miércoles, 25 de diciembre de 2013

IV. Artemisa (según Homero)



 

       Prólogo


En los textos de Homero Artemisa da miedo
y no.
No sólo prefiere el deporte de la caza; es,
un poco,
la señora
de la muerte
que acaricia (pero en una ocasión atiende
las heridas de Eneas). Puede ser, también,
casera,
y se emplea en la rueca de oro (otro
de sus títulos).
Y dirige (¿no lo sabías?) una compañía de danzarinas.
El poeta,
para piropear a Penélope,
y a Nausícaa,
y a Elena,
las iguala a la diosa.

        Artemisa Sagitaria   

        Artemisa gasta,
por apellido,
        el de Sagitaria.[1]

        Es que lleva, siempre,
        arco
        y,
        en la espalda, guardadas en la aljaba,
        las flechas
        (y todos sus trastos son invariablemente
de oro).
 

        Locomoción     

        Artemisa suele andar las selvas
        apeada,
pero algunas veces va carretera, y arrea con riendas de oro
que valen su sobrenombre.[2]

      Ballestería

        Será, entre romanos, Diana Cazadora. Es serrana
brava:
sale a montear con séquito de ninfas, sus alguacilas
y ojeadoras,
y derriba jabalíes, o ciervas.[3]
        Es la patrona a la que se encomiendan los orilleros
        y señora algo contradictoria
        de la salvajina.


        dulcísima asesina

        0

Artemisa (su aspecto
tremendo)
arma el arco, sujeta la flecha, suelta la cuerda luego y te acierta
deprisa
en el corazón,
regalándote una muerte
mórbida. Es oficio (¿es
vicio?)
natural.

1

        Se hizo Belerofonte odioso a los dioses
        (fue que,
        caballero de aquel Pegaso formidable,
        quiso llegarse hasta el Cielo),
        y un tábano,
        de parte de Zeus,
        picó en las ancas del corcel divino
        y desmontó al jinete.

        Belerofonte evitará,
        muy estropeado,
        las ciudades
        y los caminos,
        hasta consumirse.

        Pero la saña de los inmortales
        arrastra,
y busca asolar toda la Casa
del soberbio.


        A Isandro, el mayor del héroe, lo ultimó Ares
        cuando combatía a los sólimos,
        y a su hija Laodamía
la tumbó Artemisa irritada (no se explica la razón,
o no importa).[4]

        2

        Éstas son,
        decía Andrómaca a Héctor,
        llorona,
        por ahora,
        mis pérdidas.

        En Tebas Aquiles pasó a cuchillo a papá
y a mis siete hermanos
el mismo día,
y se llevó,
cautiva,
a mi madre.
La rescatamos luego,
cambiando su libertad por esto
y lo otro,
y pudo volver a la casa de su padre,
mi abuelo.
De poco sirvió, pues allí un disparo de Artemisa la quitó
del mundo.

Conque haces tú, Héctor,
a mi padre
y a mi madre
y a todos mis hermanos
y a mi marido:


no salgas,
entonces,
a defender Troya,
che,
que me dejarías huérfana de muchas maneras,
y viuda además.[5]

3

Admirad mi fecundidad,
pues he alumbrado doce hijos, seis chicos
y seis chicas
lozanos,
fanfarroneaba Níobe,
y Leto,
decía,
seca,
solamente
a dos.

Apolo y Artemisa no toleraron que baldonase así a su madre.
Armaron
sus arcos.
Él se ocupó de los varones, y ella,
de las muchachas.[6]

4

Se ha fugado Ariadna con Teseo,
faltando, con eso, mucho a su padre,
el rey de Creta,
y es,
casi,
feliz.


Pero se sucederán las calamidades
íntimas: la ha abandonado el aprovechado héroe,
su príncipe,
y Dioniso, su amante
repentino, la traiciona luego, y Artemisa
la acaba en la isla de Día.[7]

5

Eumeo, el rey de cerdos de Ulises,
contaba a su amo cómo, en la isla de Siría,
viven sus habitantes sanos y bien comidos.
Sí, explicaba, y cuando les llega la vejez Apolo
o Artemisa
(es amable
eutanasia)
los despachan
con sus garapullos.[8]
Ay, a mi buena aya, la hija de Aribante, añade Eumeo,
también le dio muerte la diosa
terrible.[9]

6

Viene en la querella de Calipso,
tenéis, dioses, la leche agria,
os enfada que las diosas tengamos amores con hombres
relativamente mortales.
Así, cuando Aurora, usando sus dedos de rosa, robó a Orión
Artemisa (“casta”, la llama Homero, apuntando
su indiferencia venérea)
se lo mató.[10]


