Hesíodo apacentaba sus cabras en el Helicón
cuando le salieron las Musas comarcales y, entendiendo que servía para aedo, le
dieron cetro, el retoño de un laurel, y una voz divina, para que contase lo de
luego y lo de antes, y dijese el linaje de los inciertos inmortales,
advirtiéndole que comenzase y terminase siempre sus poemas publicando las
gracias de sus patronas.[1]
Se ocuparía, sí, juró, de decir la verdadera estirpe de los dioses, porque ¿qué
se le daba a él aquello de la encina, de la roca?[2]
Las historias que
traía aquel mendigo daban esperanzas a la reina de Ítaca. Había dado su padre,
decía, posada a Ulises, y sabía que ahora andaba éste muy cerca, entre los
tesprotas, riquísimo. Penélope quiso que la enterase mejor.[3]
No sería (lo ordenaba la prudencia) hasta que cayera la tarde, y apartados de
todos.[4]
Hizo que cubriesen con una piel el taburete, y que se sentase en él el
extranjero. Dime, primero, quién eres, tu nombre, tus apellidos, tu patria.
Decirte tanto me dolería. Dime, de todos modos, que sé que no naciste, como en
los consejas viejas, de la piedra ni de la encina.[5]
Héctor huía de Aquiles (lo espantaba su
segunda cólera). Se quitaría el yelmo, apoyaría la lanza contra la
muralla, se presentaría ante él desarmado, rendiría a Elena, junto con todo lo
que robó su hermano Alejandro, y todos los tesoros de Troya. Pero no, el otro
venía furioso, por lo de Patroclo, lo iba a matar de todos modos. Y no era “el
momento de remontarse a la encina y a la piedra”[6], sino
de terminarse a las armas.[7]
En el principio
fueron
la encina
y la piedra.
De ellas arrancamos nosotros, y
los dioses, en los cuentos
primeros,
en ellas
nos comenzamos.
Hesíodo,
que va a trazar, inspirado
(obligado)
por las Musas,
la genealogía de los dioses, lo
hace
corrigiendo esta otra historia
vieja,
contradiciéndola.
Penélope pide al mendigo que diga
su linaje y su nación,
y que no los esconda en la fábula
gastada
de la encina y la piedra.
Héctor, en su miedoso
soliloquio,
usa lo de la encina y la piedra
como expresión fosilizada,
que ahora valía tanto como decir,
quítate
de cuentos.
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