Prólogo
En los textos de Homero Artemisa da miedo
y no.
No sólo prefiere el deporte de la caza; es,
un poco,
la señora
de la muerte
que acaricia (pero en una ocasión atiende
las heridas de Eneas). Puede ser, también,
casera,
y se emplea en la rueca de oro (otro
de sus títulos).
Y dirige (¿no lo sabías?) una compañía de
danzarinas.
El poeta,
para piropear a Penélope,
y a Nausícaa,
y a Elena,
las iguala a la diosa.
Artemisa Sagitaria
Artemisa gasta,
por apellido,
el de
Sagitaria.[1]
Es que lleva,
siempre,
arco
y,
en la espalda,
guardadas en la aljaba,
las flechas
(y todos sus
trastos son invariablemente
de oro).
Locomoción
Artemisa suele
andar las selvas
apeada,
pero algunas veces va carretera,
y arrea con riendas de oro
que valen su sobrenombre.[2]
Ballestería
Será, entre
romanos, Diana Cazadora. Es serrana
brava:
sale a montear con séquito de
ninfas, sus alguacilas
y ojeadoras,
y derriba jabalíes, o ciervas.[3]
Es la patrona a
la que se encomiendan los orilleros
y señora algo
contradictoria
de la
salvajina.
dulcísima
asesina
0
Artemisa (su aspecto
tremendo)
arma el arco, sujeta la flecha,
suelta la cuerda luego y te acierta
deprisa
en el corazón,
regalándote una muerte
mórbida. Es oficio (¿es
vicio?)
natural.
1
Se hizo Belerofonte odioso a los dioses
(fue que,
caballero de
aquel Pegaso formidable,
quiso llegarse
hasta el Cielo),
y un tábano,
de parte de
Zeus,
picó en las
ancas del corcel divino
y desmontó al
jinete.
Belerofonte
evitará,
muy estropeado,
las ciudades
y los caminos,
hasta
consumirse.
Pero la saña de
los inmortales
arrastra,
y busca asolar toda la Casa
del soberbio.
A Isandro, el
mayor del héroe, lo ultimó Ares
cuando combatía
a los sólimos,
y a su hija
Laodamía
la tumbó Artemisa irritada (no se
explica la razón,
o no importa).[4]
2
Éstas son,
decía Andrómaca
a Héctor,
llorona,
por ahora,
mis pérdidas.
En Tebas
Aquiles pasó a cuchillo a papá
y a mis siete hermanos
el mismo día,
y se llevó,
cautiva,
a mi madre.
La rescatamos luego,
cambiando su libertad por esto
y lo otro,
y pudo volver a la casa de su
padre,
mi abuelo.
De poco sirvió, pues allí un
disparo de Artemisa la quitó
del mundo.
Conque haces tú, Héctor,
a mi padre
y a mi madre
y a todos mis hermanos
y a mi marido:
no salgas,
entonces,
a defender Troya,
che,
que me dejarías huérfana de
muchas maneras,
y viuda además.[5]
3
Admirad mi fecundidad,
pues he alumbrado doce hijos,
seis chicos
y seis chicas
lozanos,
fanfarroneaba Níobe,
y Leto,
decía,
seca,
solamente
a dos.
Apolo y Artemisa no toleraron que
baldonase así a su madre.
Armaron
sus arcos.
Él se ocupó de los varones, y
ella,
de las muchachas.[6]
4
Se ha fugado Ariadna con Teseo,
faltando, con eso, mucho a su padre,
el rey de Creta,
y es,
casi,
feliz.
Pero se sucederán las calamidades
íntimas: la ha abandonado el aprovechado héroe,
su príncipe,
y Dioniso, su amante
repentino, la traiciona luego, y Artemisa
la acaba en la isla de Día.[7]
5
Eumeo, el rey de cerdos de Ulises,
contaba a su amo cómo, en la isla de Siría,
viven sus habitantes sanos y bien comidos.
Sí, explicaba, y cuando les llega la vejez Apolo
o Artemisa
(es amable
eutanasia)
los despachan
con sus garapullos.[8]
Ay, a mi buena aya, la hija de Aribante, añade Eumeo,
también le dio muerte la diosa
terrible.[9]
6
Viene en la querella de Calipso,
tenéis, dioses, la leche agria,
os enfada que las diosas tengamos amores con hombres
relativamente mortales.