7

En el infierno Ulises dejó
a la segunda
que su madre, Anticlea, se abrevara en el charco de sangre
(ha degollado una oveja negra, un cordero
negro).
Dime,
mamá,
si gozaste del final
delicado
que facilita Artemisa.[11]
No,
no me terminó, en palacio,
la divina,
con sus rehiletes,
ni ninguna enfermedad,
poco a poco,
fue,
m’hijo,
que te echaba
de menos.[12]

8

Aquiles llora a Patroclo, el amigo,
¡haber reñido
con Agamenón
porque me quitó a Criseida,
quedarme
quieto
en mi tienda,
junto a las naves!


¡Ojalá Artemisa hubiese roto a mi potrilla con una saeta
cuando subía a mi nave,
cautiva,
el día que corrí Lirneso![13]

9

Zeus miraría
nada más,
dejó que cada dios favoreciese a quien quisiera.
Artemisa prefirió a los troyanos;
Hera,
claro,
a los aqueos.[14]
¡Perra desvergonzada!,
dijo la malcasada,
porque mi esposo te ha dado licencia
para que arrodilles con tus flechas,
en tus cacerías,
cerdas montesas
o ciervas,
y canceles además con ellas
a las mujeres mortales,
te atreves a tanto,
a tanto.
Hera le cogió las dos manos por las muñecas,
le arrancó el arco
y el carcaj
y le azotó con ellos el rostro
muchas veces.
Las saetas se cayeron por el suelo y su dueña se fue de allí
con menudo berrinche.[15]


10

Faltaba a Penélope
su marido
y se veía cercada de galanes groseros,
tiene ratos
peores,
dos veces le reza a Artemisa, la de las lindas trenzas,
apúrame,
ahora mismo,
con tus flechas, que son suaves, suaves.[16]


Médica

Diomedes iba a traspasar con su lanza a Eneas, herido,
pero bajó Apolo y se lo arrebató, éste,
le advertía,
tiene otro cuento
que titulará,
y lo llevó hasta su templo,
en la Pérgamo alta, sagrada.
Allí curaron de él
y lo mejoraron mucho
Leto
y su hija Artemisa.

Sólo aquí ejerce Artemisa
de cirujana.[17]


Labrandera

Homero cuenta a Elena bajando de sus habitaciones
de Esparta,
doméstica
y mansa,
y le parece,
por eso,
Artemisa,
“la de la rueca
de oro”.[18]


        zapateado

Artemisa regenta tablado
y corro de bailarinas,
y una fue Polimela, la hija de Filante,
madre soltera (ha recibido
la visita fértil
y deliciosa
del correo de los dioses).[19]


Espejo

A Ulises le parece la princesa Nausícaa
Artemisa (¡gastas, niña, sus mejores
gracias!).[20]

Homero usa la paradoja y dos veces compara a Penélope
con dos diosas opuestas,
la fría Artemisa
y Afrodita (putilla
de oro).[21]


[1] Homero, Ilíada, V, 53;  V, 447; IX, 538; Odisea, XI, 172…
[2] Homero, Ilíada, VI, 205.
[3] Homero, Odisea, VI, 102 – 108.
[4] Homero, Ilíada, VI, 196 – 206.
[5] Homero, Ilíada, VI, 413 – 431.
[6] Homero, Ilíada, XXIV, 599 – 612.
[7] Homero, Odisea, XI, 321 – 325.
[8] Homero, Odisea, XV, 403 – 411.
[9] Homero, Odisea, XV, 478 – 481.
[10] Homero, Odisea, V, 120 – 124.
[11] Homero, Odisea, XI, 172 – 173.
[12] Homero, Odisea, XI, 197 – 203.
[13] Homero, Ilíada, XIX, 59 – 60.
[14] Homero, Ilíada, XX, 38 – 40.
[15] Homero, Ilíada, XX, 70 – 71 y XXI, 470 – 496.
[16] Homero, Odisea, XVIII, 202 – 203; XX, 61 – 63 y 79 – 80.
[17] Homero, Ilíada, V, 431 – 450.
[18] Homero, Odisea, IV, 121 – 122.
[19] Homero, Ilíada,  XVI, 180 – 183.
[20] Homero, Odisea, VI, 149 – 152.
[21] Homero, Odisea, XVII, 36 – 37 y XIX, 53 – 54.

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