Tres alabanzas generales del aedo
alabanza primera
Ulises (lo ha
afeado Atenea, su abogada
muy parcial,
y viste harapos para hacer el
papel de pidientero) mendigaba
mendrugos entre los galanes de su
esposa,
ensayando su largueza.
Antínoo, el peor de todos, lo ha
insultado.
Eumeo, el rey
de la piara de Ulises, que está en el cuento
del disfraz de
su amo,
lo defiende con
una parábola que adelanta las de Jesús,
nos afanamos
detrás del profeta, del médico, del arquitecto,
del aedo,
porque nos
aprovechan
sus talentos,
y los recibimos como a príncipes,
en cambio, al pobre,
que nos fatiga con su bacineta y
sus tablillas de San Lázaro,
no le damos hospital en nuestras
casas.[1]
Ha dicho el mayoral de cerdos los
cuatro oficios
que sirven mejor a los hombres,
los de mayor utilidad,
y, entre ellos,
el del juglar,
que da recreo a nuestras almas.
alabanza segunda
Ulises convida
a Demódoco y dice su elogio
famoso,
todos los
hombres que andan
la tierra
(todos los
hombres que marean los mares)
honran
y aman mucho
a los aedos,
porque son
alumnos mimados de las Musas, their teachers’
pets.[2]
alabanza
tercera
Han ahijado las Musas (o el
musical
Apolo)
al aedo, y merecen, por eso,
él
y su mester,
el apellido de
divinos,
divinos.
Casos particulares de aedos
Prólogo
Dice Homero las historias (fueron
desgraciadas)
de dos aedos. Otros dos tienen
parte
en su Odisea.
Tamiris
Haciendo el Catálogo de las naves menciona la villa
de Dorio. Allí
las Musas,
dice,
le salieron a Tamiris, el tracio,
que volvía de Ecalia, de ver al
rey Eurito,
y lo lisiaron (el poeta,
discretísimo,
no menudea sus mutilaciones),
dejándolo impedido para el canto
y para la cítara,
porque se había dado charol,
tengo yo más gracia en la voz, y
en los dedos que andan
las cuerdas,
que aquellas ninfas, las hijas de
Zeus, mis patronas.[3]
Uno que hizo la guarda de Clitemnestra
Durante su Telemaquiada el anciano Néstor cuenta al príncipe de Ítaca
la torcida suerte de Agamenón.
Cuando el Generalísimo salió en
su almiranta
contra Troya
encargó la custodia (la
vigilancia
muy cuidadosa)
de la honra
de la reina
a su aedo
doméstico.
Egisto, emborricado, paseaba
la calle de Clitemnestra,
y, como el rodrigón estorbaba su
ronda, lo embarcó
y lo abandonó en una isla
desierta,
y allí fue pasto de la pajarería.[4]
Demódoco
Su señor, el
rey Alcínoo, cita, entre las blandas
diversiones
de los feacios,
la segunda,
la de la cítara.[5]
Tiene, por eso, paniaguado, a un
aedo
divinal
y ciego,
Demódoco.
Alcínoo ha
reunido en su palacio a los demás hijos
de algo
de la isla, quería
banquetear al extraño.
Su heraldo, Pontónoo, servía de
lazarillo de Demódoco,
lo sentó en
medio de ellos en una silla
rica,
apoyado junto a
una columna,
y colgó su
cítara de una percha,
a su lado,
y le colocó
delante una mesa, con pan y vino. Se hartaron,
y el aedo tomó la cítara y
comenzó el cuento
de la riña
muy celebrada
de Aquiles y Ulises,
sentados a otra
tabla,
en otro festín.
El forastero
moqueaba.
Lo notó su anfitrión, e
interrumpió el relato,
levantemos los
manteles,
mandó,
salgamos al
campo,
que se prueben
nuestros atletas. El heraldo
acompañó a Demódoco,
y le llevaba
la cítara.[6]
Jugaron a esto
y lo otro,
despejaron
luego una pista,
llevó el
heraldo a Demódoco hasta el centro,
pulsó éste la
cítara
y cantó la
monta
asustada
de Ares y
Afrodita, en casa
del cojitranco
Hefesto,
con el cómico
escándalo
de su descubrimiento
(y bailaban,
y daban palmas,
acompañando la música, los
feacios).[7]
Regalaron a
continuación los príncipes al huésped mantos,
túnicas,
copas de oro,
una espada
de bronce,
y lo bañaron
y ungieron con
óleos perfumados,
y lo vistieron,
y Nausícaa, pobrecita, enamorada
como una colegiala,
se asomó al
umbral,
le preguntó
como pudo (la estorbaba el
esfuerzo de sujetar
el berrinche),
devuelto a tu
patria, terminada
tu Odisea, ¿te acordarás
alguna vez
de mí,
que te he ayudado?
Todos los días que me concedan
aún los dioses
te rezaré,
hija,
serás mi virgen
privada.[8]
Otra vez se sentaron a la mesa, y
Ulises (pero escondía
todavía
su nombre)
convidó al aedo, y lo felicitó,
entiendo yo que importas más que
ningún otro hombre,
porque repites las suertes de los
dánaos como si hubiesen sido
las tuyas,
¿rimarás ahora, para mí, el
ingenio del caballo
de palo?
Demódoco cogió la cítara y lo
obedeció,
y siguió con la novela del final
de Troya,
ése es Ulises, va, con él,
Menelao, buscan la casa
de Deífobo, el marido
último
de Elena.