Así, cuando Aurora, usando sus dedos de rosa, robó a
Orión
Artemisa (“casta”, la llama Homero, apuntando
su indiferencia venérea)
se lo mató.[10]
7
En el infierno Ulises dejó
a la segunda
que su madre, Anticlea, se abrevara en el charco de
sangre
(ha degollado una oveja negra, un cordero
negro).
Dime,
mamá,
si gozaste del final
delicado
que facilita Artemisa.[11]
No,
no me terminó, en palacio,
la divina,
con sus rehiletes,
ni ninguna enfermedad,
poco a poco,
fue,
m’hijo,
que te echaba
de menos.[12]
8
Aquiles llora a Patroclo, el amigo,
¡haber reñido
con Agamenón
porque me quitó a Criseida,
quedarme
quieto
en mi tienda,
junto a las naves!
¡Ojalá Artemisa hubiese roto a mi potrilla con una
saeta
cuando subía a mi nave,
cautiva,
el día que corrí Lirneso![13]
9
Zeus miraría
nada más,
dejó que cada dios favoreciese a quien quisiera.
Artemisa prefirió a los troyanos;
Hera,
claro,
a los aqueos.[14]
¡Perra desvergonzada!,
dijo la malcasada,
porque mi esposo te ha dado licencia
para que arrodilles con tus flechas,
en tus cacerías,
cerdas montesas
o ciervas,
y canceles además con ellas
a las mujeres mortales,
te atreves a tanto,
a tanto.
Hera le cogió las dos manos por las muñecas,
le arrancó el arco
y el carcaj
y le azotó con ellos el rostro
muchas veces.
Las saetas se cayeron por el suelo y su dueña se fue
de allí
con menudo berrinche.[15]
10
Faltaba a Penélope
su marido
y se veía cercada de galanes groseros,
tiene ratos
peores,
dos veces le reza a Artemisa, la de las lindas
trenzas,
apúrame,
ahora mismo,
con tus flechas, que son suaves, suaves.[16]
Médica
Diomedes iba a traspasar con su lanza a Eneas,
herido,
pero bajó Apolo y se lo arrebató, éste,
le advertía,
tiene otro cuento
que titulará,
y lo llevó hasta su templo,
en la Pérgamo alta, sagrada.
Allí curaron de él
y lo mejoraron mucho
Leto
y su hija Artemisa.
Sólo aquí ejerce Artemisa
de cirujana.[17]
Labrandera
Homero cuenta a Elena bajando de sus habitaciones
de Esparta,
doméstica
y mansa,
y le parece,
por eso,
Artemisa,
“la de la rueca
de oro”.[18]
zapateado
Artemisa regenta tablado
y corro de bailarinas,
y una fue Polimela, la hija de Filante,
madre soltera (ha recibido
la visita fértil
y deliciosa
del correo de los dioses).[19]
Espejo
A Ulises le parece la princesa Nausícaa
Artemisa (¡gastas, niña, sus mejores
gracias!).[20]
Homero
usa la paradoja y dos veces compara a Penélope
con
dos diosas opuestas,
la
fría Artemisa
y
Afrodita (putilla
de
oro).[21]
[1] Homero, Ilíada,
V, 53; V, 447; IX, 538; Odisea, XI, 172…
[2] Homero, Ilíada,
VI, 205.
[3] Homero, Odisea,
VI, 102 – 108.
[4] Homero, Ilíada,
VI, 196 – 206.
[5] Homero, Ilíada,
VI, 413 – 431.
[6] Homero, Ilíada,
XXIV, 599 – 612.
[7] Homero, Odisea,
XI, 321 – 325.
[8] Homero, Odisea,
XV, 403 – 411.
[9] Homero, Odisea,
XV, 478 – 481.
[10] Homero, Odisea,
V, 120 – 124.
[11] Homero, Odisea,
XI, 172 – 173.
[12] Homero, Odisea,
XI, 197 – 203.
[13] Homero, Ilíada,
XIX, 59 – 60.
[14] Homero, Ilíada,
XX, 38 – 40.
[15] Homero, Ilíada,
XX, 70 – 71 y XXI, 470 – 496.
[16] Homero, Odisea,
XVIII, 202 – 203; XX, 61 – 63 y 79 – 80.
[17] Homero, Ilíada,
V, 431 – 450.
[18] Homero, Odisea,
IV, 121 – 122.
[19] Homero, Ilíada, XVI, 180 – 183.
[20] Homero, Odisea,
VI, 149 – 152.
[21] Homero, Odisea,
XVII, 36 – 37 y XIX, 53 – 54.
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