troilos primeros
Un
troilo dudable y golfo
Fue drama
de honra.
Viene Hesíodo de derrotar a
Homero
en un duelo de musicales
hexámetros muy publicado,
y se escondía
ahora
de su última suerte
en la casa de Feges, en Énoe, en la
Lócrida.
Lo acompañaba este Troilo (¿o
Demodes?: los textos
vacilan al registrar su nombre)
que fue torpísimo donjuán y,
disimulándose debajo de la capa
y el título
del aedo famoso,
daría,
digo yo,
perro
muerto
a la hija de su anfitrión.
Para desafrentarla, los hermanos
de la muchacha burlada
asesinaron a sus dos huéspedes.[1]
Este Troilo
no.
Parece
espurio.
su
gracia
Troilo tiene el nombre patriotero,
¿no? Han dicho que encierra, dentro de él, a
Tros
y a Ilos,
reyes que dieron su doble título a la ciudad
fadada
y la empezaron
en dos veces.[2]
O es mote cariñoso, pet
name, diminutivo que traducirían, en
el churro
de Alborache,
elpueblodemimamá,
Troyico.
Hidequé
En ca
Homero Príamo, señor
de Troya, lo cita entre sus tres hijos
de ley
mejores,
los caídos.[3]
Higino,
fabulador,
da mezclados todos los hijos, los
varones
con las hembras,
bastardos y de derecho,
de Príamo,
y Troilo hace el número veintiocho, en
el medio
exacto
de los cincuenta y cinco del padrón.[4]
Apolodoro, en su Biblioteca, hace el censo de los hijos y las hijas
que Hécuba dio a su marido, el rey de Troya,
y aparta
a Troilo. Troilo es
su pequeño,
su hijodeputa divino (su hijo natural
y maravilloso),
que lo concibió de Apolo.[5]
muchacho
Las Mocedades suelen servir de prólogo falsificado
a las hazañas del héroe, valen
su “precuela”. Pero
de Troilo. Porque murió
en su botón
no tiene más cuento que el de sus
años
primeros.
Sófocles resume a Troilo, en la tragedia
que titula,
como “andropais”,
“hombreniño”.[6]
Casandra llora el final
desastrado
de su hermano Troilo, “cachorro
de león”.[7]
Eneas contempla, en el palacio
ilustrado
de Dido,
la muerte de Troilo, “niño”, o “mozo”,
“infeliz” (“infelix
puer”).[8]
Horacio supo las cabezonas lágrimas que
derramaban
sus padres y sus hermanas
por Troilo, (ay, no pubescía
aún).[9]
Y sí, el Troilo
que pinta en la cerámica es casi siempre
pollo,
carilampiño.
puso
Homero
Aquiles ha matado a Héctor, y ahora
Príamo, el rey
viejo,
subía a una carreta mulera la ropa,
los diez talentos
de oro,
los trípodes y los calderos de bronce.
Con aquel tesoro intentaría rescatar su
cadáver
estropeado.
Antes de arrear riñó a Heleno,
a Paris,
a Agatón,
a Pammón,
a Antífono,
a Polites,
a Deífobo,
a Hipótoo,
a Dío.
--De los doce hijos que engendré en
Hécuba me quedáis
nueve,
y ninguno
cabal.
Me viven los mentirosos,
los bailarines,
los mujeriegos,
los atajaganados.
En la ruidosa defensa de Troya he perdido a
Méstor (era
divino),
y a Troilo, que hallaba placer en la
equitación[10],
y a Héctor,
mi mayor (todos vosotros
juntos
no valéis tanto como él).
Éste es el Troilo homérico,
autorizado:
fue cid caballero, o cochero, y muerto
adelantado,
de los que se ahorraron tener que ver el
final de Troya,
uno de sus tres príncipes
bravos.[11]
En una especie de nota
a pie
de página
de estos versos de Homero
Calímaco rimó al rey en la ciudad
rodeada,
llorón,
echaba mucho de menos a su hijo Troilo.[12]
muertes más o menos cobardes
y viciosas que le dio Aquiles
turbias
La hija de Homero sacó del arca
donde guardaba su dote
un libro (pero papá no sabe
la escritura),
la Cypria.[13]
Era el primero de los ocho poemas
que contaban el final
de Troya,
y servía de prólogo a la Ilíada.
Aquiles ha dado muerte a Cicno,
el hijo de Poseidón,
ha querido visitar, secreto, a
Elena,
ha vaciado las cuadras y los
establos y los corrales de Eneas,
ha saqueado la Tróade,
ha asesinado (el verbo que usa, “phoneuei”, apunta
violencias
inconcretas,
torcimiento,
engaño)
a Troilo.[14]
Higino cita a Aquiles entre los hombres que
mataron
a algún hijo de mucho (lo digo,
dice,
por Troilo).[15]
batallador
En estas versiones de su final Troilo
muere midiendo armas
poco equilibradas
con Aquiles.
Virgilio lo rima con mucho detalle. Dido,
dice, mandó que historiasen la guerra de
Troya
en las paredes del templo africano que había
edificado
para la diosa Juno. Ahí
Eneas pudo repasar sus pérdidas y, acaso, su
cobardía.
Uno de los murales representaba la
accidentada hora
última
de Troilo, “muchacho
infeliz”, en varias viñetas
gore.
Mira aquí a Troilo: huye
desarmado
de Aquiles (sería desigual,
“impar”,
el duelo). Mira a Troilo
en la siguiente: lo arrastran sus propios
caballos,
detrás del carro
vaciado,
va cogido aún de las riendas, va
boca arriba,
barriendo la tierra con su cabellera,
su lanza invertida (¿o la pica de su enemigo,
que lo atraviesa?)
escribe algo en el suelo,
su mala suerte.
La desdichada reina de Cartago oiría el cuento
a algún romancero que conservaba aún la
tradición homérica
del Troilo auriga, derrotado
a las primeras.[16]
En los teatros romanos Casandra va a
desesperarse,
y se dirige a la mala sombra de su hermano,
“a ti te sigo,
que demasiado pronto combatiste a
Aquiles,
Troilo”.[17]
Durante los juegos funerales por
Aquiles,
instituidos por Tetis, su madre
maravillosa,
Néstor elogió las gestas del capitán de
mirmidones, dio
muerte,
por ejemplo,
al “admirable Troilo”. En aquellos deportes
Teucro ganó
de la diosa,
con el arco,
las armas magníficas de Troilo.
Parecía
éste
dios,
y fue el príncipe más sobresaliente de la
sagrada Troya,
y hermosísimo,
pero Aquiles lo acabó
cuando se empezaba,
ni barbeaba, ni había conocido
mujer,
y salió a pelear cuando la edad lo hacía
demasiado atrevido,
imprudente.[18]
En una copa que decoró Oltos Troilo,
puesta una rodilla
en el suelo,
intenta desenvainar su espada,
pero ya le atraviesa el pecho la pica de
Aquiles.
Gasta yelmo,
pero trae la visera descubierta,
y podemos ver su rostro, hermosísimo.
En este texto imposible de Ausonio el
jovencico escribe
su propio epitafio,
“aunque no era su igual en vigor
ni tenía, como él, socorro de los dioses
yo, Troilo, peleé con el violento Eácida,
y, arrastrado hasta la muerte por mi carro de
caballos,
marido en honores con mi hermano Héctor, cuyo
ejemplo
aligera mis trabajos.”[19]
En casi todos estos sitios Aquiles mata
a Troilo en duelo
singular,
y con ventajas
vergonzosas
que mancillan su honra.
En el santuario de Apolo
Timbreo
Busco en otros
teatros,
en otros
libros,
en los
cacharros
con tebeo.[20]
El escenario:
extramuros,
una fuente,
o un pozo,
en un jardín,
lugar
delicioso,
o bien un
pilón,
no,
el santuario de Apolo Timbreo,
con un laurel, su palo
santo.
Troilo entra
caballero,
y lleva,
de las riendas,
otro corcel.
Viene a abrevar
a su potrada,
o la
ejercitaba. Viene
a rezarle a su
padre
divino,
a su patrono.
Viene desnudo,
descuidado.
Un cuervo, pájaro
apolíneo, bebe en la fuente,
advirtiendo a Troilo de su inmediata estrella.
Entra (o lo esperaba
emboscado) Aquiles, gigantesco,
barbado,
con armadura.
Derriba al muchacho de su montura,
lo arrastra del pelo hasta el altar,
lo degüella
y (aquí
calza
coturnos)
le corta las extremidades
y se las ata debajo de las axilas,
para estorbar que lo asombrase, desde ahora,
su fantasma. Fue mutilación ritual,
miedosa.
Alguna vez su hermana Polixena,
que lo acompañaba,
deja caer,
horrorizada,
el cántaro.
En otras lo miran, desde sus gallineros
celestiales, los dioses
que importan en este cuento: Atenea,
que procura la destrucción de Troya,
satisfecha (se cumplía
una de las condiciones para su caída),
Tetis, la madre de Aquiles,
preocupada; Apolo
iracundo, vengará a su hijo,
a su beato.
Gay
Fue extremada,
y muy famosa,
y la usaban los
poetas como espejo
de otras,
la lindura de
Troilo.[21] Fue
efebo que tentó a bujarrones
más o menos divinos
con su carita
tan mona (oh
so cute)
y su culo duro
y dulce.
Clemente, en sus Homilías, trae la lista de los dioses gentiles
que cometieron el pecado
nefando,
y cita a Apolo, que gozó de muchos muchachos,
y uno de sus pupilos
fue Troilo.[22]
Aquí pintan, sobre el barro cocido, un gallo,
aquí
unas palomas,
o tórtolas,
son los regalos amorosos que Aquiles usó
para tentar a Troilo.[23]
El gramático
Servio escribió
en los márgenes del pasaje de la Eneida que cuenta la muerte de Troilo
esas palomas que Aquiles ofrece
al chico.
