miércoles, 25 de diciembre de 2013

III. Raptos dudosos de Zeus




        “En el principio…”

El mito ¿es inocente, un idiota que se encoge de hombros? ¿Dice, simplemente, lo que somos, explica como puede los misterios del mundo? No. Las historias que nos contamos nos fabrican, confirman, como si fuesen naturales, nuestras variadas sujeciones. Así se arman nuestras frágiles identidades, y las partes que representamos a la fuerza, de hombre y de mujer, de padre, de hija, de esclavo.

        “En el principio…” Érase una vez, en los principios fantásticos que los textos registran como verdaderos, en las orillas fecundas del Mediterráneo, o de los ríos primeros, pinta, siempre, Él.

        “En el principio…” Pero ¿y si en el principio no estuvo Él, sino Ella? Hera, Metis, Calisto, Dánae, Antíope, Ío, Leda (vale Némesis), Helena, Europa. Son nombres, o títulos, o aspectos, de la misma Dama, la Diosa Blanca que señoreaba el mundo en el principio, en el principio, cuando nos empezábamos. Sus historias son versiones, todas, de la misma historia. Una historia mentirosa.



        Agradecida advertencia

        Robert Graves dijo adiós a todo eso, se quitó del mundo, y buscó asilo en Mallorca. Allí dedicó todas sus horas al culto de la Diosa Blanca. Estos trabajos deben mucho a sus estudios.

       
Romance de Taliesín

        El Libro Rojo de Hergest, del siglo XIII, guarda el Romance de Taliesín, que cuenta los orígenes del héroe que lo titula, que fue el mayor de los bardos sagrados galeses.

        La bruja Querridueña ordenó al pequeño Guión que removiese, un año y un día, el caldo mágico que se cocía en una caldera. La última tarde, cuando se cumplía el plazo, tres gotas salpicaron el dedo índice de Guión, abrasándolo. Éste se chupó el dedo, y conoció, luego luego, todas las cosas y todas las horas. Entendió ahí que su ama pensaba darle muerte cuando terminase su tarea, y huyó. Querridueña, entonces, le fue detrás. Se transformó el niño en liebre, y la hechicera en lebrel. Ya iba a atraparlo cuando Guión se zambulló en un río, y se cambió en pez, y Querridueña, transformada en nutria, se le acercaba. Salió él del río y se volvió en gorrión, y ella lo siguió, convertida en halcón. Guión vino a ser ahora un grano de trigo, y se disimuló en el suelo de un granero, pero Querridueña, encarnada en una gallina negra, escarbó entre la paja hasta encontrarlo y se lo comió, y recobró después su figura de mujer. Incubó así a Guión, y lo devolvió al mundo cuando tocaba. No supo, no pudo matar al niño, pero lo metió en un saco de cuero, y lo arrojó a las suertes del mar. La primera mañana de Mayo un príncipe lo recogió en una playa del norte de Gales, y le dio el nombre de Taliesín.

        El Romance de Taliesín recuerda, acaso, el mito primero, original, que torcieron luego, volviéndolo del revés. En éste la Diosa Blanca, cambiándose en esto o en aquello, perseguía al Rey Viejo a través de sus metamorfosis estacionales y lo devoraba en su última mudanza. Luego paría al Rey del Año Nuevo, para que se comenzase, otra vez, el mundo.



        Zeus follón

        Prólogo

        Follón “se toma también por pícaro, ruin, cobarde y de viles operaciones”[1]. En los cuentos que junto aquí Zeus Empalmado sorprende a la Niña en algún lugar ameno y, usando engaños y máscaras, se vacía en ella. La desgraciada concibe, ahí, un Hijo que podrá mucho. Padecerá tormentos en su vida mortal, pero tendrá, en sus póstumas, el favor de su divino marido, que le pondrá pisito en el cielo.

        Zeus tuvo barraganas, y amigas más o menos forzosas. Y dos esposas que importan mucho en este cuento, Metis y Hera.


