno, éste, ¿sabéis?,
verdaderamente vi yo con mis propios ojos
a la Sibila de Cumas. Colgaba del techo
dentro de una botella,
y cuando los chiquillos le decían,
‘Sibila,
ti thellis?’,
ella les contestaba siempre, siempre,
Apothanin thelo.’” Hablaban
un griego trasplantado.
En romance, vale decir,
“Sibila, tú ¿qué quieres?”
“Morirme quiero.”[5]

 

       Escritura y oralidad


Rodea el santuario oracular
el bosquecillo de Diana.
Allí escoge la Sibila las hojas de los árboles y las almacena
en la cueva. Entonces,
cuando la monta Apolo,
no, no hay groserías,
cuando queda preñada
de la palabra fecundísima
de Apolo,
la anota en las hojas, y las coloca
sobre el suelo de piedra,
ordenándolas misteriosamente
hasta formar versos divinos.
Del centro de la gruta parten
cien galerías
que abren cien puertas.
Constantemente
el viento se cuela por ellas
en la caverna
descomponiendo las suertes rimadas.
Es una escritura frágil,
delicadísima.
        Muchos clientes
        prefieren,
        aunque suena espantosa,
        oír la voz de la Sibila
arrebatada,
histérica
(¡la baba!),
recogiendo al dictado
las respuestas dudosas
de su Señor.[6]



        su existencia dudable

Vale la Sibila su vegetal,
vidriosa escritura,
o su voz. El autor
del texto
es Apolo. La materia que trata,
los futuros de otros.



      Portera


La Sibila de Cumas guarda
la portería del Averno.[7]
Allí vive
secreta.
La reina de las brujas
le encomendó su custodia. La niña
del umbral tremendo
todo lo alcanza:
pasó a Eneas al otro lado,
lo acompañó,
fue su rumbeadora.[8]



“Vltima Cumaei uenit iam carminis aetas.”[9]

¿Me ayudaréis en esto, Musas
Sicilianas? La hora última
de los exactos cármenes
de la Sibilia
de Cumas
ha llegado. Es que vuelve la Virgen,
y ha nacido de ella
un niño (es divino)
que traerá el final
de los años de hierro
y el principio de siglos facilísimos
que gobernará Saturno segunda
vez. Digo,
con ella,
y con vuestro socorro,
el tiempo nuevo,
de oro.[10]

Decía la Sibila
(y fueron sus versos postreros),
decían los cristianos,
al Cristo.
Fue, entonces, su adelantada
primera,
y no aquel juansilvestre
que bautizaba
en el Jordán.


[1] Platón, Fedro, 244 ss.
[2] Virgilio, Eneida, VI, 35 – 36.
[3] Virgilio, Eneida, VI, 14 – 33.
[4] Ovidio, Metamorfosis, XIV, 130 - 153.
[5] Petronio Árbitro, El Satiricón, XLVIII.
[6] Virgilio, Eneida, III, 441 – 452.
[7] Virgilio, Eneida, III, 441 – 442.
[8] Virgilio, Eneida, V, 735 – 736.
[9] Virgilio, Bucólicas, Égloga IV, 4.
[10] Virgilio, Bucólicas, Égloga IV.

No hay comentarios:

Publicar un comentario