Con ellas
lo sedujo,
y fue a montarlo,
y lo estrechó con tanta fuerza
entre sus brazos
que se le murió (las costillas
aplastadas,
descolorido). Esto
Virgilio,
para no disfamar al héroe,
lo calló.[24]
Casandra
alucinada supo (pero nadie, es su mala
pata,
puede creerla)
la historia verdadera del final
de Troilo,
y la esconde en un texto
cifrado.
Ay de mí, lloro,
también
yo,
por ti,
flor nacida de la hermosura, dulce niña
de los ojos
de tu gente, cachorro
de león,
que mareaste sin querer con tus encantos
al dragón,
sufriste unos minutos vacíos de amor su lazo
tremendo,
y darás,
en pago,
tu cabeza,
y te desangrarás sobre el altar
de tu padre.[25]
clave
que cerraba la bóveda de Troya
Su nombre
arrima, acaso, al topónimo
Troya (“Troië”) el verbo “lyo” (significa
“destruir”),
avanzando, con ello, su doble
mala
suerte.
Lo escribieron
en el suelo de la caverna de la Sibila de Cumas
las hojas de los robles
misteriosos.
Para que no
fuera
Troya (para
desampararla) tendrían los aqueos que ganar
los huesos de
Pélope,
y el socorro de
Neoptólemo, el hijo de Aquiles,
y el Paladio.[26]
No. Troya no caerá
como Troilo cumpliese los veinte
años.[27]
Sí, entre las tres fata que defienden,
profilácticas,
la ciudad,
la segunda era “la muerte
de Troilo”.[28]
La cuestión de su letra inicial
mezcladas
“Aquiles,
enfadado por lo de Briseida...la hija del sacerdote Crises, no salía a pelear.”
(Apolodoro,
Epítomes IV, 1)
Wagner, en sus comentarios, ya notó el
follón
de iniciales. Rodaron
las historias
de Briseida y Criseida,
y con los errores del escribano,
del dictado
o de la memoria
acabaron liadas.
menos en eso
Ovidio Nasón ha sido,
primero,
rufián,
y quiere ahora, con este otro librito,
remediar
enamorados.
¿Te cansa algún amor
gastado?
Derrótalo, entonces, con uno nuevo,
y en esa encrucijada se diluirán tus trabajos.
Mira,
por ejemplo,
al Atrida, a
Agamenón, digo, que quiso muchísimo
a Criseida,
su cautiva,
hasta que se presentó su padre,
vejete “odioso”
y llorica,
con su querella,
que se la devolviera.
También avisó Calcas al rey de
que lo hiciera,
que si no...
--Vale –se
conformaba el caudillo aqueo--. Hay
otra,
que tiene “la forma
próxima”
a la de Criseida,
y “el nombre idéntico”, si no
fuera
por “la primera sílaba”. La
barragana de Aquiles,
decía.
Que me la conceda.[29]
Apeteció,
¿ves?
Agamenón
a Briseida
por la vecindad de sus
apariencias y por la curiosidad
de esa inicial
que las desemejaba.
criseidas primeras
“dorada”
A Astínome la conocemos,
porque importó para su cuento,
por su apellido paterno, Criseida, que quiere
decir “la niña
de oro”. Vendría
de gente rubia, o forrada
de dinero.
Farmacéutica
Johannes
Nicolaus Furichius publicó, el año 1631,
una epopeya
alquímica
en cuatro
libros[30], y
la titula
Criseida,
reinamaga que
custodia la piedra
filosofal (¿no
fue hornillo
de atanor,
que destilaba
oro,
su nombre?).
Hada
maestra
De las estupendas cópulas del Cielo y de
la Tierra nacieron,
el primero,
Océano, y Tetis la última. El mayor casó
con la pequeña, y fue un matrimonio
fecundísimo. Todos los varones que parió
Tetis
fueron ríos,
y todas las nenas dan en mágicas
ayas,
y educan,
en sus escuelas
encantadas,
a los héroes
durante su minoría.
Hesíodo sabe tres mil, pero nombra nada más
a cuarenta y una,
y entre ellas a Criseida. Esta Criseida
tendría finos los tobillos, lo mismo que
todas sus hermanas.[31]
Tespíade
Heracles, hijo
de la última aventura de Zeus con mujeres
mortales,
decidió (sería su primera
hazaña)
matar al león de Citerón,
que arruinaba las cabañas del rey
Tespio.
Durante cincuenta días acosó a la
fiera,
y a la noche era huésped muy
regalado del rey,
en su finca,
en las faldas del monte Helicón
(don Amor es su santo
patrono).
Tespio, en su calidad de
ganadero,
conocía la importancia de cruzar
bien a sus borricas. Tenía
cincuenta hijas,
y quiso emplear al héroe de asno
garañón.
--Te mando a la mayor, verás que
ella
te alivia de los trabajos de la
caza,
--le dijo, pero cada noche le
enviaba
una.
Heracles hacía
y deshacía
a palpas,
y no cayó en la cuenta
de sus montas.
Después de
cubrirlas a todas
mató al león,
lo desolló,
y con su piel se hizo su famosa
capa, y con sus fauces su yelmo
famoso.
No,
no.
No fue así.
Heracles montó a las cincuenta
hijas del rey Tespio
la misma noche,
a todas menos a una,
que no se dejó.
Turbado,
puso a ésta de novicia en una
iglesuela que levantó
en la ciudad.
Como no has querido hacer la
parte de maría, bufó, te quito
del siglo,
serás la marta de mi capilla,
mi meapilas.
Pues una de las cincuenta
muchachas fue
Criseida,
y dio a Heracles,
de ésa,
un hijo al que llamó Onésipo.[32]
la
de Homero
Crises se llegó hasta el atracadero
arreando una carreta
mulera
donde había vaciado todos los tesoros de su
iglesuela.
Empuñaba un rico bastón, y traía ceñidas
las ínfulas de Apolo
que le daban doble privilegio de suplicante y
de sacerdote.
--¡Ojalá pudierais entrar
enseguida
en Troya,
romperla,
y regresar luego,
enteros
y haberosos,
a los terruños! ¡Mirad
que vengo cargado de regalos
y bienaventuranzas!
Saqueasteis Tebas Hipoplaciana, la
ciudad
santa
de Eetión, rey de los cilicios,
y apartasteis para vuestro
caudillo a mi hija Criseida.
¿No me la devolveréis?
Agamenón, que tenía a Criseida
en su tienda,
echó al anciano a patadas,
chulo,
con amenazas.
--Y a tu niña
no la suelto. Envejecerá
en mi casa de Argos, entre extraños,
haciéndome la cama
y deshaciéndola,
y girando la rueca.
Crises, por prudencia, calló,
arreó
y, en su capilla, se dirigió a su Señor:
--¡Si antes los bendecía, ahora
los aojo!
Apolo, estos greñudos han asolado tu isla de
Ténedos,
y las villas marineras de Cila
y Crisa,
robando tus sagrarios.
Yo he sido siempre muy devoto tuyo. Arma
ahora
tu arco
tremendo
y dales castigo.
El dios ensayó primero con las acémilas
y la perrada,
y después,
durante nueve días,
disparó contra sus dueños.
--Caen flechas
como del cielo, y aciertan
todas –explicaba Calcas, que entendía en lo
de antes,
en lo de ahora, en lo de luego, y había sido
su piloto--. Se habrá querellado contra
nosotros Crises. Llévale
a su hija
o seguirá encogiendo tu armada.
Sin pedir rescate por ella. Añadiendo cien
toros
y cien cabritos
que mataréis ceremoniosamente en Crisa: así
calmaréis a Apolo,
convidando a su parroquia a un asado,
apartando
para el divo
las primicias.
El generalísimo bufaba, se arrancaba
las barbas.
--En todo aventajaba esta Criseida
a Clitemnestra, mi esposa
de ley –suspiró, y enumeró
sus gracias--. Vale,
quitádmela –añadió--, o se amala esta
empresa. Pero así
pierdo yo solo, y eso
no lo consiento. Entregadme
a otra cautiva,
de las más notables,
la tuya, Aquiles,
o la de Áyax,
o la de Ulises. ¡No querréis a vuestro
caudillo
destemplado!
Aquiles protestó.
--El botín lo gané yo con mis
mirmidones,
corriendo las comarcas extremeñas,
y ya está repartido.
Se enfadaron los dos héroes.
--¡Tienes los ojos de perro! ¡Y de
ciervo
el corazón! –le decía Aquiles a Agamenón.
--¡Rubia! –contestaba el rey
de reyes.
--¡Pues Briseida
por Criseida! ¡La tuya
por la mía! –escogió Agamenón.
Ahí empezó la cólera de Aquiles, que
tituló,
primero,
el poema de la Ilíada.
El campeón de los griegos se quedaría quieto
en su tienda
mientras los troyanos adelantaban,
a mirar.
Ulises embarcó a Criseida y se la llevó
a su padre. Contentaron a Apolo con una
hecatombe
doble,
vino
y un peán en el que coreaban los talentos del
santo patrón
de los músicos.[33]
Fabuladora
No. Aquiles ganó, sí, en la isla mesia de
Esminto
a Criseida,
pero se la dio a Agamenón por esposa (y no
para barragana).
Cuando el general, apretado por las plagas
y la hambruna
mágicas,
devolvió a la muchacha a su padre,
estaba
ésta
encinta.
Agamenón no me ha tocado. He concebido,
digo,
decía Criseida,
maravillosamente
de Apolo (pero papá,
su beato,
supo que el niño que parió era
mucho menos,
el bastardo del rey de Argos).[34]
briseidas
primeras
Homérica
Sólo toleraría
Agamenón devolver a Criseida
a su padre,
para desenfadar
a Apolo,
si Aquiles
rendía a Briseida, su cautiva
más privada.[35]
El general envió a Taltibio y a Euríbates,
sus heraldos,
no,
sus rufianes,
amenazadlo,
como no se la entregase, iría
yo,
con pelotón de guardiasciviles.