        Zeus y Metis

        Zeus,
arrocinado,
persiguió a Metis a través de infinitas metamorfosis
hasta ayuntarse con ella,
y luego,
avisado de que la diosa concibiría un hijo que sería,
a su hora, rey
de los Cielos,
o acaso porque le tenía miedo, que era
(así la titula Hesíodo en su Teogonía)
“la que más cosas conoce de los dioses y de los hombres
mortales”,
se la comió. La digestión fue
difícil.
Le provocó una migraña famosa que sólo supieron aliviarle
partiéndole en dos el cráneo de un hachazo.
De su cabeza
abierta
salió
Atenea,
entera
para siempre
y armada.



        Zeus y Hera

        Zeus gastaba hacia Hera, su hermana
gemela,
un amor
que lo desastraba.
La titánide supo esquivar el apetito
desordenado
de Zeus
hasta que éste, transformado en cuco,
se llegó hasta ella. Hera
lo cogió,
como juguete,
y Él,
recuperando su apariencia natural,
la violó.
Hera, para tapar vergüenzas, se casó
con su forzador. Trescientos años
duró su noche de bodas…

        Hera
fue, érase
una vez,
Virgen
empecinada,
Nuestra Señora. A ella
le sacrificaban el héroe (y héroe ¿no significa
“hijo de Hera”?)
al término de su reinado sagrado.
La sombra del héroe recibía entonces de la diosa
una manzana de oro
que le serviría de pasaporte para el otro lado.


        Los hombres que reescribieron su mito
hicieron de Hera una diosa antipática,
aprensiva,
que se lava maniáticamente en la Fuente de Canatos
para renovar su doncellez,
una malcasada
celosa,
de entremés,
que castiga con saña a las amigas de su marido.
       


        demás donjuanadas de Zeus

        Qué son, y cuánto valen

        Son todas hijas de mucho,
princesas,
o ninfas,
por poco divinas.


       
        Eran ellas de mírame y no me toques
       
Europa era,
sencillamente,
doncella:
guardaba aún
la flor
que dice
la honra de su apellido.

Antíope fue,
según quién diga su cuento,
soltera
o dueña mejor o peor casada.

Leda era
novia
o novensana.
El rey de Argos quiso conocer su suerte
y lo enteraron de que uno que nacería de su hija Dánae
lo tenía que matar.
        Acrisio se llenó de miedo y,
para asegurar que Dánae no concibiese,
la encerró en una fuerte torre,
o en una habitación blindada,
bajo tierra,
de bronce.

Ío era novicia
en el convento de Hera.

        Calisto es
virgen
cabezona,
consagrada,
de la orden de Artemisa.


Zeus emborricado

        Zeus tiene la baba
fácil.

Tuvo noticia de la hermosura de Antíope, la hija de Nicteo,
y quiso catarla.

Espió a Europa
jugando
(¿a la pelota?)
en una playa de Sidón, o de Tiro,
y,
cambiado en un toro blanquísimo, de cuernos lunares,
se arrimó a ella,
la hocicó,
hizo,
con sus cosquillas,
que a la moza le apeteciese
cabalgarlo,
escarbó
y se la llevó bufando.

Estudiaba a menudo a Ío
oficiando en el convento de su esposa
y ordenó a su padre
en un sueño que confirmaron los oráculos de Delfos
y Dodona
que se la entregase en la orilla izquierda del Lago Lerna,
o se terminarían
él
y su Casa
(quiere decir
su apellido).


Vio a Calisto,
discípula de Artemisa,
en el bosque,
en una montería
y,
porque la ninfa tenía asco de los hombres,
asumió la figura de su Señora
para acercarse hasta la ninfa
y se amaron usando artes
femeninas
muy placenteras.
       
        Encaprichado de oídas
        (si no la olía),
        sólo supo ayuntarse con la princesa Dánae
        lloviéndose sobre el tejado de su cárcel,
        calando el entramado.
        El tibio
aguacero
de oro
        cayó
sobre el regazo de la virgen
        y quedó preñada maravillosamente.
       
