miércoles, 25 de diciembre de 2013

I. acerca de los aedos



Tres alabanzas generales del aedo


        alabanza primera

        Ulises (lo ha afeado Atenea, su abogada
        muy parcial,
y viste harapos para hacer el papel de pidientero) mendigaba
mendrugos entre los galanes de su esposa,
ensayando su largueza.
Antínoo, el peor de todos, lo ha insultado.

        Eumeo, el rey de la piara de Ulises, que está en el cuento
        del disfraz de su amo,
        lo defiende con una parábola que adelanta las de Jesús,
        nos afanamos detrás del profeta, del médico, del arquitecto,
        del aedo,
        porque nos aprovechan
sus talentos,
y los recibimos como a príncipes,
en cambio, al pobre,
que nos fatiga con su bacineta y sus tablillas de San Lázaro,
no le damos hospital en nuestras casas.[1]

Ha dicho el mayoral de cerdos los cuatro oficios
que sirven mejor a los hombres,
los de mayor utilidad,
y, entre ellos,
el del juglar,
que da recreo a nuestras almas.

        alabanza segunda

        Ulises convida a Demódoco y dice su elogio
        famoso,
        todos los hombres que andan
        la tierra
        (todos los hombres que marean los mares)
        honran
        y aman mucho
a los aedos,
        porque son alumnos mimados de las Musas, their teachers’
pets.[2]

 

        alabanza tercera

Han ahijado las Musas (o el musical
Apolo)
al aedo, y merecen, por eso,
        él
        y su mester,
        el apellido de divinos,
divinos.



      Casos particulares de aedos

       Prólogo


Dice Homero las historias (fueron
desgraciadas)
de dos aedos. Otros dos tienen
parte
en su Odisea.


Tamiris


        Haciendo el Catálogo de las naves menciona la villa de Dorio. Allí
las Musas,
dice,
le salieron a Tamiris, el tracio,
que volvía de Ecalia, de ver al rey Eurito,
y lo lisiaron (el poeta,
discretísimo,
no menudea sus mutilaciones),
dejándolo impedido para el canto
y para la cítara,
porque se había dado charol,
tengo yo más gracia en la voz, y en los dedos que andan
las cuerdas,
que aquellas ninfas, las hijas de Zeus, mis patronas.[3]


Uno que hizo la guarda de Clitemnestra


Durante su Telemaquiada el anciano Néstor cuenta al príncipe de Ítaca
la torcida suerte de Agamenón.

Cuando el Generalísimo salió en su almiranta
contra Troya
encargó la custodia (la vigilancia
muy cuidadosa)
de la honra
de la reina
a su aedo
doméstico.
Egisto, emborricado, paseaba
la calle de Clitemnestra,
y, como el rodrigón estorbaba su ronda, lo embarcó
y lo abandonó en una isla
desierta,
y allí fue pasto de la pajarería.[4]


        Demódoco

        Su señor, el rey Alcínoo, cita, entre las blandas
diversiones
de los feacios,
        la segunda,
la de la cítara.[5]

Tiene, por eso, paniaguado, a un aedo
divinal
y ciego,
Demódoco.

        Alcínoo ha reunido en su palacio a los demás hijos
de algo
de la isla, quería
banquetear al extraño.

Su heraldo, Pontónoo, servía de lazarillo de Demódoco,
        lo sentó en medio de ellos en una silla
rica,
        apoyado junto a una columna,
        y colgó su cítara de una percha,
        a su lado,
        y le colocó delante una mesa, con pan y vino. Se hartaron,
y el aedo tomó la cítara y comenzó el cuento
de la riña
muy celebrada
de Aquiles y Ulises,
        sentados a otra tabla,
        en otro festín. El forastero
        moqueaba.


Lo notó su anfitrión, e interrumpió el relato,
        levantemos los manteles,
        mandó,
        salgamos al campo,
        que se prueben nuestros atletas. El heraldo
acompañó a Demódoco,
        y le llevaba
        la cítara.[6]

        Jugaron a esto
        y lo otro,
        despejaron luego una pista,
        llevó el heraldo a Demódoco hasta el centro,
        pulsó éste la cítara
        y cantó la monta
        asustada
        de Ares y Afrodita, en casa
        del cojitranco Hefesto,
        con el cómico
escándalo
de su descubrimiento
        (y bailaban,
y daban palmas,
acompañando la música, los feacios).[7]

        Regalaron a continuación los príncipes al huésped mantos,
        túnicas,
        copas de oro, una espada
        de bronce,
        y lo bañaron
        y ungieron con óleos perfumados,
        y lo vistieron,
y Nausícaa, pobrecita, enamorada como una colegiala,
        se asomó al umbral,
        le preguntó
como pudo (la estorbaba el esfuerzo de sujetar
el berrinche),
        devuelto a tu patria, terminada
tu Odisea, ¿te acordarás
        alguna vez
        de mí,
que te he ayudado?
Todos los días que me concedan aún los dioses
te rezaré,
hija,
serás mi virgen
privada.[8]

Otra vez se sentaron a la mesa, y Ulises (pero escondía
todavía
su nombre)
convidó al aedo, y lo felicitó,
entiendo yo que importas más que ningún otro hombre,
porque repites las suertes de los dánaos como si hubiesen sido
las tuyas,
¿rimarás ahora, para mí, el ingenio del caballo
de palo?