Aquiles pidió a Patroclo que se la rindiera
él, yo
no quiero. Briseida los siguió
desganada. Aquiles
lloraba, se quejó a su madre divina,
le contó lo de Criseida, lo de Briseida,
intercede,
mamá,
por mí delante de Zeus,
que érase
una vez
le diste socorro. Iré,
y por ahora arrincona tú tus armas,
quédate en tu tienda, a los pies de tu nave
capitana,
rosigando tu cólera, que será
famosa.[36]
¿Cómo entretenía su bilis
Aquiles? Gastaba en el fondo de
su tienda
a la lésbica Diomeda, y oía,
encendido,
el ruido de los amores de
Patroclo, su amigo
más próximo,
con Ífide, la otra cautiva, en la
delantera.[37]
Néstor, el anciano, reñía a Agamenón,
¿ves?, Aquiles
no usa sus peligrosas armas,
ni viene a la plaza,
le has quitado a Briseida, deshonrándolo
mucho,
y no romperemos nunca, sin él, las
puertas
de Troya,
debes
ahora
repararlo
con esto
y con lo otro.
Vale, por que salga a pelear
otra vez
el tozudo Rubio
le regalaré siete trípodes
nuevos,
diez talentos de oro,
veinte calderas de bronce,
doce caballos
muy corredores,
siete labranderas lesbias,
las más hermosas de su país,
siete villas fuertes
y marineras
que dan uva, y bueyes, y
corderos,
y,
si ganásemos Troya,
tu nave mirmidona cargada de
tesoros
y sus veinte doncellas mejores (a
Elena
no).
Te devolveré,
claro,
primero,
a Briseida,
y te aseguraré con mucha
ceremonia,
arrancando unas cerdas de un cochino
montés
y dándoselas luego a los vientos,
degollándolo
y abismándolo en el mar,
que no la he conocido
carnalmente.
No hay juras, me parece,
más fuertes.
Encima de todo eso podrás tomar,
como regrese yo
entero
a Argos,
de mis tres hijas,
Crisótemis, Laódice e Ifianasa,
la que prefirieses,
ricamente dotada.[38]
Fueron Ulises y Áyax
el alto,
con dos heraldos, Odio y Euríbates.
Aquiles
no quiso.
Considerad lo de Menelao:
porque el príncipe Paris le robara
a Elena
nos vemos en éstas. Y su hermano Agamenón,
cuando perdió a Criseida, exigió que le diese
yo,
para compensarlo,
a Briseida.
¿Es que sólo los Atridas pueden amar a sus
mujeres
más o menos legítimas?
No,
también yo quería mucho a la mía, aunque la
hubiera ganado
con mi lanza. No. No se me da
nada
su rescate, ni rebajaría,
con ellos,
mi ira.
Que goce Agamenón
de Briseida.
Dentro de tres días me embarcaré para casa,
y sabré hallar, en la Hélade,
o en Ftía,
una esposa
mejor.[39]
Pero le han matado a Patroclo, y Aquiles
acepta
ahora,
indiferente,
el rescate.
Recibió
a Briseida,
fiado de la palabra
religiosa
de Agamenón,
no la he tocado.
Briseida (parecía Venus,
y de oro) dijo su duelo
nuevo
por Patroclo,
abrazada a su cuerpo roto,
perdí, en Lirneso, a mi padre,
a mis tres hermanos,
al marido,
seguía tristísima la cuerda de
prisioneras,
te acercaste,
dijiste,
venga,
mujer,
¿qué lloras?
Yo te arrimaré
a Aquiles.
Y cuando termine esto,
en Ftía, entre los mirmidones,
se casará contigo con mucha pompa y alegrías
sonadas.[40]
--¡So!
Cuando Príamo vino a recoger el cadáver
estropeado
de su mayor
ya dormían (ya no dormían) juntos Aquiles
y Briseida.
El rey
viejo
de Troya
veló aquella noche el cuerpo de Héctor
en el zaguán de la tienda del capitán de los
mirmidones,
y espiaría el escándalo de su amor
rabioso
y algo triste.[41]
finales de Briseida
Homero se calla,
o ignora,
la suerte de Briseida después de morírsele
Aquiles, su dueño
y amigo.
Quinto de
Esmirna cuenta su duelo
en los
funerales de Aquiles, su marido,
mi marido. Desde el centro del
corro de lloronas
Briseida se
corta las trenzas
y,
pelona,
contempla estremecida a
Neoptólemo Pirro, el Rubio, lleva
las armas de su padre,
lo repite
exactamente.[42]
Cerca de la fuente casótida Pausanias
visitó un quiosco
en cuyas paredes Polignoto había pintado el
final de Troya.
Allí se reunían los de Delfos
a contarse.
En una de las viñetas aparecen Briseida,
Diomeda e Ifis,
las tres que alegraron el generoso gineceo de
Aquiles, miraban
a Elena, celosas
tal vez,
o con odio.[43]
Epistolar
--Dice
que no. Desaprecia oros y bronces,
las siete ciudades,
la cuadra
y los coños más o menos principales
que le apalabraba el general. Que monte
a Briseida,
y la llene de baba, dice,
y se encoge de hombros. Yo, dentro de tres
días,
me vuelvo a casa,
y encontraré esposa de mi raza,
y de mi calidad.
Ovidio[44]
fingió la carta que Briseida, enterada
de aquella embajada,
le escribió a Aquiles desde la tienda de
Agamenón, su señorito
nuevo.
I’m writing this letter in the clumsy Greek
of a barbarian. I miss you, Achilles. Come, all bloody, with murderous eyes,
and take me back. You stole me away once upon a time. Now won’t you rape me
again? Please? Or ask the general politely. He is willing to let me go. Anyhow
he does not dare touch me. I would try to escape, but if the Trojans catch me I
might end up sweating my ass off in Hecube’s kitchens. Oh, shit, man, what’s
eating you? You just stay in your tent around the clock playing some silly
stringed instrument (a fucking guitar, for God’s sake!) for that dubious
male-friend of yours, Patroclus. Go get your sword! You should be drumming it,
tearing the Trojan walls down with your noise! Or setting fire to the Greek
Navy, levelling their camp as you look for me...
You spoiled brat, your choler is too slow,
your famous violence too indifferent.
You see, I’d soothe your nights, in your
tent, so that you come out strong, good as new, in the morning, and gain, with
your arms, a place in that poem Homer is dreaming up, or, if you’d rather go
back to your hometown, and live the long boring life of common men, I’d sail
away with you, and let you, and let you...
Diomedes
Dos
Novelado
en el medievo,
Diomedes saldrá guapo,
chulo.
Está verde (no ha conocido mujer), pero
resulta
muy acertado galán,
pues gana a Criseida enseguida,
en el trecho que lleva desde la puerta de
Troya
a la tienda de su padre, en los cuarteles de
los aqueos.
Después, caballero, gastará un favor que le
ha dado su dama,
y Troilo, viéndolo, se sabrá
cabrón
y lo buscará en el campo. Toparán
en alguna ocasión,
empatando.
Uno
Porque quiso,
también
él,
a Elena[45],
Diomedes Tidida fue a Troya
capitán de ochenta
negras
naves.[46]
Allí pudo
mucho,
hechizado por
Atenea, su virgen
particular,
tanto que tuvo principalía en la Ilíada,
habría acabado
a Eneas si éste no tuviera
otra epopeya
a su nombre,
lastimó, por
ejemplo, con su pica,
la mano blanquísima
y húmeda
de Afrodita,
la que empleaba para masturbarse durante sus
celestiales
siestas,
y combatió al dios de la guerra,
espantándolo.[47]
Tuvo un regreso
cómodo,
sin cuentos.[48]
O no.
Odiseo quiso
faltar a sus fuertes juras, no ir
a romper Troya,
y empezar
luego
su novela,
y, cuando
vinieron a reclutarlo, hizo la parte
del tarado.
Pero Palamedes (era
ingeniosísimo, inventó los dados[49]
y once letras del alfabeto
griego[50])
descubrió que era fingida la
locura del Laertíada.[51]
Odiseo lo odió
por eso
y, con la ayuda de Diomedes,
amañó su deshonra
y su muerte.[52]
Nauplio, el padre de Palamedes,
lo supo,
y mareó la
Grecia,
visitando a las
esposas de los helenos,
tentándolas con
sus vecinos
más guapos,
y arrimó a
Clitemnestra con Egisto,
a Meda con
Leuco,
a Egialea, la
mujer de Diomedes,
con Cometes.
A Penélope
no pudo.[53]
Saqueada Ilión, Diomedes llegó a Argos,
lo enteraron de las travesuras de su
esposa
y la repudió,
puta.
Se fue
después,
y una tempestad lo llevó hasta Italia,
donde fue bien recibido por el rey
Dauno,
que le dio a su hija. Fue allí
muy estimado,
tanto que conmemoran su muerte todos los
años
con fiestas que él apellida.[54]
Tres
Dos, uno,
tres. Tres. Si rebuscas
en los antiguos
a Troilo y a Criseida (a Briseida) cuesta
explicar
qué pudo arrimarlos en la carrera de los
siglos,
como no fuera la lindura del principito.
El caso de Diomedes es distinto. Está
lo de Pándaro. Lo de Dares.
Las únicas apariciones de estos personajes
que tendrán partes
principales
en la carrera de la historia de Troilo y Crésida
en los poemas homéricos
van ligadas a las hazañas de Diomedes.
Hay más: Diomedes brilla por gracia de
Atenea, su santa
privada:
así, resplandeciente, pudo enamorar a
Criseida.
y cuatro
Hay más aún: hay,
sobre todo,
me parece a mí,
esto:
lo odió Nauplio por lo de su hijo Palamedes:
¿no inventaría Nauplio,
tal vez,
la historia
de Troilo, Criseida y Diomedes?
¡Le iría con ella
a Eagilea,
para meterle celos...! Luego los mares
llevarían
y traerían el cuento...