Solicitó Zeus el socorro de Afrodita,
que puede mucho en los suspiros y en los genitales,
pues estaba perdidito por Leda,
fría y severísima dama.
“Vuélvete águila
y ciérnete
atalayando,
y cubre con tu sombra
a la dueña.”


Zeus, como cisne blanco,
se arrimó a la orilla de las faldas de Leda.
“Mira que la rapiñera me viene detrás,
y ya se cala,
¿me esconderás debajo de la saya?”
“Deprisa”, se apiadó ella,
y enseguida se durmió.
        Acogido a aquel tibio sagrado
        Zeus graznó, tembló,
se sacudió las plumas,
        y se desahogó.


Hijos de aquellos ayuntamientos monstruosos

Leda a su hora puso un huevo,
no,
dos,
que rompieron,
el uno,
Cástor y Pólux,
que se turnan en Tierra de Muertos y en el Cielo
y han sido santos patrones de los marineros,
y el segundo
Clitemnestra
y Elena
(¡sí, aquella Elena,
ahí es nada,
que hizo que fuese
y no fuese
Troya!).

        Calisto trajo al mundo
        a Árcade
        para que diese su nombre a la Arcadia.

        Ío dio a luz a Épafo,
        que fue luego padre de Libia.

        Europa tuvo a Minos, que reinó en Creta,
a Sarpedón, fundador de Mileto,
y a Radamantis,
que fue juez fabuloso
de los cretenses
y de los muertos.

De la meada portentosa de Zeus Dánae concibió
a Perseo,
el estupendo héroe.


Antíope parió
en una encrucijada
gemelos,
Zeto
y Anfión,
lírico prodigioso,
que mandaron en Tebas.



Castigos

Pagaron
la gana
del Señor de los Dioses
sus amigas
burladas.

Antíope sufrió de su tío tormentos
y cautiverio
que ordenó su padre para remediar su honra.

No le valió a Ío que Zeus,
para guardarla del escándalo,
la convirtiera en blanca ternera.
Hera la descubrió y,
celosísima,
encargó su custodia a Argos, ayudado por sus cien ojos,
y luego,
cuando Hermes, siguiendo las órdenes de su Señor, le dio la libertad,
le mandó un tábano tozudísimo
que la taró.
Rodeó, así zumbada,
un golfo
que ganó,
por eso,
su nombre,
el Jónico,
cruzó después el estrecho que separa Europa de Asia,
y se llama,
desde entonces,
Mar del Bósforo,
que quiere decir “El Paso de la Vaca”,
y sólo halló descanso en Egipto.


La falta de Calisto la castigó
Artemisa,
su madre superiora,
la mayorala de su convento,
transformándola en osa,
y dándole luego muerte con una saeta.


Premios

De bien nacidos es ser
agradecidos.
Zeus pagó, rumboso, el gusto
que le dieron
sus amigas.

Europa recibió de Zeus tres regalos maravillosos,
un autómata de bronce que guardaba Creta de sus enemigos,
y un sabueso
y una jabalina
        muy cazadores,
        y,
tras su muerte terrenal,
una constelación en la noche,
aquel toro.

Cuando acabaron a Calisto
Zeus la dibujó en el cielo
y es,
desde entonces,
la Osa Mayor.

Zeus celebró su aventura con Leda
        pintando en el cielo el cuadro de sus alados amores:
        si la noche está despejada verás ahí dos constelaciones vecinas,
un águila persiguiendo a un cisne.[2]


Ío pudo recobrar a orillas del Nilo su apariencia más o menos humana,
y fue allí Isis,
principio de todos los faraones egipcianos
y madre de Horus
(y mira,
Isis y su hijo
adelantan
la estampa
de María y el Niño).