Demódoco cogió la cítara y lo obedeció,
y siguió con la novela del final
de Troya,
ése es Ulises, va, con él, Menelao, buscan la casa
de Deífobo, el marido
último
de Elena.


Otra vez el llanto arrasaba el rostro de Ulises, hipaba, otra vez
lo observó el rey,
algo apesara a mi huésped,
suspende aquí, Demódoco, tu canto,
tu cuento.[9]

        Lloras (le decía el rey de los feacios al héroe
secreto)
oyendo la industria
del caballo
carpintero,
        y la especie de muerte que dieron al príncipe Deífobo
Ulises
y Menelao,
¿es que no sabes que quisieron los dioses
que fuera Troya
(que no fuera
más)
para que los aedos pudiesen cantar
su desastrado final?[10]
       
Ulises pidió disculpas,
        de nuevo puso en los cuernos de la luna
        el trabajo de los aedos (le parecía
        delicioso)[11],
es que me toca,
        su materia,
        muy cerca,
        dijo,
        y descubrió
        quién era, y cuánto
        era.


        Femio Terpíada

        Falta en Ítaca
su señor,
        y los infanzones de todas las islas de la región
rodean con su baba
        su casa,
        y a Penélope,
        gastan su hacienda y sus criadas
peores,
        emplean a Medonte, su heraldo,
        y a sus dos trinchadores,
        y a su aedo
asalariado,
Femio, el hijo de Terpio.[12]

        En el patio del alcázar, Femio Terpíada cantaba
        para entretener a los galanes
        los regresos
        malhadados
        de los aqueos
        (el de Ulises
no, que no lo sabía).
Penélope salió de sus habitaciones, en el piso de arriba,
se asomó,
acompañada de dos criadas,
velada,
llorona,
mira,
aedo,
sabes las gestas de los brutos más o menos antiguos,
y las historias grotescas de los dioses,


di,
entonces,
alguna de ellas,
y no estas otras, de extravíos
y naufragios
y traiciones,
que adelantan,
quizás,
el destino dudoso de mi marido.
Telémaco la riñó,
anda,
mamá,
enciérrate en tus cuartos,
vuelve a la rueca,
que somos los varones los dueños de la palabra,
y, si Femio nos enseña cómo volvió (cómo no volvió) éste,
o éste,
de Troya,
lo hace porque es comedia
nueva,
que distrae.[13]

Ulises hizo carnicería entre los pretendientes, y luego
inquisición
de las lealtades de sus empleados.
Mandará que cuelguen de una cuerda
marinera
a las doce criadas que desahogaban
la gana
de los galanes[14],


y que a Melantio, el insolente cabrero, le corten las narices
y las orejas
y los compañones (y que arrojen éstos
a los perros),
y los brazos
y las piernas[15],
y a Leodes, que descubría, o fabricaba, sus futuros
mirando en las entrañas de los animales,
lo degolló.[16]  Vio entonces, torpemente escondido,
lleno de miedo,
a Femio,
y, acordándose de que había acariciado con sus musicales dones
las tardes de los malos infantes,
levantó la espada. El aedo se abrazó a sus rodillas, todo
lo hice,
mi señor,
forzado,
dijo,
y Telémoco lo defendió.[17]

Ulises bajó
la espada,
usaría al aedo.
Ojo que cuando se enteren los parientes de los príncipes
de su matanza
querrán vengarse
enseguida,
ahora, mientras nos armamos, cerraremos el palacio,
y Femio, tañendo la cítara, cantará
un himeneo,
y las mujeres bailarán haciendo mucho ruido,


y fingiremos,
con eso,
que Penélope ha escogido, por fin, marido,
y celebra sus bodas
(¿reales?).[18]

Todavía sale Femio Terpíada, al lado de Medonte, el heraldo,
se han juntado en la plaza los padres
y los hermanos
menores
y casados
y los primos
de los galanes
(ya han recogido sus cuerpos),
amenazaban a Ulises,
que fue su rey en mala
hora,
pues perdió las doce naves, con toda su marinería,
y ha terminado ahora a nuestros infantes,
llegaron en eso el aedo y el heraldo, quitándose las legañas
del sueño
y del horror,
algo descansados,
Medonte les avisó,
considerad que he visto, junto a mi amo, al dios
de su guarda,
que lo favorecerá
aún.[19]


[1] Homero, Odisea, XVII, 382 – 387.
[2] Homero, Odisea, VIII, 478 – 481.
[3] Homero, Ilíada, II, 594 – 600.
[4] Homero, Odisea, III, 264 – 272.
[5] Homero, Odisea, VIII, 248.
[6] Homero, Odisea, VIII, 41 – 48; 62 – 99; 104 – 108.
[7] Homero, Odisea, VIII, 266 – 380.
[8] Homero, Odisea, VIII, 398 – 468.
[9] Homero, Odisea, VIII, 469 – 542.
[10] Homero, Odisea, VIII, 579 – 580.
[11] Homero, Odisea, IX, 1 – 11.
[12] Homero, Odisea, XVI, 252 – 253; Homero, Odisea, XXII, 330 – 331.
[13] Homero, Odisea, I, 325 – 359.
[14] Homero, Odisea, XXII, 390 – 473.
[15] Homero, Odisea, XXII, 474 – 478.
[16] Homero, Odisea, XXII, 310 – 329.
[17] Homero, Odisea, I, 149 – 155; XXII, 330 – 358.
[18] Homero, Odisea, XXIII, 129 – 151.
[19] Homero, Odisea, XXIV, 439 – 441.