Pándaro
soldado
Homero pinta a
Pándaro con formas,
o maneras,
divinas. Es el hijo de Licaón,
y ha venido a socorrer a los
troyanos desde su ciudad, Zelea,
que se moja los pies en el río
Esepo.
Para estorbar
paces
Atenea, transfigurada y
travestida, bajo disfraz de soldado
lancero,
buscó detrás de las filas de
escudos a Pándaro.
--¡Anda, vota
a Apolo
y usa tu arco contra Menelao!
Alejandro Paris te daría
muy buen pago,
y alcanzarías de paso la gloria.
Pándaro tenía arco
de cuento,
armaran la vara con las astas de
un cabrón montesino,
y la cuerda con el nervio de un
manso. Te sacrificaría, Apolo,
cien corderos,
si acertaba,
dijo,
y disparó.
Pero la diosa
de ojos de lechuza favorecía a los aqueos,
y sólo había bajado para sembrar
cizaña: de una manotada
desvió la flecha un poquito:
la punta rompió la hebilla de oro
del cinturón de Menelao
y atravesó su doble faja,
haciendo
sangre, asustándolo, y
enardeciendo
a sus hombres.[55]
Luego Pándaro
osó lastimarle el hombro con otra saeta
a Diomedes. Fue
en mala hora,
en el canto quinto, el de la principalía del Tidida.
Fue para peor: la herida le agrió
la leche a Diomedes,
y ahora mataba con saña.
--¡Mira a
Diomedes, Pándaro! –le decía Eneas--.
Párale los pies con una de tus
famosas flechas,
que nos diezma.
--Ya le he
dado, y mi arco, está visto,
no me va a servir. Y carro
no tengo. Por ahorrar
lo dejé en casa,
enfundado, con mis caballos.
Engordan mis animales
en mis establos.
Así, si yo no vuelvo, mi mujer
podría venderlos,
no lo perdería todo.
--¡Pues súbete
a mi coche! –contestó Eneas--. Yo arreo, tú
cruzas lanzas.
Toparon los dos
carros, y aún estropeó Pándaro
la rodela de Diomedes.
Pero éste le metió la lanza a
Pándaro por las narices,
quebrándole el rostro como un
espejo.
A Eneas lo pudo sacar del ruido
Afrodita, su hada
madrina,
bajo sus faldas.[56]
tercero
*****
Boccaccio, para
Il Filostrato, engendra a un pándaro
muy cambiado.
Este Pándaro italiano no usa arco
ni flechas
ni lanza. Media
con éxito
entre Crésida, su prima, y
Troilo. Pándaro
parece,
un poco,
compañero de pupitre de Troilo,
de los que han repetido curso y
se las saben
todas. He amado, decía, con poca
suerte, y amo
todavía,
desgraciado. Sí,
como tú,
he querido
secreto. No: ella
no me sabe siquiera. Conque dime
y te diré.
Diomedes le
llevó a Crésida a Calcas, el brujo, su padre,
que adivinaba para los griegos.
Troilo había citado a la niña, y
ésta
no venía.
Su primo Pándaro la disculpaba,
no habrá podido por esto
o por aquello.
Luego Troilo soñó que un jabalí
revolcaba a Criseida
con los remolones,
y leyó que el puerco era Diomedes,
que gastaba la bestia montesa en
el escudo familiar.
Pándaro le quitó importancia,
son, los sueños,
aire.
Probarán, no obstante, traidora a
Crésida,
y Pándaro,
sintiéndolo mucho,
la maldice.
*****
El Pándaro de
Chaucer no es primo de Crésida,
sino su tío,
entrado en años,
y ejerce con más chispa que el de
Boccaccio.
El personaje refleja
perfectamente la edad de sus autores:
Boccaccio era un imberbe
bobo
cuando escribió Il Filostrato,
mientras que el inglés había
visto mucha agua correr.
*****
Con Shakespeare
Pándaro
se hará carne.
Calcas por Crises
Porque en lo de Homero Calcas declaró
la cólera de Apolo[57],
que arrancaba de la afrenta sufrida por
Crises,
su sacerdote (quería que le devolviesen
a su hija),
alguno, leyéndolo con demasiada prisa, los
confundió,
y quedó ya para siempre Criseida
de hija de Calcas.
Según Dictys Cretensis
y Dares el Frigio
Prólogo
“Decía
uno que Homero fabricaba embustes,
Que
sus poemas eran fingidos,
Que
fue favorable a los griegos, y,
Por todo ello, no tenía lo suyo sino por fábula.”
(Geoffrey Chaucer, La Casa de la Fama)
Tuvieron habitación
y oficina
en aquella misma casa de famosos
Dictys el Cretense y Dares el Frigio. Dictys despachaba
al pie de las naves que sitiaban Ilión;
Dares la defendía. Los dos
la contaron. Los dos fueron
parciales,
pero, porque estuvieron allí, pareció a los
poetas medievales
que trataron la Materia troyana que su verdadera
historia
había que buscarla, repartida, en sus burdos
textos.
Dictys Cretensis, Ephemeris Belli Trojani
Dictys de Cnossos, secretario de
Idomeneo, apuntó,
en el alfabeto
fenicio, y en tablas
de madera de
tilo,
el Diario de la guerra de los troyanos.
Los siglos, o un terremoto,
removieron su sepultura,
y unos pastores hallaron,
dentro de ella,
la caja de latón que custodiaba
el libro
de palo. Su amo, Eupraxides,
y Rutilio Rufo, el gobernador de
la isla,
se lo presentaron a Nerón. El
Emperador
ordenó que lo volviesen en letras
griegas,
y Lucio Septimio lo trasladó al
latín
para Quinto Aradio Rufino.
Dictys el Cretense escribía
para luego,
todas las noches, en el campamento, las
noticias
más o menos interesadas
que le traían los aqueos de la guerra.
Supo los raptos de Criseida
y Briseida.
Aquiles atacó a los cilicios y
tomó Lirneso.
Dio muerte a su rey, Eetión,
y robó a su esposa Astínome, la
hija
de Crises.
Luego arrasó
Pedasos, la capital de los léleges. Su rey,
Brises,
desesperado, se ahorcó de una
viga del palacio
que se derrumbaba (y a su hija,
Hipodamía,
se la llevaron prisionera).[58]
Dictys registra la fuga de los “bárbaros” en
la primera batalla.
Han traído cautivos a dos de los hijos de
Príamo, a Licaón
y a Troilo. Hicimos corro
a su alrededor,
y Aquiles ordenó que los degollásemos.
Lloraron
mucho
en Troya
a Troilo,
pues era muchacho (miraban
su corta edad, hombreaba
apenas), y su favorito, su niño
mimado,
por su modestia, y su honestidad, sobre todo
por su belleza.[59]
Dares
Phrygius, De Excidio Trojae Historia
El Dares que rima
Homero
es ricohombre
y perfecto,
y sacerdote de
Hefesto, el artífice
maravilloso.
Diomedes, peón,
vuelca el carro de sus dos hijos,
le mata uno con
su pica (el segundo,
disimulado por el Patizambo,
alcanza a huir), les quita
los caballos.[60]
Pues a este Dares Frigio harán autor de una Historia
de la caída de
Troya. La
escribiría mientras cercaban su ciudad,
y parece por eso a Cornelio Nepote, que
encontró en Atenas
su libro
y lo pone en latines para su tío Salustio
Crispo,
más cierto (más
de fiar) que Homero.
Dares
hace el retrato (que los vio
con sus ojos) de los personajes principales
de este cuento.
Éntrate conmigo
en su galería. Mira. Mira
a Troilo, magnífico,
bonito, valiente (considera
su edad),
forzudo, apasionadamente
virtuoso.[61]
Mira a Briseida, hermosa, de estatura
no muy alta,
blanca, la cabellera de oro
rojizo y suavísima,
cejijunta, los ojos
graciosos, lo mismo que su cuerpo,
dulce,
afable,
vergonzosa, simple
(o sencilla),
pía.[62]
Mira, finalmente, a Diomedes, también fuerte,
cuadrado (cabal), bello
de cuerpo
y austero en el gesto, violento
en la batalla,
ruidoso,
le bullen los sesos, impaciente,
audaz.[63]
En ningún momento se mezclan
sus naipes
en esta Historia,
solamente
aquí,
Diomedes elogia a Troilo, segundo
Héctor,
y recibirá una herida
fea
de él.[64]
Troilo es el hijo
pequeño
de Príamo y Hécuba.
Tras la muerte de su hermano mayor,
Héctor, Troilo será
su guerrero más bruto.
Marca con sus hierros a los dos Atridas,
y a Diomedes,
dos veces espanta a los mirmidones,
hiere a Aquiles, su capitán,
y sólo estorba su carnicería Áyax Telamónida.
A la otra mañana otra vez se mete
jineteando
entre los mirmidones,
pero ahora le lancean el caballo,
y cae debajo del animal. Ahora
llega Aquiles,
y le da una muerte ventajosa, cobarde. Querrá
además
su cadáver,
pero su tío Memnón lo defiende y lo entra
en Troya.
Celebran por él juegos fúnebres.
Hécuba llora a Héctor
y a Troilo,
sus dos hijos
preferidos,
y urde la muerte de su asesino.
La reina lo cita en el santuario de Apolo
Timbreo, le daría
a su hija Polixena por esposa, pero ven
descalzo,
que nadie puede entrar zapateando en el
templo. Paris,
escondido,
le acierta el talón
de cuento
con una flecha.[65]
Benito de San Mauro
El primero que armó el triángulo
irregular
que encerraba las pasiones de Troilo, Briseida y Diomedes
fue,
que se sepa,
Benito de San Mauro,
en su Roman de Troie,
de 1160.
Homero
no vale,
dice. Fue, sí, un poeta estupendo,
que supo mucho. Pero nació
con retraso, cien años después de la ruina de
Troya,
y mezcló a los dioses con los hombres.
Servía mejor Dares, nacido
y criado en la atrabajada villa.