Algunos comentarios

Primer comentario: explicación
histórica del mito

        Llegaron del norte los guerreros helenos, muy brutos, muy machos, a las ciudades pelasgas, y de Creta, donde regía el matriarcado, y, en un primer momento, fingieron servir a la Gran Diosa, desposándose, aparentando mansedumbre, con sus sacerdotisas, pero luego, cuando se supieron fuertes, usurparon los privilegios de sus esposas y entregaron el Cielo a su Dios rabudo.


        Segundo comentario: Némesis, o Leda

        Fue así: Zeus Cachondo
(¡Nuestro Señor!)
acechó a Némesis
de estación en estación
y de mudanza en mudanza
hasta que la montó
(él era ahora cisne;
ella oca, o gansa).
        Némesis hizo su puesta
cuando le apretó el vientre,
y abandonó el huevo en la albufera.
Allí lo encontró la reina,
doña Leda,
y, como lo entendiera cosa de milagro,
lo empolló
y,
cuando salió la niña,
le dio el nombre de Helena
y la crió como suya.

Los Cisnes,
porque tienen la pluma blanca,
porque vuelan en V,
letra que simboliza a la mujer,
y porque en el solsticio de verano se llevan hacia el norte
el alma del Rey Viejo,
son aves consagradas a la diosa
Leda,
o Némesis.


Némesis tiene,
por atributo,
la rueda de la Fortuna
que señala,
al girar,
la muerte
y la resurrección
del rey sagrado.


Tercer comentario: lo de Zeus con Europa, dicho como toca

        El Rapto de Europa busca corregir el mito original, verdadero. En éste la Luna cabalga triunfalmente sobre un Toro Solar, su víctima, antes de degollarlo en su altar sacrificial. Robert Graves apunta “ocho placas moldeadas de vidrio azul que se encontraron en la ciudad micénica de Midea”, “ilustraciones pre-helénicas”, que representan la escena.


        Apéndice primero: Anunciaciones

        Viene en el evangelio de Lucas (I, 26 – 38). El ángel Gabriel visitó a María, virgen malcasada, y le dijo lo que le dijo. La muchacha, confundida, le preguntó: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.” (…) Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”

        Aquel Altísimo que empapará con su graciosa, dulcísima sombra a la doncella (y ¿veis en una esquina al Espíritu Santo en su forma favorita de paloma?) repite a Zeus, de Cisne. María parece Leda. ¿No?



        Apéndice segundo: querella de Calipso
       
Viene en la querella de Calipso
que cantó Homero.
Tenéis, dioses, la leche agria,
os enfada que las diosas tengamos amores con hombres
más o menos mortales.
Así, cuando Aurora (tiene los dedos de rosa)
robó a Orión
Artemisa (“casta”, la llama Homero,
apuntando
su indiferencia venérea)
se lo mató
en Ortigia
con su flecha suavísima.
Así, cuando Deméter (es la señora de los campos de pan)
        tuvo
lo que tuvo
con Yasión
sobre el tercer barbecho
tronó Zeus
y le volvió el novio en ceniza, y ahora,
y ahora,
celosos de mi felicidad,
me quitáis a mí
al amigo,
a Ulises.



        Apéndice tercero: Ganímedes

        Ganímedes fue príncipe en Troya,
y zagal,
        y muy garrido.
        Pastoreaba los rebaños de su padre
        y Zeus,
        mirándolo,
        se mareó.
        Zeus se transformó entonces en águila y,
        cogiendo al chico con sus garras,
        lo subió al Olimpo,
        para que fuese su copero
        y otras cosas
        que se dicen temblando,
y aparte.

        En una noche de San Juan que soñó William Shakespeare
Oberón y Titania,
señores de hadas,
reñían
por un dulce muchacho
que le habían robado a un rey de la India,
y se descomponían el bosque embrujado que rodeaba la ciudad
de Atenas
y el mundo.

        Las dos historias dicen un tiempo
de oro,
 cuando,
para amarnos,
no mirábamos
entrepiernas.


[1] Aut.
[2] Higino, Astronomía Poética, II, 8, <<El Cisne>>.

No hay comentarios:

Publicar un comentario