Otra vez el llanto arrasaba el
rostro de Ulises, hipaba, otra vez
lo observó el rey,
algo apesara a mi huésped,
suspende aquí, Demódoco, tu
canto,
tu cuento.[9]
Lloras (le
decía el rey de los feacios al héroe
secreto)
oyendo la industria
del caballo
carpintero,
y la especie de
muerte que dieron al príncipe Deífobo
Ulises
y Menelao,
¿es que no sabes que quisieron los dioses
que fuera Troya
(que no fuera
más)
para que los aedos pudiesen cantar
su desastrado final?[10]
Ulises pidió disculpas,
de nuevo puso
en los cuernos de la luna
el trabajo de los
aedos (le parecía
delicioso)[11],
es que me toca,
su materia,
muy cerca,
dijo,
y descubrió
quién era, y
cuánto
era.
Femio Terpíada
Falta en Ítaca
su señor,
y los
infanzones de todas las islas de la región
rodean con su baba
su casa,
y a Penélope,
gastan su
hacienda y sus criadas
peores,
emplean a
Medonte, su heraldo,
y a sus dos
trinchadores,
y a su aedo
asalariado,
Femio, el hijo de Terpio.[12]
En el patio del
alcázar, Femio Terpíada cantaba
para entretener
a los galanes
los regresos
malhadados
de los aqueos
(el de Ulises
no, que no lo sabía).
Penélope salió de sus
habitaciones, en el piso de arriba,
se asomó,
acompañada de dos criadas,
velada,
llorona,
mira,
aedo,
sabes las gestas de los brutos
más o menos antiguos,
y las historias grotescas de los dioses,
di,
entonces,
alguna de ellas,
y no estas otras, de extravíos
y naufragios
y traiciones,
que adelantan,
quizás,
el destino dudoso de mi marido.
Telémaco la riñó,
anda,
mamá,
enciérrate en tus cuartos,
vuelve a la rueca,
que somos los varones los dueños
de la palabra,
y, si Femio nos enseña cómo
volvió (cómo no volvió) éste,
o éste,
de Troya,
lo hace porque es comedia
nueva,
que distrae.[13]
Ulises hizo carnicería entre los
pretendientes, y luego
inquisición
de las lealtades de sus
empleados.
Mandará que cuelguen de una
cuerda
marinera
a las doce criadas que
desahogaban
la gana
de los galanes[14],
y que a Melantio, el insolente
cabrero, le corten las narices
y las orejas
y los compañones (y que arrojen
éstos
a los perros),
y los brazos
y las piernas[15],
y a Leodes, que descubría, o
fabricaba, sus futuros
mirando en las entrañas de los
animales,
lo degolló.[16] Vio entonces, torpemente escondido,
lleno de miedo,
a Femio,
y, acordándose de que había
acariciado con sus musicales dones
las tardes de los malos infantes,
levantó la espada. El aedo se
abrazó a sus rodillas, todo
lo hice,
mi señor,
forzado,
dijo,
y Telémoco lo defendió.[17]
Ulises bajó
la espada,
usaría al aedo.
Ojo que cuando se enteren los
parientes de los príncipes
de su matanza
querrán vengarse
enseguida,
ahora, mientras nos armamos,
cerraremos el palacio,
y Femio, tañendo la cítara,
cantará
un himeneo,
y las mujeres bailarán haciendo
mucho ruido,
y fingiremos,
con eso,
que Penélope ha escogido, por
fin, marido,
y celebra sus bodas
(¿reales?).[18]
Todavía sale Femio Terpíada, al
lado de Medonte, el heraldo,
se han juntado en la plaza los
padres
y los hermanos
menores
y casados
y los primos
de los galanes
(ya han recogido sus cuerpos),
amenazaban a Ulises,
que fue su rey en mala
hora,
pues perdió las doce naves, con
toda su marinería,
y ha terminado ahora a nuestros
infantes,
llegaron en eso el aedo y el
heraldo, quitándose las legañas
del sueño
y del horror,
algo descansados,
Medonte les avisó,
considerad que he visto, junto a
mi amo, al dios
de su guarda,
que lo favorecerá
aún.[19]
[1] Homero, Odisea,
XVII, 382 – 387.
[2] Homero, Odisea,
VIII, 478 – 481.
[3] Homero, Ilíada,
II, 594 – 600.
[4] Homero, Odisea,
III, 264 – 272.
[5] Homero, Odisea,
VIII, 248.
[6] Homero, Odisea,
VIII, 41 – 48; 62 – 99; 104 – 108.
[7] Homero, Odisea,
VIII, 266 – 380.
[8] Homero, Odisea,
VIII, 398 – 468.
[9] Homero, Odisea,
VIII, 469 – 542.
[10] Homero, Odisea,
VIII, 579 – 580.
[11] Homero, Odisea,
IX, 1 – 11.
[12] Homero, Odisea,
XVI, 252 – 253; Homero, Odisea, XXII,
330 – 331.
[13] Homero, Odisea,
I, 325 – 359.
[14] Homero, Odisea,
XXII, 390 – 473.
[15] Homero, Odisea,
XXII, 474 – 478.
[16] Homero, Odisea,
XXII, 310 – 329.
[17] Homero, Odisea,
I, 149 – 155; XXII, 330 – 358.
[18] Homero, Odisea,
XXIII, 129 – 151.
[19] Homero, Odisea,
XXIV, 439 – 441.