Dares vio que aquello iba a traer
cola, y que muchos romanceros torcerían,
por arreglar una rima,
la verdadera historia del cerco de Troya,
así que decidió anotar cada noche en un
cuaderno
las gestas diurnales.
Dice Benito que su novela traduce tozudamente
al francés
la versión latina que de la Historia de la Destrucción de Troya
hizo Cornelio. Dice.
Benito de San Mauro pudo manejar el
grueso libro de Cornelio
que a nosotros nos ha llegado adelgazado,
resumido.
En todo caso, fuera así
o no,
en el traslado al francés cambió
el cuento,
que los héroes antiguos dan en caballeros
muy noveleros,
de la casta, más moderna, de Amadís o
Lanzarote del Lago.
Viene el final de Ilión muy mudado en
esta novela
en verso
de Benito.
Calcas, el agorero de la expedición griega,
es aquí
oriundo de Troya,
un mago favorito de Apolo. En Delfos
la pitonisa,
de parte de su patrón,
advirtió a Calcas,
desafinada,
que abandonase a Troya a su segura
mala
suerte
y pronosticase para sus enemigos. Y Calcas,
pío,
obedeció.
Briseida ya no es, ni volverá a serlo
nunca,
en las relaciones de luego,
la hija de Brises, sino de Calcas,
el cura que traicionó a su país.
Preocupado por la niña
de sus ojos
Calcas rogó a Agamenón, su nuevo señor,
que la sacara de la ciudad sitiada, que se la
trajera.
Fue su embajador delante de Príamo, el rey de
Troya,
Diomedes.
El viejo rey habló
triste.
Porque Briseida es muy buena chica,
y patriota,
no mando que la suban al potro,
y que la lleven luego, emplumada, a la
hoguera.
Porque odiamos a Calcas, y aborrecemos
todo lo suyo, y ella arranca
de él,
se la entregamos.
Ay. Briseida tenía
novio, Troilo. La víspera de su partida
los amigos canjearon votos
de amor perfecto,
berrinches,
baba.
Camino de la toldería de los aqueos
Diomedes,
su escolta,
inició su cortejo, sería
yo
vuestro caballero
privado
y cariñosísimo.
Briseida protestaba,
qué iban a pensar,
no parecía correcto, ni me fío mucho
de usted. Pero cuando supo que él le había
quitado,
secreto,
un guante, ella no se enfadó.
Calcas recibió a su hija muy
aliviado,
la acariciaba. Briseida,
en cambio,
le echó en rostro que hubiese desamparado
sus banderas,
eres ahora, papá, el profeta de quienes
buscan
que se termine
Troya.
Maldigo tus ojos
alucinados,
y la voz misteriosa de Apolo, que ordena
mi desgracia.
Troilo y Diomedes se encontraban a veces
en el llano,
a la sombra de las murallas de la ciudad rodeada,
rompiendo lanzas, abollando
escudos. Hacían, en esto de pelear,
tablas. Sin embargo, en el ajedrez
del amor
dio mate Diomedes. Ganó,
de Briseida,
una manga,
y se adornaba con ella el yelmo.
Supo Troilo, entonces, viendo la prenda,
que había perdido a Briseida.
--¡Esquinera! –lloriqueaba.
--Me puteará
la fama –suspiraba
Briseida--. Serán desde ahora todos los
poetas
mis chulos.
Ya me dejemplan
aquí, en el campamento,
y en mi pueblo. Pero ha sido éste
mi palo de la baraja, que quise a Troilo, y
quiero
ahora
a Diomedes.
Troilo fue,
después de su hermano Héctor,
el troyano más bravo.
Desmontó a Diomedes,
y no lo acabó por amor
de Briseida. En su último lance los
mirmidones
lo separaron de sus compañeros
y se le echaron encima. Lo apearon
del caballo
y lo desarmaron. Y llamaron
a Aquiles. Aquiles le arrancó,
primero,
el yelmo,
y después
la cabeza,
ató el cuerpo a su carro y lo arrastró,
afeándolo.
Este Troilo fue precioso, y caballero
perfecto.
Briseida tuvo todas las gracias,
menos dos,
que gastaba el entrecejo demasiado
poblado
y el corazón
y el coño
dudosos.
Giovanni Boccaccio, Il Filostrato
Guido de Columna, juez siciliano
jubilado,
terminó, el año 1287, su Historia Trojana, en latín
y en prosa.
Giovanni Boccaccio sacó de este Guido,
y de Benito de San Mauro,
el asunto de Il Filostrato.
“Filostrato”,
o sea, “postrado
por el amor”.
Boccaccio echaba mucho de menos
a María de Aquino, señora de sus sueños
y de sus pensamientos más o menos viciosos,
la Fiammetta
que incendiaba suavemente su escritura
desde que se le fuera a Sannio, dejándolo
aburrido
y apagado
en Nápoles. El tano buscó cómo desahogarse, y
encontró
calcado
en Troilo
su caso
lamentable. Alivia
algo
contar lo de uno como de otro.
Il
Filostrato es un librito
rimado,
compuesto en octavas reales
y en su dialecto florentino
por un Boccaccio que verdeaba, poeta
aprendiz,
un teen
cursi
chalado por Cupido.
¿Bri? ¿Cri? En Homero
Briseida es la cautiva entoldada con Aquiles,
y Criseida
la prisionera que Agamenón tuvo que devolver
a su padre, Crises, el sacerdote
poderosísimo, después de que éste aojase a
los griegos.
Ya de antes habían hecho a Briseida hija de Calcas, y a Calcas,
que fuera profeta de los griegos, adivino
troyano, traidor de su gente.
Desde Boccaccio puede más
la “c”, y Criseida
será
para siempre
la amiga
furtiva
de Troilo,
mientras le duró la afición por el
principito.
En la Ilíada Aquiles le mató el marido a Briseida,
desocupándola,
y la colmó luego de atenciones.
Con Boccaccio la viuda
ligera
es Criseida.
Troilo se enamoró de ella cuando la vio
enlutada, separada
de las demás dueñas,
como apestada por su pérdida,
en la procesión del Paladio.
Troilo languidece,
flojea, pierde
color, se va en suspiros. Aquí
entra Pándaro. Pándaro es criatura de
Boccaccio que recogerá
Chaucer y llegará hasta Shakespeare.
Si en español Celestina dio su nombre
a las alcahuetas, el inglés llama, por este
personaje, “pandar”
al correveidile.
Pándaro procura a Criseida para Troilo
sin malicia.
Este Pándaro es,
por ahora,
de la quinta de Troilo, y primo hermano
de la chica, y no tiene nada del que cantó
Homero.
Pándaro supo tercerear, y Criseida
pronto se dejó querer
y hacer.
Ayudado por su felicidad
nueva
Troilo lucía en la batalla,
en la montería
y en los bailes de sociedad. Criseida
lo recibía con gran discreción
y muchísima alegría.
Pero hubo tregua, y canje
de prisioneros.
Calcas demandó a los griegos
su soldada,
que sus augurios les facilitaban muchas
victorias
parciales,
les evitaba pestes, les levantaba
buenos aires
para sus veleros.
--En vuestros calabozos se pudre
Antenor, el campeón
troyano. Y ellos tienen todavía a mi hija
Criseida. Liberad
al bruto
y que suelten a mi hija. Con eso me tendría
por muy bien pagado.
Troilo se tiraba de los pelos, sufría
desmayos,
protestaba.
--Ella
me va a olvidar. Se liará
con algún otro caballerete.
--Paris raptó
a Elena,
y fue esto.
¿Por qué no huís los dos? –sugería Pándaro--.
O le pides
a tu padre
que te case con ella.
Troilo, tan melindroso,
no hizo nada.
Sólo pudo arreglar una última cita nocturna
que voló voceando celos
y dándose adioses apresurados.
--Prométeme una cosa por lo menos, que
me conforme
un poco –dijo Troilo.
--Dime –dijo Criseida.
--Que dentro de diez días te hurtarás de
tu cárcel
suave
y te reunirás conmigo aquí,
en casa.
--Vale.
Troilo acompañó a Criseida hasta las
puertas de Troya
y allí se la pasó a Diomedes.
--Alegra esa carita, que vivías en una
ciudad
atrasada, pueblerina,
y estarás, dentro de nada, entre refinados
griegos. Y mírame despacio, que soy,
y valgo, mucho.
Diomedes ganó a Criseida. Criseida
dio plantón a Troilo. Esa noche soñó el
chaval
que un puerco montés la cogía con sus
colmillos.
--¡Será
Diomedes, el guapo! Bufa un jabalí en su
escudo
familiar,
por lo que le pasó a su padre, el rey Tideo,
en la cacería
de Quelidón.
Y ahora Diomedes empitona a mi nena a diario.
Troilo creyó
y no
en su pesadilla. Algo
la detendría.
Algo la demoraba. Iría él
al campamento de los griegos, de peregrino.
No iría, que lo conocerían.
Pero su rival se adornaba el yelmo con
la manga de Criseida,
gastaba en su casaca el broche que le
había regalado
él
la mañana de su partida, montaba
el caballo que había perdido.
Ahora Troilo continuamente buscaba a Diomedes
en el campo,
y atropelló, furioso, a un millar de griegos.
Pero dio con él
antes
Aquiles,
y lo mató.
--¡Amad, ya lo veis,
con tino –aconsejaba
Boccaccio-- y con muchísimo cuidado!
Geoffrey Chaucer, Troilo y Criseida
Geoffrey Chaucer quiso que nos
corrigiésemos
reparando en “el caso
de Troilo”.
En su Casa
de la Fama había citado a los seis poetas
que “soportan”
la historia
del final de Troya,
y aquí prefirió acogerse a la autoridad de un
Lolio
del cual solamente sabemos,
por Horacio,
en sus Epístolas,
que se ocupó en aquella guerra.[66]
Chaucer trató el tema con la sonrisa
traviesa
y algo melancólica
del palmero que ha gastado muchas suelas
en sus peregrinaciones
y ha conocido a muchos troilos
abobados, a muchas criseidas que tienen el
amor rápido
y corto.
Mejoró el cuento, pero sólo cambió una cosa
que importe: su Pándaro no es primo de
Criseida,
muchacho,
sino su tío, perro
viejo.
continuación de Robert
Henryson
En su edición de 1532 de la obra de
Chaucer
William Thynne metió,
a modo de apéndice,
o continuación,
el Testamento
de Criseida, del escocés Robert Henryson.
Para acortar la noche húmeda,
fría,
larguísima,
de aquel invierno de las tierras altas,
Henryson se arrimó al hogar, se sirvió
un güisqui,
arrimó todos sus demás deportes
y se puso a leer el poema que hizo Chaucer
sobre “la hermosa Criseida y el vicioso
Troilo”.
Y todavía, cuando lo hubo terminado,
para “romper
el sueño”,
cogió otro librito de su biblioteca.
“¿Quién sabe si todo lo que Chaucer escribió
sería verdad?
Tampoco sé yo si esta otra narración
está autorizada, o si fue fingida
nuevamente
por algún poeta,
su invención...”
Va.
Se hartó Diomedes
de Criseida, la repudió
y se buscó otra donde saciar su apetito,
caprichoso y breve.
Criseida, desolada y bajo disfraz,
apeada,
fue a la casa de su padre, Calcas,
que se levantaba a una milla o dos de la
ciudad.
--¡Me tuvo Diomedes y luego me ha
aborrecido, ya
no me quiere!
Este Calcas no es sacerdote de Apolo.
Sirve a Venus
y a su Hijo,
el Gamberro.
Criseida entró en la capilla, cerró
las puertas a sus espaldas,
y en lugar de encender velas a la Puta
y a Cupido,
los aojó.
--¡Mirad cómo me veo! ¡Toda puesta
y sin dos novios que tuve! ¡Y odiosa! ¡A esto
me ha traído
ser vuestra beata! --dijo, y entró
en éxtasis,
y se durmió.
Ha enfadado a la Señora del Amor. Le
manda
a su Hijo
en sueños, y el Niño,
sonando una campana,
convoca a los planetas. Bajaron
con Venus
a juzgar a Criseida
Saturno, Júpiter, Marte, Febo, Mercurio y
Cintia.
Y la apestaron.
Criseida quedó calva,
amarillenta,
seca,
fría,
escamada,
ronca,
atacada
de melancolía,
pobreta.
--Te rehuirá la gente,
con asco.
--No entrarás en poblado, andarás
siempre
fuera de los reales.
--Limosnearás en silencio,
para no pudrir el aire con tu aliento,
publicando tu paso con unas sonoras tabletas.
Así Criseida, pordiosera
y gafa,
halló albergue en el lazareto, y pedía
por los caminos.
A Troilo, mientras tanto, su forzada
soledad lo volvía temible,
insensato. Era
el campeador de los troyanos, su príncipe
valiente. Hoy se paseaba,
fanfarrón,
lejos de las murallas,
cuando vio a la leprosa.
No conoció a Criseida, pero algo hizo que
pensase en ella, conque echó un saquito de oros
y dineros
sobre sus faldas
y arreó temblando,
desmayado.
Ahí empezó a terminarse Criseida, entendiéndose
ella
tan falsa, y conociendo el amor tozudo de
Troilo,
y escribió su testamento. En él
devolvía a Troilo la sortija que le había
regalado él
en arras.
--El broche
y el ceñidor no puedo,
me tendrás que perdonar, se los di a
Diomedes.
Encomendaba su alma
a Diana,
pues deseaba pasar sus días fantasmales
andando con ella
las selvas y las fuentes,
en reparada virginidad,
y advertía,
por último,
a las mujeres,
que hicieran memoria de su mal ejemplo.
Troilo pagó sus funerales
y mandó que escribiesen sobre su lápida,
en letras de oro,
el mal acabar de su amiga.
y Shakespeare los subió a su
cielo
teatral
*****
Entra Troilo llamando a su paje: se
desarmará, no defenderá
la ciudad,
da en flojo, en manso, en poco valiente,
en torpe,
otras guerras, venéreas, lo fatigan,
pensar a Crésida.
Pándaro, el tío de la muchacha,
protestaba,
“por mi parte, no me meteré,
ni me emplearé más en este asunto”,
era que, por sus “trabajos”,
por su “labor”, todo aquel ir y venir entre
el uno
y la otra (“between
and between”),
no recibía de los dos sino ceños
y feos,
“Pándaro”, “dulce Pándaro”, le rogaba
Troilo,
“yo no”, le contesta él.
(I, 1 – 100)
*****
Pero Pándaro
disimulaba: él cumple con gusto
(¿algo vicioso?)
sus tercerías. Enseguida
visitó a su sobrina.
Comparó primero al príncipe
Troilo
con su hermano Héctor, vale más,
le decía,
y Helena lo prefiere, cambiaría
por él a Paris,
y aún pondría dinero para el
trueque,
mira, regresan nuestros soldados
del frente,
ven, sube conmigo a las almenas,
haremos otra revista
famosa,
pasaron Eneas, Héctor, Antenor,
Paris, Heleno,
y Pándaro glosaba sus talentos,
y ése, ¿ves?, ése es Troilo, la
espada
chorrea sangre, trae el yelmo
abollado,
“¡no ha visto los veintitrés!”,
“si yo tuviera por hermana
una de las gracias,
o la hija de alguna diosa”, a él
se la daría. La tentó
aún,
y le traerá “una prenda” del
chaval. “Por esa misma prendería
sois un rufián”, le responde,
algo grosera,
Crésida,
pero ahora, sola en el escenario,
confiesa su “amor
firme”,
que, si se resiste por ahora, es
porque “las mujeres son ángeles
mientras las cortejan”,
y “las cosas
ganadas están acabadas”.
(I, II, 36 ss.)
*****
Pándaro: ¿Habéis visto a mi sobrina?
Troilo: No, Pándaro. Rondo su puerta
Como un alma extraña en las orillas
estigias,
Esperando su pasaje. ¡Oh, sé tú mi
Caronte,
Y transpórtame deprisa a aquellos prados
Donde pueda gozarme entre los lirios
Como está prometido a los buenos! ¡Oh,
gentil Pándaro,
Arráncale a Cupido de los hombros sus alas pintadas
Y llévame volando hasta Crésida!
Pándaro: Entrad aquí en el huerto. Os la traeré
enseguida.
(III, II, 6 –
15)
Troilo,
miedica, se marea (III, II, 16 – 27).
Pándaro: Se está
arreglando; ya viene. Ahora tenéis que ser listo. La veréis ruborizarse, y os
parecerá que le falta el aliento, como si algún fantasma la espantase. Os la
traeré. ¡Es la bruja más linda! Tiene el corazón alborotado, como el de una
golondrina recién cogida.
(III, II, 28 - 32)
Entra ahora
Pándaro con Crésida, “velada”.
Pándaro: Venga,
venga, ¿qué necesidad tienes de sonrojarte? La vergüenza es cosa de críos. [a
Troilo] Aquí la tenéis. Repetidle aquellos juramentos que me hacíais a mí. [Crésida
se aparta] ¡Qué! ¿Otra vez te irás? Habrá
que hacer contigo como con el azor, y quitarte el sueño antes de domarte, ¿no?
Ven, ven, que si te intentas escapar te ataremos a la carreta.
(III,
II, 38 - 43)
Pándaro pudo
arrimarlos, salió por discreción y volvió al rato, curioso.
Pándaro: ¿Qué?
¿Os ruborizáis aún? ¿Todavía no habéis dado fin a vuestra conversación?
Crésida: Bueno,
tío, si cometiese ahora alguna locura, te la dedico a ti.
Pándaro: Y yo te
doy las gracias por ello. Si mi señor te hace un chico, me lo darás. Y sé
verdadera con mi señor, que, como él vacilase, podréis reñirme.
(III, II, 96 –
102)
¡Éste es el
ogro de los cuentos, que arranca a la princesa la palabra de entregarle a su
hijo primero!
Coqueteaban.
Troilo: Pero, ¡ay!,
Soy yo tan verdadero como la simpleza,
Y más simple que la verdad en su
infancia.
Crésida: Esos títulos os los disputaré yo.
Troilo: ¡Oh, qué guerra tan virtuosa,
Cuando dos derechos discuten sobre cuál
es más derecho!
Los mozos verdaderos probarán su verdad,
En los mundos por venir, midiéndola con
la de Troilo. Cuando a sus rimas,
Llenas de protestas, de juramentos y de
grandes comparaciones,
Les falten símiles, y cansen a la
lealtad con tanta reiteración, diciendo,
“Soy tan de fiar como el acero, y puedes
depender de mí
Con la misma puntualidad con que las plantas crecen o menguan con la
luna,
Como el sol sigue al día, la tórtola a su pareja,
El hierro a la piedra imán, la tierra a su centro...”,
Entonces, después de todas estas comparaciones,
Me citarán como autoridad en lo que toca a la constancia,
Y coronarán su poema, santificando el número de sus versos,
Con estas palabras, “soy, en fin, tan verdadero como Troilo.”
Crésida: ¡Ojalá seáis profeta!
¡Si yo soy falsa, o me aparto un pelo de
la verdad que os debo,
Cuando el tiempo envejezca y no se
acuerde de sí mismo,
Cuando las lluvias hayan ablandado las
piedras de Troya,
Y el ciego olvido se haya tragado las
ciudades,
Y el viento desgaste los estados más
poderosos,
Borrándolos y devolviéndolos al polvo,
entonces,
Que todas las doncellas que son falsas
en el amor
Hagan memoria, y me reprochen mi
falsedad!
Después de que hayan dicho, “Tan falsa
Como el aire, como el agua, el viento o
la arena,
Como la zorra con el cordero, como la
loba con el ternero,
Como el oso pardo con el corzo, como la
madrastra con su hijo”,
Que digan aún, para confirmar su
falsedad,
“Tan falsa como Crésida”.
Pándaro: Vale,
trato hecho. Selladlo, selladlo, que yo seré testigo. Aquí pongo vuestra mano
sobre la de mi sobrina. Si alguna vez uno de los dos engaña al otro, puesto que
me he tomado tantas molestias por juntaros, que todos los lamentables
correveidiles lleven mi nombre hasta el fin del mundo: llamadlos “pándaros”.
¡Que digan “troilo” a todo hombre constante, “crésidas” a las falsas, y
“pándaros” a los zurcidores de amores! Decid “Amén”.
Troilo: Amén.
Crésida: Amén.
Pándaro: Amén. Y
ahora os mostraré un cuarto con cama, y para que la cama no divulgue vuestros
bonitos encuentros apretadla hasta darle la muerte. ¡Hale!
[Salen
Troilo y Crésida.]
¡Y que Cupido otorgue a toda doncella
demasiado tímida
Cama, cuarto y pándaro como éstos, y el
mismo aparato! [Sale.]
(III,
II, 163 ss.)
Shakespeare
documenta con esto el uso de la voz “pándaro” para pintar a quien procura
amores para otro. Es Pándaro, pues, nuestra Celestina. No pasarán, en cambio, a
nombres comunes, Troilo y Crésida, y ni siquiera perdurará su fama en
expresiones como “más leal (más tonto) que Troilo” o “más falsa (más puta) que
Crésida”.
*****
Calcas:
Ahora, príncipes, por el servicio que os
he prestado,
La
ventaja de la ocasión me empuja a pedir en voz alta
Mi
recompensa. Recordad
Que,
porque entiendo las cosas que tienen que suceder
Abandoné
Troya, dejé mis posesiones,
Incurrí
en el nombre de traidor, y me expuse,
Renunciando
a conveniencias ciertas,
A
dudosas fortunas, apartándome forzosamente de todo
Cuanto
los años, la amistad, la costumbre y mi condición
Habían
domado, volviéndolo familiar.
Así
aquí, por favoreceros, me veo
Nuevo
en el mundo, extraño, desconocido.
Ahora
os pido, como a hombres honrados,
Que
me paguéis una parte de los muchos beneficios
Que
registrasteis en vuestras promesas,
Y
que, según decís, me corresponden.
Agamenón: ¿Qué
quieres de nosotros, troyano? Haz tu demanda.
Calcas:
Tenéis
vosotros un prisionero troyano, llamado Antenor,
Capturado
ayer, muy caro para Troya.
A
menudo, y es algo que me tiene muy obligado,
Habéis
deseado que viniese mi Crésida, ofreciendo por ella grandes riquezas,
Y
Troya os la ha negado siempre. Pero este Antenor
Es
la llave que afina los instrumentos de su Estado,
Y
sin él desentonan, por lo cual estarían dispuestos
A
darnos a un infante, a un hijo de Príamo,
A
cambio de él: enviadlo allí entonces, grandes príncipes,
Y
con él compraremos a mi hija: con su mera presencia
Me
daré por bien pagado,
Tolerando
mejor mis otros pesares.
Agamenón: Que Diomedes conduzca a Antenor,
Y
nos traiga luego a Crésida: Calcas tendrá
Lo
que solicita de nosotros.
(III,
III, 1 – 32)
*****
Entran Troilo y
Crésida.
Troilo: Cariño, no tengas prisa, que viene fría la
mañana.
Crésida: Entonces, mi dulce señor, llamaré a mi tío.
Él desatrancará las puertas.
Troilo: No lo molestes.
¡A la cama, a la cama! ¡Que el sueño
cubra esos ojitos tan monos
Y proteja con un manto blando tus
sentidos,
Dejándote como a un niño, vacía de
pensamientos!
Crésida: Buenos días, entonces.
Troilo: Te lo ruego, a la cama.
Crésida: ¿Te has cansado de mí?
Troilo: ¡Oh, Crésida! Si el atareado día,
Alarmado por la alondra, no hubiese
despertado a los escandalosos cuervos,
Y la noche pudiera ocultar aún nuestros
gozos,
No me iría de tu lado.
Crésida: La noche ha sido demadiado breve.
Troilo: ¡Condenada bruja! Acompaña a los duendes
venenosos
Con el tedio del infierno; en cambio,
escapa a las garras del amor
Con alas más rápidas que el pensamiento.
Cogerás frío, y me echarás la culpa.
Crésida: Por favor, quédate. Vosotros, los hombres,
os vais enseguida.
¡Ay, qué boba has sido, Crésida, podrías
no haber dado tu brazo a torcer,
Entonces él se quedaría! ¿Oís? Hay
alguien levantado.
Pándaro [fuera]: ¿Qué
hacen abiertas todas las puertas?
Troilo: Es tu tío.
Entra Pándaro.
Crésida: ¡Así le dé un mal aire! Ahora se burlará.
¡Será mi moscardón!
Pándaro: ¡Huy, huy, huy! ¿Qué ha sido de vuestras
flores?
¿Quedan doncellas? ¿Dónde está mi
sobrina, Crésida?
Crésida: ¡Que te ahorquen, tío! ¡Pareces travieso,
burlándote así!
Tú me has empujado a hacer...y ahora te
metes conmigo.
Pándaro: ¡A hacer qué? ¿A hacer qué? Deja que lo
diga...
¿Qué te he empujado a hacer?
Crésida: Venga, venga, ten corazón. No conoces la
bondad,
Ni la toleras en los demás.
Pándaro: ¡Ja,
ja! ¡Ay, pobre chica! ¡Ah! Y el cabezón de este pobre bobo, Troilo, ¿no ha
pegado ojo esta noche? Supongo que no lo habrá dejado (¡gamberro!) dormir...
¡Que el hombre del saco se te lleve!
Crésida: [a Troilo] : ¿No
te lo decía yo? ¡Así le dieran de palos!
[Llaman a la puerta.]
¿Quién llama a la puerta? Vé a ver, tío, sé
bueno...
Mi señor, entraos conmigo de nuevo en mi
cuarto.
¿Os sonreís? No hablaba de eso...
Troilo: ¡Ja, ja!
Crésida: Basta, basta, os engañáis. No estaba
pensando en eso.
¡Qué ruido están haciendo! Os lo ruego,
entrad.
No quisiera que os viesen aquí, aunque
me ofreciesen la mitad de Troya.
(IV,
II, 1 – 42)
*****
Llegó la embajada. Crésida protestaba.
--¡Que no voy!
--¡Que sí!
Crésida, rabiosa, renegaba de su casa:
--No,
tío: he olvidado a mi padre;
No
reconozco ni pizca de consanguineidad,
Y
no hay pariente, amor, sangre, o alma tan cercanos a mí
Como
el dulce Troilo. ¡Oh, vosotros, divinales dioses,
Haced
del nombre de Crésida la corona de la falsedad
Si
alguna vez abandona a Troilo!
(IV, II, 103 ss)
*****
De nada le valió la pataleta. “Mi señor,
seréis verdadero?” “¿Quién, yo? Ay, es mi vicio, mi falta.” (IV, IV, 100 – 101)
Dio a Troilo, en prenda de su amor seguro, su guante, y recibió de él una
manga. Luego se subió al carro de aquel griego, aquel guapo, Diomedes, que la
piropeaba y amenazaba: “Cuando esté lejos de aquí, / responderé a mi gana.”
(IV, IV, 130 – 131) (IV, IV)
*****
En el campamento de los aqueos los capitanes
se turnaron para sobar a Crésida respetuosamente, todos menos Ulises, que la
olió mejor:
--¡Puta!
(IV, V, 14 –64)
*****
Aprovechando una tregua Troilo vino al
campamento griego, y trabó amistad con Ulises.
--Mi
señor Ulises, decidme, os lo ruego,
¿En
qué parte del campamento puedo encontrar a Calcas?
--En
la tienda de Menelao, principesco Troilo:
Allí,
esta noche, festejará a Diomedes,
Que
ya no mira al cielo ni a la tierra,
Pues
tiene los ojos puestos amorosamente
En
la hermosa Crésida.
(IV, V, 276 - 283)
*****
Tersites es un jorobado socarrón con muy
mala leche, un gracioso consentido que pone a Aquiles, quieto en su toldo, de
altanero y marica, y a Áyax de idiota, y a Melenao de cabrón. Aquí hace al
corifeo, y retrata a Diomedes:
--Ese mismo Diomedes es un villano de corazón
falso… (…) Gasta con facilidad (…) su palabra, pero cuando la cumple, los
astrónomos la predicen: es cosa prodigiosa, que traerá alguna mudanza. (…)
Dicen que tiene mantenida a una ramera troyana, y que usa para sus placeres la
tienda de Calcas, el traidor. Los seguiré. ¡Bestias rijosas! ¡Son todos unos
bellacos incontinentes!
(V,
I, 86 ss.)
*****
La escena segunda del último acto tiene
lugar a la puerta de la tienda de Calcas. Viene Diomedes dando voces, y Calcas
le contesta desde dentro:
--¡Eh! ¿Estáis
ahí? ¿Hola? ¡Hablad!
--¿Quién
llama?
--Diomedes.
Sois Calcas, ¿verdad? ¿Dónde está vuestra hija?
--Ahora
sale a veros.
La cita la propicia, o al menos la
tolera, el padre de Crésida. Parece secreta, pero la espían, y la glosan,
escondidos, Tersites, solo, desviado, y Ulises y Troilo, pobre.
Troilo [a Ulises, aparte]: Crésida ha salido a recibirlo.
Diomedes [a Crésida]: ¿Qué tiene ahora mi protegida?
Crésida: Oidme una cosa, mi dulce guardián. [Le
susurra algo al oído.]
Troilo [aparte]: ¡Huy! ¿Tan familiar?
Ulises [a Troilo, aparte]: Ésta le cantaría al primero que le salga.
Tersites
[aparte]: Y cualquier hombre puede tararear su copla, si acierta con su clave. La
tienen notada.
Diomedes: ¿Os acordaréis?
Crésida: ¿Acordarme? Sí.
Diomedes: No, pero
hacedlo, entonces,
Y ayuntad vuestros pensamientos a
vuestras palabras.
Troilo [aparte]: ¿Y de qué tiene que acordarse?
Ulises [a Troilo, aparte]: ¡Escuchad!
Crésida: Mi dulce y meloso griego, no sigáis
tentándome, que sería folía.
Tersites [aparte]: ¡Fullería!
Diomedes: No,
entonces…
Crésida: Os diré qué…
Diomedes: ¡Bah, bah, no me salgáis con ésas! Me lo
habeís prometido.
Crésida: No puedo. ¿Qué queréis que haga?
Tersites [aparte]: Un
juego malabar: abrirle tu secreto.
(...)
Ulises intenta quitar de allí a
Troilo, pero éste mirará aún.
Tersites
[aparte]: ¿Veis cómo el demonio, cachondo, con su gordo trasero y su boniato,
arrima a estos dos? ¡Así te frías en el infierno, doña Lujuria!
Diomedes: Entonces, ¿lo haréis?
Crésida: ¡Que sí, os digo, que sí!...
Ahí le dio
Crésida a Diomedes, su nuevo amigo, la manga de Troilo, su novio de antes.
Troilo: ¿Era
Crésida ésta? (...) ¿Ésta era ella? No, ésta es la Crésida de Diomedes. (...)
Ésta es y no es Crésida.
Troilo conoce
mejor a Crésida, sabe que “las conchas, la cizalla, las esquirlas y las
reliquias grasientas / de su carcomida fe van atadas, ahora, a Diomedes”, y la
quiso aún, con un amor “fijo”, seguro. Andaría ya, en adelante, claro,
distraído, y buscaría, eso sí, en la batalla, la manga con que se iba a adornar
el yelmo Diomedes.
(V, II)
*****
Pándaro: ¿Oís, mi señor, oís?
Troilo: ¿Qué pasa ahora?
Pándaro: Os traigo una carta de la pobre chica.
Troilo: Deja que la lea. [Troilo lee.]
Pándaro: ¡Esta
tos de tísico hija de puta! Tanto me fastidian esta hija de puta, esta tos de
tísico, y la desbaratada fortuna de esta chica, que entre unas cosas y otras os
dejaré uno de estos días. Padezco además de legañas, y de reuma en los huesos.
Es como si me hubiesen echado alguna maldición. ¿Qué dice la carta?
Troilo: Palabras,
palabras, meras palabras. Ninguna materia sacada del corazón.
[Rompe la carta en pedazos y la arroja
al suelo.]
¡Vé,
viento, al viento! Gira y muda con él.
Ella
alimenta aún mi amor con palabras y errores,
Pero
edifica a otro con sus hechos.
(V,
III, 97 ss.)
*****
Topaban a
menudo Troilo y Diomedes en el campo, y cambiaban golpes y fuertes palabras. Luego Troilo, rabioso, casca la
tregua que había, y pelean con saña otra vez griegos y troyanos. Cae Héctor, el
mayor de Príamo, y Troilo amenaza a todos los aqueos en general, y muy en
particular al ladrón de su chica:
--¡Os acabaré, os acabaré a todos! Y tú, grandísimo cobarde,
No
hay espacio de tierra que pueda separar nuestros dos odios:
Te
acosaré aún, como una mala conciencia, testaruda,
Que
modela monstruos con tanta rapidez como engendra pensamientos el frenesí…
(V, XI, 26 - 29)
Interrumpió su larga jeremíada
Pándaro.
Pándaro: ¿Os oís, os oís?
Troilo: ¡Quita,
corredor de amores, lacayo hideperra! ¡Que la ignominia y la vergüenza
Te sigan en vida, y vivan para siempre
cosidas a tu nombre!
[Salen todos
menos Pándaro.]
Pándaro: ¡Buena
medicina para mis doloridos huesos! ¡Ah, mundo, mundo, mundo! Cómo se desprecia
al pobre agente. ¡Ay de vosotros, traidores y alcahuetes, primero os aprietan
para que trabajéis, y luego os lo pagan así! (...) ¿Con qué versos decirlo?
¿Qué ejemplo poner? Dejadme ver:
(...)
Hermanos y hermanas que sujetáis, como
yo, la puerta del comercio carnal,
Dentro de unos dos meses os leeré mi
testamento.
Me toca ahora, pero temo
Que algún ganso de Winchester, picado
por el morbo gálico, me pite.
Entre tanto sudaré el mal y buscaré
algún alivio,
Y después, puntualmente, os legaré mis
rupias.
(V,
XI, 32 ss.)
*****
La “historia”
deja así
a Troilo,
echando espuma por la boca. Y Crésida
entretiene todavía en la tienda de su padre.
[1] En el Hesíodo
de Eratóstenes. “Hesíodo”, Certamen,
220 – 255.
[4] Higino, Fábulas,
XC, 3.
[5] Apolodoro, Biblioteca,
III, 12, 5.
[6] Sófocles, Troilo,
Fragmento 619.
[10] “Trôilon hippiocharmên…”
[12] Cicerón, Disputaciones
tusculanas, I, XXXIX, cita a Calímaco entre paréntesis: “(quamquam non male
ait Callimachus molto saepius lacrimasse Priamum quam Troilum)”.
[13] Según Juan Tzetzes (s. XII), Quilíadas, o Libro de historias,
XIII, 638.
[14] Cypria.
Fragmento 1.
[15] Higino, Fábulas,
CXIII, 3.
[19] “Hectore prostrato nec dis nec viribus aequis /
congressus saevo Troilus Aeacidae, / raptatus bigis fratris coniungor honori /
cuius ob exemplum nec mihi poena gravis.” (Ausonio, Epitafios, XIX)
[20] Apolodoro, Epítomes,
III, 32; Sófocles, Troilo, Fragmentos
619, 621 y 623; Primer Mitógrafo Vaticano, 210; Eustacio de Tesalónica, Comentario de la Ilíada (XXI, 257) de Homero, donde sigue el Escolio S-124257 a).
[21] Íbico, Policrates,
vv. 41 – 45; Dio Crisóstomo, Discursos,
XXI, 17; Estacio, Silvas, II, VI, 32
– 33.
[23] Piero Botani (ed.), The European Tragedy of Troilus, Oxford, Clarendon Press, 1989,
pág. 17).
[24] “…et veritas quidem [sin duda] hoc habet: Troili
amore Achillem ductum palumbes ei quibus ille delectabatur obiecisse: quas cum
vellet tenere [delicadamente], captus ab Achille in eius amplexibus periit. sed
hoc quasi indignum heroo carmine mutavit poeta.” (Mauro Servio Honorato, Sobre la Eneida de Virgilio, I, 474 –
478)
[26] Apolodoro, Epítomes,
V, 10.
[28] “Ilio tria fuisse audivi fata quae illi forent
exitio: / signum ex arce si perisset; / alterum etiamst Troili mors; / tertium,
cum portae Phrygiae limen superum scinderetur.” (Plauto, Báquidas, 953 – 955) También lo sabe Servio, Sobre la Eneida, II, 13, que añade a los plautinos otros tres.
[29] Ovidio, Remedios
de amor, 462 - 487.
[30] Chryseidos
Libri IIII.
[31] Hesíodo, Teogonía,
359.
[32] Apolodoro, Biblioteca,
II, 4, 10; II, 7, 8; Pausanias, Descripción
de Grecia, IX, 27, 6 – 8; Higino, Fábulas,
CLXII.
[33] Homero, Ilíada,
I, 1 – 497.
[34] Higino, Fábulas,
CXX – CXXI.
[35] Homero, Ilíada,
I, 181 – 187.
[36] Homero, Ilíada,
I, 318 – 430.
[37] Homero, Ilíada,
IX, 663 – 668.
[38] Homero, Ilíada,
IX, 91 – 161.
[39] Homero, Ilíada,
IX, 103 – 429.
[40] Homero, Ilíada,
XIX, 140 – 300.
[41] Homero, Ilíada,
XXIV, 675 – 676.
[42] Quinto de Esmirna, Posthoméricas, III, 552 – 581; 687; IV, 276; VII, 723.
[43] Pausanias, Descripción
de Grecia, X, 25, 3.
[44] Ovidio, Cartas
de las heroínas, III.
[45] Apolodoro, Biblioteca,
III, 10, 8.
[46] Homero, Ilíada,
II, 559 – 568.
[47] Homero, Ilíada.
[48] Homero, Odisea,
III, 180 – 182; Apolodoro, Epítomes,
VI, 1.
[49] Pausanias, Descripción
de Grecia, X, 31, 1.
[50] Higino, Fábulas,
CCLXXVII.
[51] Apolodoro, Epítomes,
III, 7; Higino, Fábulas, XCV; Licofrón,
Alejandra, 818; Ovidio, Metamorfosis, XIII, 35 – 39.
[52] Dictys Cretensis, Diario
de la guerra de Troya, II, 15; Apolodoro, Epítomes, III, 8; Higino, Fábulas,
CV; Pausanias, Descripción de Grecia,
X, 31, 2.
[55] Homero, Ilíada,
IV, 73 ss.
[56] Homero, Ilíada,
V, 95 – 126; 166 – 453.
[57] Homero, Ilíada,
I, 74 – 75.
[58] Dictys Cretensis, Diario
de la guerra de Troya, II, 17.
[59] Dictys de Creta, Diario
de la guerra de Troya, IV, 9.
[60] Homero, Ilíada,
V, 1 – 29.
[62] “Briseidam
formosam, non alta statura, candidam, capillo flavo et molli, superciliis
junctis, oculis venustis, corpore aequali, blandam, affabilem, verecundam,
animo simplici, piam.”
[63] “Diomedem
fortem, quadratum, corpore honesto, vultu austero, in bello acerrimum,
clamosum, cerebro calido, inpatientem, audacem.”
[64] Dares de Frigia, Historia
de la caída de Troya.
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